Una vida después
Corrían los años ochenta en el mundo mortal. Se escuchaban términos como la "Guerra Fría" (problemas entre Estados Unidos y la Unión Soviética). Ocurrían sucesos como el asesinato de Indira Gandhi, la primera ministra de la India; la muerte de más de veinte mil personas por la erupción del Nevado del Ruiz, en Colombia. Se descubría una brillante supernova en la gran nube de Magallanes y caía el infame muro de Berlín. Surgían ídolos de música, del cine... el mundo avanzaba a pasos desmedidos, dejando atrás todo lo que no podían recordar, entender y aceptar.
Habían pasado ya mil quinientos años en los trazos del tiempo; nada era igual a lo del día anterior. Lleno de batallas y disputas, cada decenio del mundo estaba lleno de muerte y devastación causados por su propia mano; pocos años de paz habían existido si estos se acumulaban en una línea temporal. Las cosas buenas habían sido tan pocas o tan extraordinarias que eran contadas, en ocasiones opacadas.
Pero para Kira, solo había sido un eterno suspiro. Como cada año, llevó un ramo de rosas blancas a la tumba de Nicolai Didrik, el día del cumpleaños que compartían. Pues a los pocos meses de haber nacido, ella había sido entregada a la familia que la había criado. Su madre siempre le decía que ella había sido el "regalo del cielo", aunque su vida era normal con aquella pareja, jamás dejó de imaginarse cómo sería el rostro de su verdadera madre, cómo sería la voz de su verdadero padre.
El pasto era tan verde y tan mullido que daban ganas de recostarse en él; el sol brillaba en lo alto ocultándose entre ligeras nubes. La lápida de Nicolai, pese a ser de las más recientes, se veía vieja; en ella tenía la fecha de nacimiento y muerte del joven Wizdart que había vivido casi tres mil doscientos años, con quien había compartido los últimos diez años de la vida de este.
Se inclinó frente a la lápida con el ramo de rosas blancas entre sus manos; era, sin duda, aquella flor la favorita de Nicolai, pues creía que en ella se revelan los secretos del mundo.
—Feliz cumpleaños, Nicolai —Kira dejó el ramo de rosas sobre la tumba y rozó el nombre de él con los dedos—. Debo irme.
Se puso de pie esbozando una sonrisa. Aunque en apariencia ese ritual era fácil para cualquier espectador, a ella le era demasiado complicado, pues en cada ocasión deseaba dejar ahí sus días y terminar con toda aquella miseria que sentía la rodeaba. Vivir más de lo que había deseado estaba terminando con ella. No porque le echara de menos, sino porque su alma vieja estaba cansada de su solitario andar por los mundos.
Su alma estaba cansada; no tenía un motivo para continuar. Cada respiro era un doloroso recuerdo de todo el dolor y destrucción que había habido en su existencia. Pero no podía quitarse la vida; lo había intentado. No podía buscar la muerte; por alguna extraña razón esta siempre se le negaba, como si estuviera esperando algo.
Comenzó a caminar a la entrada del cementerio. Como de costumbre, después de que ella se marchara llegaba Elinor Thorne. Esto se había convertido en una rutina para él: esperar a que ella se marchara por temor a no poder enfrentarla. ¿Cómo podría enfrentarla después de haberla dejado tanto tiempo? ¿De haberse alejado en los momentos más oscuros de ella? La respuesta ni siquiera podía explicársela a sí mismo; solo supo que tuvo que alejarse.
—Lo lamento, amigo, aún no tengo el valor de verla a los ojos.
Se paró frente a la lápida de su amigo tratando de concentrarse en qué era lo que había ido a decirle aquella tarde. Kira se percató de que algo se le había caído cuando dejó las rosas y se vio forzada a volver, aun cuando ya no contaba con el tiempo para hacerlo, pues tenía que reunirse con los Vigilantes en una de las ciudades ocultas; una reunión que para ella no tenía importancia.
—¿Elinor?
—¡Ki! ¿Qué haces aquí?
—Vengo a ver a Nicolai como... cada año... —Kira trataba de no enfurecerse, intentando creer que Elinor había tenido motivos para alejarse tanto tiempo. Las cosas entre ellos ya ni siquiera eran similares a las del pasado—. Pero perdí algo aquí...
Se agachó a recoger aquello que se le había caído, se puso de pie y observó a Elinor con curiosidad.
—¿Tú qué haces aquí?
—¡Pues... siempre vengo... cada año... solo que... espero a que te marches!
Elinor estaba sumamente nervioso; sabía que a ella no podría mentirle de ningún modo. Kira se sorprendió y sintió una furia que crecía dentro de ella, pero la ocultó. Al final, ya no le interesaba tanto mantener relaciones con las personas por tanto tiempo.
—Está bien —Kira fingió ternura en su voz y una sonrisa que estaba muy lejos de sentir—. ¿Y no tienes un abrazo para una vieja amiga?
—Claro que sí.
—Deberíamos de reunirnos más seguido —propuso con una sonrisa amable. Sus sentimientos eran genuinos, aunque estaban un poco oxidados.
—Esa es una muy buena idea —respondió él, aunque le fue difícil definir si ella fingía—. Pero, por ahora debo irme, yo te llamo —concluyó dándose media vuelta.
—Cuídate —se despidió él.
Kira Roel continuó su camino tratando de olvidar la furia contra Elinor y contra sí misma. Se sentía sola, sin nadie a quien confiarle su dolor. Pensaba en todo ello cuando frente a ella apareció una esfera, parecida a una burbuja de cristal.
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Editado: 19.02.2026