La búsqueda
En el mundo mágico todo funciona de un modo completamente diferente: el ritmo de vida, la forma de hacer las cosas, la velocidad en la que se mueven las agujas del reloj. Sin embargo, el mundo mágico se ha visto obligado a contar las horas y los días del mismo modo en que se hace en el mundo mortal, para no interferir en los días y así tener un control de su existencia.
Tiempo atrás hubo reglas que definían el rumbo de ese mundo y quien se hiciera cargo de que se cumplieran. Existieron guías, había incluso libros con todo ello para que cualquiera que quisiera, pudiera aprender. Existió un consejo que mantenía la paz, los hechizos eran controlados, la magia debía controlarse. Hubo jueces y castigos; era un mundo que marchaba en perfecta sincronía con el resto de los mundos. Pero desde unos siglos atrás hasta la fecha, parecía que todos se habían olvidado de todo lo que los antiguos habían hecho para que ese mundo fuese distinto.
Parecía que después de algún evento, de esos canónicos que pasaban de cuando en cuando, el mundo mágico había sido reiniciado. No, mas bien como si hubiera sido borrado.
De las pocas cosas que perduraban eran los acontecimientos importantes y la manera de enterarse de las cosas, de modo que las noticias viajan tan rápido en el mundo mágico que es de esperarse que los sucesos del día se sepan en cuestión de minutos. Se esparcía como la llama que persigue al rastro de pólvora; además, el hecho de que aun cuando fueran millones de seres mágicos e inmortales, la maldad y linaje de Aleksei lo hacían ser uno de los más importantes dentro de ese mundo.
Ahora que todas las ciudades conocían las nuevas asignaciones, había muchas especulaciones en torno a la decisión de Madaris Laer sobre este hecho, y tan solo habían transcurrido dieciocho días. La pregunta que muchos se hacían era: ¿Habrá perdido la cabeza?
La primera asignación de Kira Roel había sido un Wizdart de nombre Gwidrom Abais, del clan Ainon. Este era conocido por tener el gusto de “poseer” a sus vigilantes; los usaba hasta la muerte. Ella fue la excepción a todas sus reglas. Al inicio fue extraño y complicado para ella, pues debía seguirlo a cualquier lugar al que fuera, vigilarlo todo el tiempo y, aunque le parecía tarea sencilla, la abrumaba un poco: debía convertirse en su sombra. Con él permaneció cientos de años; jamás intercambiaron palabras, miradas o saludos. Ella se convirtió en la verdadera sombra de Gwidrom. Este se había acostumbrado a su presencia silenciosa y, de alguna manera, llegó a estimarle sin que por ello se sintiera atraído, como la penosa actitud de los otros, a entablar amistad con ella.
Después de él, Kira Roel fue asignada a un nuevo huésped. Gwidrom sintió la pérdida de su sombra; después de ella ninguna sombra le satisfacía. Todos sabían esto, de modo que Lukyan decidió que esto lo hacía el punto perfecto para comenzar su investigación.
Se sentía molesto, pues ya les había dejado en claro que a él nadie lo vigilaría. Lukyan odiaba tener a alguien a sus espaldas todo el tiempo, pues decía que no era un tarado como para que alguien cuidase de lo que le gustaba hacer: torturar y eliminar a cualquier ser de luz e incluso a cualquier humano. En cuanto escuchó "Lukyan, vigilante, correa", comenzó su búsqueda. No esperó a saber más detalles; no los necesitaba. Tenía que confirmar que a él nadie lo iba a vigilar.
—¿Por qué no cierras la boca?
Gruñó Gwidrom entre dientes, harto de escuchar sus acusaciones y falsos consejos.
—Solo quiero saber cómo es ella. Sé que fue tu correa, la única a quien no pudiste poseer.
Le indicó Lukyan con sarcasmo, apretando ligeramente el cuello del Wizdart con su mano y acercando su rostro al del mago. Este solo hizo una mueca de dolor. Lo había encontrado sentado en la mesa exterior de un restaurante del mundo mortal disfrutando de una taza de café, un placer que muchos de ellos tenían y él no entendía el porqué.
—¡A Balial no... va a gustarle esto!
—Mira... no me importa tu maldito jefe. Sé que ella fue tu correa por más de trescientos años, debes conocerla perfectamente —murmuró Lukyan acercando su rostro al del Wizdart.
—Está bien, voy a decirte todo lo que sé... pero suéltame.
Respondió el Wizdart sabiendo que lo que le diría quizá no le gustaría. Aleksei lo soltó. Estaba parado frente a él; el Wizdart sabía que la distancia a la que se encontraba el Zelldre no le permitiría hacer algún movimiento rápido para escapar.
—Bien, de amigo ya estás aprendiendo.
Lukyan le acomodaba el cuello de la ropa a Gwidrom con brusquedad, viéndose un tanto gracioso. Si bien este Wizdart no le tenía miedo a Lukyan, lo respetaba, pues sabía qué tan peligroso podía llegar a ser. Se encontraban en la ciudad de Doterani, un lugar forjado desde el fondo del infierno más terrible jamás pensado; el ambiente de ese lugar siempre se sentía frío y solitario, sin importar si el sol estaba en su punto más alto o si se encontraba rodeado de millones de personas. Un lugar tan lúgubre que, en ocasiones, podían escucharse los lamentos de los seres que habían caído en batallas anteriores.
Allí la tierra negra en ocasiones lucía extraños tintes plateados, de naturaleza marchita; en sus tierras no se encontraría jamás una rosa o una simple florecilla silvestre. Doterani era la tierra que había visto nacer a muchas de las especies más oscuras y perversas, una de ellas eran los Zelldres.
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Editado: 19.02.2026