Capítulo 2: Nuevo rango.
Academia Principal de HUM. 8:00 a.m.
El pasol olé a nervio.
Festivia estaba apoyada contra la pared, con los brazos cruzados y la capa recogida para no estorbar. A su alrededor, una docena de estudiantes en fila india esperaban su turno. Algunos repasaban movimientos con los dedos. Otros susurraban fórmulas de física energética. Uno, un chico alto con el cabello azul, estaba haciendo flexiones contra el suelo mientras sus compañeros lo miraban con una mezcla de respeto y preocupación.
— ¿Siempre haces eso antes de los exámenes? —preguntó una chica con coletas.
—Me relaja —respondió el chico, sin dejar de subir y bajar.
—Eso no relaja a nadie.
—A mí sí.
Festivia suena por dentro. Hace tres años, ella habría estado igual de inquieta. Saltando en un pastel. Mordiéndose las uñas. Repasando cada técnica mentalmente hasta marearse.
Ahora no.
Ahora solo estaba ahí. Tranquila. Mirando la puerta blanca donde entraban y salían los estudiantes.
Algunos salían llorando. Otros, abrazándose con sus compañeros. La mayoría, simplemente cansados.
La puerta se abrió. Una chica rubia salió con el rostro desencajado.
—Festivia —llamó una voz desde adentro—. Turno.
Enderezó los hombros. Apretó el puño una vez. Y entró.
Sala de pruebas. 8:15 AM.
El gimnasio era enorme. Tres veces más grande que el dojo de Zanshin. Las paredes estaban recubiertas de un metal gris que absorbía impactos, y el techo se perdía en una penumbra donde apenas se distinguían las vigas.
En el centro, una plataforma elevada. Alrededor, gradas con supervisores. Berserkers, la mayoría. Algunos maestros de la academia. Todos con carpetas electrónicas en las manos y expresiones que intentaban ser neutrales.
Festivia subió a la plataforma. La luz la cegó un segundo.
—Festivia, nombre clave Festivia —dijo un hombre calvo desde la grada principal—. ¿Lista?
—Lista.
—Primera prueba: atributos físicos. Velocidad, fuerza, resistencia. Comienza con velocidad.
Festivia se puso en posición. Cerró los ojos. Respiró una vez. Dos.
Salió disparada.
El viento le azotó la capa. Las paredes se volvieron una mancha gris. El sonido de sus propios pasos era un latido continuo.
—Mach veintidós punto siete —anunció una voz mecánica desde los altavoces—. Nuevo récord personal.
Silencio en las gradas.
Festivia frenó justo antes de chocar contra la pared. Se giró. Algunos supervisores escribían en sus carpetas. Otros la miraban con el ceño fruncido.
—Siguiente: fuerza —dijo el hombre calvo.
Señaló un montículo de discos de metal en el centro de la plataforma. Cada uno tenía un número grabado.
—Levanta hasta donde puedas.
Festivia se acercó. Los discos iban desde las cinco toneladas hasta las doscientas. Empezó por abajo. Cincuenta. Setenta. Cien. Los levantaba con una mano, los cambiaba de sitio, los dejaba caer en pilas ordenadas.
Ciento veinte. Ciento cuarenta. Ciento cincuenta.
Cuando llegó a ciento sesenta, los músculos de los brazos le temblaron un segundo. La barra se inclinó a la izquierda.
—Suficiente —dijo el hombre calvo—. Ciento cincuenta toneladas máximo. Anotado.
Festivia bajó la barra. Le ardían los hombros. Pero no se le notía en la cara.
—Resistencia —anunció el supervisor.
Del techo bajó un cañón. No era un cañón normal. Tenía luces azules en los costados y un zumbido eléctrico que hacía vibrar el aire.
—Misil nuclear táctico —explicó el hombre calvo—. Potencia reducida a escala de entrenamiento. Pero te dolerá.
—Lo sé —dijo Festivia.
Se puso en el centro de la plataforma. Abrió los brazos. Esperó.
El cañón disparó.
El impacto fue una explosión blanca. El calor le abrasó la piel. El sonido le reventó los tímpanos por un segundo antes de que su cuerpo los regenerara. La capa se le incendió en los bordes.
Pero no se movió.
Cuando la luz se disipó, Festivia seguía de pie. La ropa humeaba. La piel enrojecida. Pero sonriendo.
—Resistencia a misil nuclear táctico —dijo la voz mecánica—. Daños superficiales. Regeneración completa en tres segundos.
En las gradas, alguien silbó bajito.
—Prueba superada —dijo el hombre calvo—. Siguiente: destreza.
Festivia levantó una mano. Una esfera de energía de seis mil grados creció en su palma.
—Ráfagas de energía —explicó—. Hasta seis mil grados. Diez impactos consecutivos en menos de dos segundos.
Lanzó. Las esferas volaron en sucesión rápida. Cada una dio en el centro de una diana diferente. El metal goteó como cera derretida.
—Vuelo —continuó.
Desplegó energía en los pies. Salió volando hacia el techo. Hizo un looping. Dos. Tres. Frenó en seco y se quedó suspendida en el aire, con la capa flotando a su alrededor como una nube oscura.
—Curación —dijo.
Bajó al suelo. Se sacó una navaja del cinturón —pequeña, apenas un filo— y se cortó la palma de la mano. La sangre brotó. Cerró los ojos. La herida se cerró en un segundo.
—Siempre que la cabeza esté intacta —aclaró—. No puedo curar la muerte cerebral.
—Siguiente —dijo el hombre calvo, sin inmutarse por la autoagresión.
—Detección de campos energéticos.
Cerró los ojos. Barrió la sala con su percepción. Treinta y dos personas en las gradas. Dos en la puerta. Una en los conductos de ventilación – alguien mirando en secreto. Eso último no lo dijo en voz alta.
—Treinta y dos supervisores. Dos maestros fuera de la sala. Un estudiante escondido en los conductos —informó.
Alguien tosió en las gradas.
—Suficiente —dijo el hombre calvo, y por primera vez algo parecido a una sonrisa asomó en sus labios—. ¿Algo más?
Festivia respiró hondo.
—Sí.
Cerró los ojos. Buscó la brasa. La acarició. Confió.
—Karin —susurró.
La luz dorada la inundó entera. Los músculos se tensaron. Los huesos crujieron. El dolor fue intenso, pero ya no le daba miedo.