Historia de fantasia

Capitulo uno: el niño

Más allá de las fronteras de los mapas conocidos, existe una tierra donde lo imposible es cotidiano. Allí, las montañas no solo rozan el cielo, sino que en sus cimas las leyendas hablan que habitan dragones dormidos que susurran secretos al viento. Los ríos, hechos de agua y luz, serpentean a través de bosques encantados donde los árboles hablan con voces antiguas y las flores cantan melodías al amanecer.

En esta tierra mágica conviven criaturas de toda índole: elfos que caminan con la gracia de la brisa, enanos que moldean el hierro como si fuera arcilla, hadas traviesas que desaparecen en destellos de luz, y humanos que han aprendido a mezclar la magia con la destreza de la espada. Aquí, las leyendas no son cuentos sino memoria viva, y cada esquina esconde un misterio por descubrir.

Entre valles profundos y castillos que desafían la gravedad, hay un lugar único, diferente a cualquier otro: un reino pequeño, estrecho, pero poderoso, que no se levanta sobre piedra o tierra, sino sobre la madera y las risas de un bar.

Un bar que no es un bar común. El Elfo Borracho es el corazón palpitante de este reino. Sus muros están marcados por cicatrices de antiguas batallas y sus ventanas reflejan no solo la luz del sol, sino también fragmentos de otros mundos. Dentro, las disputas se resuelven con un duelo de palabras, y las alianzas se sellan con el tintinear de jarras rebosantes de pócimas mágicas.

Este es un lugar donde la historia se escribe en las mesas y las leyendas nacen con cada brindis. Un lugar donde cada visitante es un personaje, y cada noche, una nueva aventura.

Pero detrás del ruido y la música, algo se mueve eran las puertas del Elfo Borracho se abrieron una vez más, pero esta vez el murmullo constante del bar se detuvo en seco. Una figura solitaria apareció en el umbral, cubierta por una capa oscura y una capucha que ocultaba su rostro. El aire pareció enfriarse un poco a su paso, y varios presentes entrecerraron los ojos, sintiendo que algo diferente llegaba con él.

Era un chico. A simple vista, un niño de no más de catorce años, con una estatura baja y manos pequeñas que apenas asomaban bajo las mangas. Pero en su porte había una seriedad y una determinación que no encajaban con la inocencia de su apariencia.

Sus ojos, azules como el hielo, brillaban con un fuego interno, reflejando un poder oculto que aún no lograba controlar. El hechizo que lo había condenado a ese cuerpo joven era una cadena invisible, pero también una llave hacia un destino que él mismo desconocía.

Sin prisa, avanzó hacia la barra, esquivando miradas curiosas y susurros apagados. Nadie sabía quién era, ni de dónde venía, pero su enigma latente a su alrededor era imposible de ignorar.

Cuando la tabernera le lanzó una mirada inquisitiva, él levantó la cabeza por primera vez, mostrando apenas un destello de su verdadero yo, antes de hundir nuevamente la capucha sobre su rostro.

El chico encapuchado se apoyó con cuidado sobre la barra de madera gastada, sus dedos temblorosos apenas tocando el borde. El tabernero, un hombre de rostro curtido y ojos sagaces que parecían haber visto demasiadas cosas, lo miró fijamente.

—¿Qué quieres, muchacho? —preguntó con voz ronca, secándose las manos en un trapo viejo.

El joven levantó la mirada, dejando asomar un brillo intenso en sus ojos azules.

—Busco a Noah. —Su voz era baja, pero firme—. Dicen que es un gran inventor, conocido en todos los reinos. Necesito encontrarlo pronto.

El tabernero frunció el ceño, como sopesando si decir más o no.

—Noah… —murmuró, mientras su mirada se perdía en el bullicio del bar—. No es fácil dar con él. Siempre está metido en sus artilugios, o desaparecido en alguna de sus locas expediciones. Pero si alguien puede ayudarte, es él.

El chico asintió, sin perder detalle, como si esa simple información fuera el primer paso de un camino que apenas comenzaba.

—¿Sabes dónde puedo encontrarlo? —insistió.

—Últimamente ha estado en su taller, al borde del Bosque Susurrante, pero nadie sabe por cuánto tiempo. —El tabernero se encogió de hombros—. Si decides ir, ten cuidado. No todo en esos bosques es tan amigable como parece.

El joven guardó silencio unos segundos, apretando la mandíbula.

—Gracias. —Y, sin decir más, se giró y se adentró en la penumbra del bar, con la determinación clavada en cada paso.

El joven que ahora caminaba entre las sombras del Elfo Borracho llevaba más que una simple capa oscura. Era el último vestigio de una historia llena de desgracias, un sobreviviente solitario de una masacre que había consumido todo lo que conocía.

William no era realmente un niño de catorce años, aunque su cuerpo insistiera en mentir con esa apariencia. Antes del hechizo que lo atrapó en esta forma, había sido un joven mucho más grande, alguien con sueños y esperanzas que fueron brutalmente arrebatados.

Su aldea, un pequeño poblado de nobles y maestros del arte marcial, había sido arrasada por la cruel mano de Lord Madness y su oscuro culto, el Ojo Rojo. En una noche teñida de fuego y sombras, la masacre había dejado solo cenizas y recuerdos quebrados. William fue el único que escapó con vida, escondiéndose entre los escombros mientras los gritos de sus amigos y familiares se apagaban en el viento.

Desde entonces, carga con el peso de esa destrucción, con la rabia y el miedo, y con un poder latente que aún no comprende del todo. Sus ojos azules, más profundos que el océano, reflejan un tormento interno, pero también una llama inextinguible de esperanza y venganza.

Cada cicatriz en su rostro, cada sombra bajo su capucha, es un recordatorio de lo que perdió y de la misión que lo impulsa a seguir adelante.

Desde que William fue atrapado en el cuerpo de un niño por el hechizo de Lord Madness, su vida se convirtió en una batalla constante contra los límites de su propia forma. Aunque poseía un poder ancestral y destructivo, ese poder estaba contenido y reprimido por el encantamiento, dejándolo vulnerable y a merced de quienes no dudaban en aprovecharse de su aparente fragilidad.




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