Nueva York. 3:47 PM.
La bodega apestaba a humedad y a miedo.
Festivia se deslizó por la claraboya sin hacer ruido —lo cual era difícil cuando llevabas una capa larga y pesada que arrastraba por todos lados, pero tres años de entrenamiento la habían vuelto experta en no tropezarse con su propia ropa. Cayó en cuclillas detrás de un montón de cajas de tomate enlatado. A través de las rendijas de madera, contó siete sombras. Siete hombres. Siete armas.
Demasiado fáciles.
El informe de HUM decía que esta bodega era el centro de operaciones de Los Rojo, una red que traficaba con drogas y mujeres en el bajo Manhattan. Misiones leves, las llamaban. Pasantías heroicas. Cinco horas de patrullaje, mil trescientos dólares, y un informe que entregar al final del día.
Festivia había pedido ir sola.
No porque fuera arrogante. Porque sabía que podía. Y porque, en tres semanas, tendría que hacerlo sola de verdad.
—¿Seguro que llegó hoy? —preguntó una voz ronca al otro lado de las cajas.
—El contacto dijo que sí —respondió otra, más joven—. Una chica. Pelirroja. Con capa.
Ah.
Así que la esperaban.
Festivia suspiró. Se puso de pie. Las cajas de tomate volaron por los aires.
Lo que siguió fue... bueno, fue una masacre profesional.
No una masacre de las de Zanshin, claro. Nadie murió. Pero los siete hombres terminaron en el suelo con huesos rotos o armas desintegradas antes de que pudieran decir "¡disparen, disparen, disparen!".
Le lanzaron balas. Las esquivó.
Le lanzaron una granada. La atrapó y la devolvió por la ventana.
Le lanzaron un misil —un misil, en serio— y ella lo atrapó en el aire con ambas manos, sintió el calor del propulsor quemándole los guantes, giró sobre su propio eje como una lanzadora de disco y lo arrojó al cielo. Una explosión naranja pintó las nubes.
El último hombre, un tipo calvo con una camisa hawaiana que no combinaba con nada, cayó de rodillas y levantó las manos.
—¡Rendido, rendido, rendido!
Festivia se agachó frente a él. Su capa le cubrió medio cuerpo como un ala oscura.
—¿Dónde están las chicas?
—S-sótano... puerta de metal...
—Gracias.
Le dio un golpe seco en la sien. El hombre se desplomó.
En el sótano encontró a doce mujeres. Algunas lloraban. Otras miraban al vacío. Festivia cortó las cadenas con una esfera de energía calibrada al milímetro —ni un grado más de lo necesario— y las guió escaleras arriba. Afuera ya había patrullas de policía. HUM había avisado.
—Ya están a salvo —dijo Festivia, y su voz sonó grave y anónima bajo la capucha.
Una de las mujeres, la más joven, quizá diecisiete años, le tocó el borde de la capa.
—Gracias —susurró—. Gracias, héroe.
Festivia asintió. Y se fue antes de que alguien pidiera una foto.
Academia Principal de HUM. 6:12 PM.
El dojo de Zanshin estaba en el subsuelo treinta y dos.
No era un dojo normal. Era una cámara de entrenamiento diseñada específicamente para la Réquiem número siete, lo que significaba que tenía cosas que no deberían existir. Como un lago de lava.
—Maestra.
Festivia se arrodilló al borde de la roca fundida. Al otro lado, en el centro exacto del lago, Zanshin flotaba en posición de loto. El calor hacía ondear su cabello blanco como un espejismo. Pero no sudaba. No parpadeaba. Solo respiraba.
—Festivia —dijo Zanshin sin abrir los ojos—. Hueles a misil quemado.
—Lo atrapé.
—¿Y lo devolviste?
—Al cielo.
Zanshin abrió los ojos. Sonrió. Era una sonrisa pequeña, casi invisible, pero para alguien que la conocía, era una ovación de pie.
—¿Qué necesitas?
Festivia tragó saliva. Había ensayado esta conversación diecisiete veces en el espejo de su celda.
—Mi examen de graduación es en tres semanas.
—Lo sé.
—Necesito algo más. Una técnica. Una habilidad. Algo que demuestre que controlo mi Yamashi, no solo que sé lanzar bolas de fuego y volar.
Zanshin se puso de pie sobre la lava. No se hundió. La superficie se endureció bajo sus pies descalzos como si ella fuera la única cosa en el universo que no merecía quemarse.
—¿Qué sabes del Karin? —preguntó.
Festivia parpadeó.
—¿Del qué?
Zanshin caminó sobre la lava hasta llegar a la orilla. Se sentó frente a Festivia, cruzó las piernas, y apoyó las manos en las rodillas.
—Hace cuatro generaciones —dijo—, hubo un Réquiem número nueve. Nadie recuerda su nombre real. Solo lo llamaban "El Karin".
Tenía tu mismo Yamashi. Control de energía.
—¿Qué pasó con él?
—Murió. Hace mucho. Pero antes de morir, creó una técnica. La única técnica que solo un usuario de control de energía puede ejecutar.
—¿Y cómo funciona?
Zanshin levantó una mano. Un dedo. Lo puso en el pecho de Festivia, justo donde sentía la brasa eterna que había despertado la noche del disparo.
—Multiplica —dijo Zanshin—. La técnica Karin multiplica tu energía interna. Tu fuerza. Tu velocidad. Tu resistencia. Todo lo que eres, duplicado, triplicado, incluso más. Depende de cuánto puedas soportar.
—¿Y la debilidad?
Zanshin retiró el dedo.
—Te desgarra por dentro. Tus músculos se espasman. Tu energía se agota por completo, y si usas la técnica por demasiado tiempo... el dolor es tan intenso que tu cuerpo se paraliza. He visto usuarios intentarlo y quedar inconscientes durante días. He visto a uno morir.
El silencio del dojo se llenó de burbujas de lava.
—¿Por qué me lo cuentas? —preguntó Festivia.
—Porque si quieres algo más para tu examen —dijo Zanshin—, eso es lo único que te falta. No más fuerza. No más velocidad. No más calor. Tienes todo eso. Lo que no tienes es la capacidad de superar tus propios límites. El Karin es eso.
—¿Y cómo aprendo?
—Primero, entrenamiento físico. Tu cuerpo tiene que aguantar la multiplicación antes de que puedas siquiera intentarla. Músculos, huesos, tendones. Todo tiene que ser más fuerte.