Hace dos años.
En algún país al otro lado del hemisferio.
Un país del que no se escucha mucho en la noticias, ni muy avanzado ni demasiado atrasado, bastante estable.
En una familia de tres personas. Un empresario, una corredora de bolsa y un hijo estudiante. La tipica familia que ves por ahi. Una familia que nunca conoció la adversidad ni los malos tiempos.
Las personas que nunca han tenido dificultades ni grandes problemas son propensos a entrar en la desesperacion y la locura cuando una crisis se presenta, eso claro, dependiendo de la fortaleza mental de las personas.
Se puede decir que con estas personas, un mal día puede convertir al mejor de los hombres en el peor de todos.
Un mal día.
Uno solo, literalmente.
Y así la bolsa de valores cae por la falta de inversores, dando como resultado la pérdida de dinero, y no estamos hablando de unos cuantos miles.
Todo porque una empresa se fue a la quiebra, un pilar de la sociedad, una fuente de trabajo.
La madre perdió sus inversiones, un dinero irrecuperable debido a esto.
Porque ¿Quien iba a saber que la empresa cerraría?
Y ahora, ¿Por qué la madre habia invertido en aquella empresa?.
Allí trabajaba su esposo.
No importa cuanto dinero se tenga invertido, ni cuanto sea el porcentaje que posea como socio, una bancarrota significa el desmantelamiento de la empresa, dejando a sus empleados en el aire.
Como el padre, totalmente desempleado.
No es como si fuese el fin del mundo.
Con el tiempo se puede buscar trabajo, los inversores volveran a aparecer, solo es cuestion de esperar.
Pero luego de seis meses sin trabajo y sin una fuente de ingresos es normal que el estrés se acumule.
Hay que pagar los servicios, los estudios, los impuestos, el seguro del carro que algún vecino descuidado terminó chocando la noche anterior.
Los unos empiezan a culpar a los otros, se gritan, golpean las cosas, lloran.
Y se repite el proceso.
Y entonces el joven, el hijo, nacido a principios de la decada.
Se cae en medio del gimnasio del colegio, le meten el pie en la calle, le roban su billetera, tiene que ir caminando a su casa y llegar tarde a la misma.
Esa casa que era una bomba de tiempo.
Una bomba cuyo contador habia llegado a cero.
Y asi el padre arremetio, vació todo su estrés en el joven, lo golpeó, lo insultó, finalmente llegando a sus limites, aquél empresario se rompió.
Abandonó su humanidad.
Y con un tenedor que estaba en la mesa trató de sacarle un ojo.
¿Y la madre?
No hizo nada, se quedó en las escaleras viendo todo esto mientras lloraba.
Siendo honestos ¿Qué podía hacer?
Pero mientras uno descargaba su estrés, el otro estaba llegando a su limite, como un contador que está a punto de llegar al 100%.
¿Quiénes eran esas personas?
La familia Eshi.
Padre nacido en la capital de un país de América.
Madre nacida en un país al este de Asia.
Y finalmente el hijo, quien no heredó ningún rasgo asiatico, nacido en el 2000, a sus dieciseis años de edad, en una etapa de la juventud donde las emociones son una montaña rusa y las hormonas están alborotadas.
Nolan Eshi.
Mientras su padre trataba de sacarle un ojo, de alguna manera mantenía alejado el tenedor ejerciendo gran fuerza con ambas manos para empujarlo hacia atras.
Pero la fuerza de un hombre cerca de sus cuarenta no era cosa de risa, y se dice que alguien consumido por la ira puede sacar fuerzas de donde no las hay.
Sin poder resistir más, las puntas del tenedor se acercaban cada vez más, y el joven con sus últimas fuerza logró desviarlo, evitando que se clavara en su ojo, pero en lugar de eso se clavó un poco más abajo.
Un dolor punsante, uno que causó que gritara desesperadamente, un dolor que causó que los circuitos en su cabeza se conectaran, que respondieran a su llamado.
Otro dolor totalmente distinto apareció en su cabeza, sintió que bajaba algo por su naríz, que salía algo tibio de sus orejas, que sus ojos lloraban.
Lloraban sangre.
Y aquel tenedor que le causaba tanto dolor empezó a desaparecer como polvo, como una neblina, y la mano que lo sostenía, y el brazo, y el cuerpo al que estaba unido ese brazo.
Y el suelo, las paredes, el techo, los muebles, aquella mujer que lloraba en las escaleras.
Todo desapareció en una nube de arena.
Una carga demasíado grande para una mente demasiado joven.
Desmayado, tirado en el suelo, donde hasta hace unos pocos segundos atrás había una casa.
Ahí estaba a la vista de todos, o más bien de nadie, porque ningún vecino había salido, ni había gente pasando por ahí.
O no, de hecho si lo había, un alguien que iba pasando, que se dirigía a esa ahora inexistente casa, a visitar a los ahora desvanecidos padres.
Alguien que había ayudado a esas dos personas a 'olvidarse' de sus talentos. Porque ese era su trabajo, y de ese trabajo nació aquella amistad.
Nunca había visto algo así antes, un talento tan aterrador.
Y entonces tomó una decisión, una muy extraña.
No le haría olvidar su 'talento', no, sino todos los recuerdos de sus padres, de esa casa.
Luego modificó algunos recuerdos para que al despertarse, junto al dinero que le iba a dejar, se embarcara en un viaje al otro lado del mundo.
Cuál títere.
Nadie permanecería en su sano juicio al despertarse y enterarse de que había borrado de la faz de la tierra a sus progenitores.
Su castigo sería vivir una vida sin siquiera poder recordar a sus padres.
Como un paria, desterrado de su tierra, sin ninguna idea del por qué de las cosas.
Esa era la verdad, el motivo por el cual había viajado a la tierra del sol naciente hace dos años.
Esas eran las memorias que no podía recordar pero que ahora sí.
Memorias que hubiese deseado no recordar.
Y fue el jefe de la pastelería, el viejo, quien le había sellado esos recuerdos, luego de alterarlos y finalmente enviarlo a aquel país.
¿El mundo es un lugar pequeño eh?
#1694 en Otros
#523 en Humor
#362 en Joven Adulto
humor, comedia romance juvenil universidad, ficción y fantasía accion
Editado: 02.01.2026