Realidad
En el mismo instante en que Nicolai Didrik y Kira Roel enfrentaban a una tríada de Zelldres, Elinor Thorne, amigo de ambos, se encontraba en medio de una encrucijada. Era el tipo de situación en la que a nadie le gusta estar y que, sin embargo, el tiempo, la distancia e incluso uno mismo se pone frente a sí; sobre todo cuando hemos decidido guardar silencio y no confiar, por temor, en las personas que amamos.
Se encontraba con un muy viejo amigo en la ciudad de Tellmon, una magnífica urbe de su mundo; un mundo oculto a los ojos mortales, donde solo unos cuantos tenían el privilegio de ir y venir a voluntad. Solo ellos podían disfrutar de lo mejor y lo peor de ambos mundos, tal como aquel que tiene la posibilidad de vivir dos vidas sin relación la una con la otra y sin lastimar a nadie.
Elinor hablaba de un tema al que ya le había dado mil vueltas, siempre llegando a la misma conclusión y preguntándose cómo solucionarlo. Sabía que por Nicolai no debía preocuparse, pero Kira era otra historia… Aun cuando ella le amaba como al hermano que quería que él fuera, Elinor temía la reacción de la joven cuando le confesara una verdad que incluso a él mismo le parecía increíble.
Si se hubiera encontrado del otro lado de la moneda, se habría puesto furioso: las personas más importantes de su vida, las que aún quedaban con vida, le habían engañado.
—¿Cómo me pides que lo haga, Jair? —interrogó Elinor casi en un suspiro, con un tono triste—. No puedo dejarlos. Son todo lo que tengo y soy todo lo que tienen… ella es mi todo.
El corazón se le estaba haciendo papilla y estaba a punto de llorar frente a los grandes y grises ojos, casi sin expresión, del Vigilante que estaba parado ante él. Debía alejarse de sus dos grandes amigos para recibir el entrenamiento adecuado como Vigilante y poder ocupar el lugar que le correspondía como sombra de algún inmortal.
Había temido este momento desde que salió de su mundo para entrar en el de los humanos, pero a todos los Vigilantes les llegaba esta hora. Le gustara o no, tenía que hacerlo; debía cumplir con su destino.
—Compréndelo, Elinor. ¿Cuánto más crees que podrás ocultarle el hecho de que no morirás, o el hecho de que ya no envejecerás jamás? —le interrogó Jair con cautela—. Tarde o temprano se dará cuenta. Si la amas como dices, debes hacerlo.
Elinor se sentó en una pequeña banca a la entrada de una edificación de casi cuatro pisos y estilo indefinido, nada parecido a lo que en aquellos años del siglo VI podría encontrarse en el mundo mortal.
—¡No puedo decirles adiós con tanta facilidad a aquellos a quienes amo!
—¡Lo sé! Yo no pude verla a los ojos, así que simplemente me fui… y sabes que de eso hace miles de años. Solo me fui.
La nostalgia era palpable en la voz de Jair. Él también había sido atraído por la fragilidad mortal y la había perdido hacía muchos siglos. Había mucho que se interponía cuando un inmortal se enamoraba de un humano. Los inmortales difícilmente probarían el beso de la muerte, pero, aun sabiéndolo, se permitían sentir. Cualquiera que ha vivido más de mil años conoce la nostalgia que queda cuando el amor se ha ido.
—¡No puedo! —gritó Elinor, cubriéndose el rostro para ahogar el llanto—. Me gustaría dejar de ser lo que soy…
—Jamás dejarás de ser lo que eres. Ni volviendo a nacer. Naciste así y temo que así terminarás tus días… lo siento.
Jair trataba de consolarlo, sabiendo que el destino que le deparaba a Elinor tras esa difícil decisión se encargaría de menguar el dolor, aunque esa clase de herida jamás desaparece. Colocó su mano en el hombro de su amigo. Conocía la agonía del adiós y no quería que Elinor sufriera del mismo modo, aunque no hubiera cura para evitar aquel momento.
Fue entonces cuando el Hasselvi plateado los interrumpió.
—¿Dónde se encuentra Beilian? —su voz, pese a todo, era tranquila, llena de una serenidad que en ocasiones él mismo no sentía.
—¿Qué haces aquí? —interrogó Elinor con tono molesto, poniéndose de pie y desviando la mirada para ocultar sus lágrimas.
—Necesito la ayuda de Beilian… ¿Dónde está?
En las palabras del Hasselvi había un tono autoritario que el Vigilante, quien bien sabía que le odiaba, entendió perfectamente.
—Domenicus, ¿Qué sucede?
La pregunta vino de un hombre que salió del edificio. Era atractivo, de cabello oscuro y mirada penetrante. Casi siempre lo acompañaba un joven de cabello negro rizado, piel blanca y ojos verdosos con un toque de miel que le daba una apariencia tierna. Medía casi dos metros y era de complexión robusta.
Beilian Linnar era el líder de los Vigilantes desde hacía más siglos de los que podía contar. Sabía que su tiempo estaba llegando a su fin; no por una muerte natural, sino por un presentimiento que lo asaltaba desde hacía tiempo. Había decidido regresar el control a una de las familias más antiguas: el joven que lo acompañaba era el último heredero de esa descendencia.
—Una mortal y un Wizdart blanco fueron atacados por una tríada de Zelldres —explicó Domenicus—. El mago está muerto… ella está malherida. La dejé en compañía de alguien que fue mi amigo.
—Está bien. Madaris te acompañará; mientras tanto, yo prepararé todo aquí —indicó Beilian, señalando al joven.
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Editado: 19.02.2026