El epílogo, o más bien el remate de esta historia, fue que al otro día, todos notaron que no tenían talentos. Se habían ido.
Incluídos Rigel y yo.
Aunque ella es sagaz por naturaleza, por lo que eso no ha de afectarle mucho.
La noticia de que todos los ciudadanos de la prefectura habían perdido sus talentos de la noche a la mañana, después de un extraño destello de luz que aún está bajo investigación, era lo único de lo que se hablaba ahora.
Pero eso no importaba.
Lo importante era que estábamos esperando en la azotea del edificio a que saliera el sol.
—Pero, ¿no está aquel edificio atravesado en medio? No podremos ver la salida del sol —preguntó Rigel.
—Ah, ese edificio... si bueno, creo que ya no será un problema, al menos para nosotros, ya que será el bocadillo de las noticias en cuanto se den cuenta.
—¿De qué se van a dar cuenta?
Sin decir nada, apunté mi dedo en la dirección donde estaba el edificio, o más bien, por donde saldría el sol.
Se dice que la noche es más oscura justo antes de que el sol salga, por lo que la ciudad en frente estaba en total oscuridad, así que no se podía distinguir entre edificios.
En todo caso, era hora.
Esa hora.
En que el horizonte se tiñe de rojo, naranja y amarillo, a la vez que una esfera de luz perezosamente se levanta desde el suelo, iluminando y dejando a la vista que efectivamente, ya no había un edificio que cubriera su magnífica salida.
Antes había despertado en un lugar diferente del que había estado originalmente, y al parecer, entre bromas y tales, fuí el único que se dió cuenta de que faltaba un edificio justo al lado nuestro.
Ese estúpido edificio abandonado, el cuál me habían ordenado desaparecer hace un par de meses atrás.
—El sol se mueve muy lento...—comentó Rigel.
—Quizá si vas y lo acosas constantemente, empiece a moverse más rápido.
—Hmpf, tan pequeño, yo soy mucho más grande que ese sol—añadió ella.
—Cientificamente... es cierto. Pero si Rigel A estuviese en el sitio de nuestro sol, entonces la tierra ni siquiera existiría en primer lugar.
—Seguramente harías algo al respecto.
—No me pidas milagros, Rigel, no soy dios.
—Quién necesita a la tierra, si Rigel A, osea yo, está allí, quiere decir que Rigel B, también estará cerca, y eso es suficiente.
Eso es suficiente.
Con eso basta.
★★★
Cinco años más tarde.
Un lujoso carro negro avanzaba por la ciudad.
Buscando un local que cumpliera con las... necesidades, o necedades, de uno de los ocupantes. Llámese a este ocupante, Donnovan, el hijo con apenas doce años de una familia adinerada cuyo apellido no tiene ni arte ni parte en esta historia.
Ya llevaban largo rato dando vueltas sin resultado alguno.
Hasta que el cartel de cierta pastelería llamó la atención del pequeño, pequeñisimo, Donnovan.
Etoile's Patisserie.
Una pastelería que no había visto antes.
—Winston, detente allí.
—¿Está seguro, joven maestro? no parece un sitio muy lujoso, esa pastelería, quiero decir.
—Tú solo detén el auto allí.
—Como desee.
Luego de bajarse del carro, los pocos ciudadanos que iba pasando por allí vieron, con algo de desdén, al pequeño, pequeñisimo, Donnovan, que se sacudía el polvo de los hombros y casi flotaba en el aire, inflado por un altivismo y narcisismo que no eran propios de su familia. A su lado, en cambio, el dignisimo Winston, con la espalda recta y un porte noble, diplomático y caro, robaba miradas pícaras y curiosas de las mujeres.
Con una camisa blanca cubierta por un traje y corbata de color negro, Winston, a punto de ser un sextagenario, tenía el cabello y la barba finamente arreglada de color blanco.
Winston, oh desafortunado, Winston, tenía que hacer las veces de conductor y niñero.
Al entrar en el local, los recibió un ambiente... normal, en lo que cabe decir normal, claro.
El joven maestro—¿maestro? ¿en serio debo decirle maestro a un niñato?—ya tenía el rostro pegado a la vidriera, contemplando los pasteles que allí estaban.
Parece que finalmente encuentra algo que le llama la atención.
En el otro lado del mostrador, ajenos, o incluso quizá ignorando al joven, habían dos personas, hablando, o discutiendo, no estoy seguro.
—Ejem, ¿cuál es el precio de—
—Te dije que debímos haber llamado a Deneb para que hiciese las entregas.
—Puedes hacerlas tú, ella pidió vacaciones.
El joven Donnovan, fue cruelmente, o quizá merecidamente, ignorado, y su baja estatura no ayudaba a que se hiciese notar.
Su rostro, rojo como un tomate era indicativo de que estaba a punto de hacer un arrebiate, lo cual era un llamado para mí para saltar y evitarlo.
Pero...
—Espera, eh, niño, no te había visto antes por aquí, ¿eres nuevo? ¿dónde estan las potenciales víctim—quiero decir, tus padres?, —la chica con un delantal fue la que se dirigió al joven maes... al joven Donnovan.
—¡Puedo andar solo!—replicó él—no necesito que me vigilen mis padres, ahora bien, ¿me atenderan?
—Si, si, claro. Nolan, pásame una paleta... bien. Toma, pequeñin, un regalo de la tienda, totalmente gratis, y claramente no una forma de cargar de culpa tu corazón para que tus padres se sientan obligados a venir a comprar.
El joven Donnovan, sin saber muy bien de que hablaba la chica, aceptó la paleta y volteó a mirarme.
Oh, pobre.
—Eh, Rigel, cuidado, ese de allí podría ser su padre, —dijo el otro joven, al lado de la chica, mientras señalaba hacía acá con el mentón.
—Nah, no parece, solo míralos, aquel estimado señor parece el amo de sirvientas de algún supremo gobernante, mientras que ese pequeño de allí, en cambio, parece el hijo de Dom Dimadom —replicó ella.
—Pfft.
—¿Se burlan? ¿¡Ustedes se burlan de mi!?
—Calma, joven Donnovan.
—¿Te acabas de saltar el 'maestro'?
Decidí ignorar eso.
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Editado: 02.01.2026