Hipernicus: El poder del trauma

Prologo: La historia de una encapuchada.

3 AÑOS ANTES:

La habitación era blanca.

No blanca como la nieve o el papel. Blanca como el vacío. Sin ventanas, sin cuadros, sin relojes. Solo una mesa de metal, dos sillas, y una luz que caía desde ningún sitio y dolía al mirar hacia arriba.

Mirren Summerbell estaba sentada en una de esas sillas.

Tenía doce años. Medía un metro sesenta y dos —eso lo sabía porque el año pasado la midieron en el orfanato y le dijeron que estaba alta para su edad— pero ahora, con los hombros encogidos y las manos sobre las rodillas, parecía mucho más pequeña. Su cabello era pelirrojo, liso, cortado a la altura de los hombros. Un pequeño mechón recto caía sobre su frente, y el resto estaba recogido en un moño a medio camino entre arriba y abajo. Sus ojos, verdes claros, tenían las ojeras de alguien que no había dormido en días.

Llevaba puesto el uniforme del orfanato: una sudadera gris demasiado grande y pantalones deportivos negros. La sudadera manchada de algo oscuro en el pecho. Sangre. No la suya.

Frente a ella, al otro lado de la mesa, dos adultos la miraban con expresiones que intentaban ser neutrales y no lo lograban del todo. Uno era un hombre calvo con gafas de metal y una carpeta gruesa bajo el brazo. La otra era una mujer de cabello corto y mandíbula cuadrada, con las manos apoyadas sobre la mesa como si estuviera lista para saltar en cualquier momento.

Ninguno de los dos llevaba uniforme. Pero ambos tenían una insignia pequeña en el cuello de sus chaquetas negras: un escudo partido en dos mitades, una blanca y una roja, con las letras H-U-M grabadas en el centro.

Mirren no sabía qué significaba esa insignia. Tampoco le importaba.

—¿Quieres agua? —preguntó la mujer.

Mirren negó con la cabeza.

—¿Segura? —insistió el hombre—. Llevas aquí tres horas.

—No tengo sed.

Mentía. Tenía la garganta seca como si hubiera tragado arena. Pero no quería nada de ellos. No quería su agua, ni sus preguntas, ni sus miradas que fingían compasión cuando lo único que hacían era mirarla como si fuera un animal en una jaula.

—Está bien —dijo el hombre, y abrió la carpeta—. Entonces, Mirren... cuéntanos qué pasó.

Ella los miró.

—Ustedes ya lo saben. Estaban viendo todo. Dijeron que me vieron por satélite.

La mujer y el hombre intercambiaron una mirada rápida.

—Queremos oírlo de ti —dijo la mujer, con una voz que intentaba ser suave y resultaba simplemente incómoda—. Desde el principio.

Mirren bajó la vista a sus manos. Tenía los nudillos raspados. No recordaba haberse hecho eso.

—Mi mamá se llamaba Laura —empezó, y su voz sonó más pequeña de lo que quería—. Era danesa. Vine a Estados Unidos con ella cuando tenía cinco meses. Vivíamos en una cabaña de madera, en un bosque cerca de la ciudad. No era bonita, pero mi mamá la arregló con el tiempo. Plantó flores afuera. Decía que si iba a ser pobre, al menos iba a tener flores.

Hizo una pausa.

—Trabajaba en una fábrica de plásticos. Salía temprano y volvía tarde. Pero los fines de semana siempre hacíamos algo juntas. I al cine, o a caminar, o a comer helado aunque hiciera frío. Ella decía que el helado no entiende de estaciones.

Los dos adultos no decían nada. Solo escuchaban.

—Esa noche —continuó Mirren, y sus dedos comenzaron a temblar ligeramente— habíamos ido a ver una película. No recuerdo cuál. Creo que era una comedia. Mi mamá se reía mucho. Yo también. Caminamos de regreso a casa por la calle principal, pero luego ella dijo que quería atajar por el callejón para llegar más rápido. Yo le dije que no, que esos callejones eran peligrosos. Ella me dijo que no pasaba nada, que estábamos cerca de casa.

Se mordió el labio inferior.

—Apareció de la nada. Un hombre. No recuerdo bien su cara, solo que llevaba una sudadera negra con capucha. Nos apuntó con una pistola. Una Desert Eagle. Mi mamá me había enseñado a reconocer armas. Decía que era mejor saber a qué te enfrentas. Nos pidió todo. Mi mamá le dio su bolso. Yo le di mis zapatos nuevos, los que me había regalado para mi cumpleaños. Pero él... él siguió pidiendo. Dijo que no éramos suficiente. Que éramos pobres de mierda y que le habíamos hecho perder el tiempo.

La voz de Mirren se quebró.

—Mi mamá se puso delante de mí. Dijo que nos dejara ir, que no teníamos nada más. Y él... él disparó.
El hombre de las gafas dejó de respirar un segundo.

—Primero a mí —dijo Mirren, tocándose el muslo izquierdo—. Aquí. Me dolió mucho. Caí al suelo. Luego... luego le disparó a ella. En la cabeza. Mi mamá cayó encima de mí. Su sangre me mojó toda la cara.

Silencio.

—Yo sentía que me moría —continuó, y ahora sus ojos verdes se humedecieron sin que ella parpadeara—. La pierna me ardía. No podía moverla. Pero también sentía otra cosa. Algo caliente, como si dentro de mi pecho hubiera una brasa encendida. Y esa brasa... se extendió. Me llenó entera. De repente ya no me dolía la pierna. Me puse de pie. Mi mamá seguía en el suelo. La toqué. Intenté... intenté hacer lo mismo. Pasarle esa cosa caliente que había dentro de mí. Pero ella no se movía. Porque ya estaba muerta. Había muerto antes de que yo pudiera hacer nada.

Las lágrimas cayeron. Mirren no hizo nada por detenerlas.

—Después de eso... no recuerdo bien. Alguien llamó a la policía. Me llevaron a un hospital. Me curaron la pierna, pero ya estaba curada. No sabían explicarlo. Me hicieron preguntas, muchas preguntas. Luego me llevaron a un orfanato. Dijeron que no tenía más familia. Que mi mamá no tenía papeles. Que yo era "caso del estado".

Se limpió la mejía con el dorso de la mano.

—En el orfanato... cambié. Al principio solo estaba triste. Pero la tristeza se convirtió en rabia. Rabia contra él. Contra el hombre que le había disparado. Contra todos los héroes que nunca aparecieron. Porque en las películas los héroes siempre llegan justo a tiempo. Pero nosotros estábamos solas. Él nos disparó y no vino nadie.



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En el texto hay: traumas, heroes, organizacion

Editado: 29.05.2026

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