Vidas
Kira R. Roel
Era una tarde cálida del más hermoso invierno que jamás había vivido; el medio sol de la tarde aún iluminaba la entrada a la vieja iglesia del pueblo, la única que había en varios kilómetros a la redonda. Era un pueblo pequeño del sur de la ciudad, en aquellos primeros siglos del catolicismo. Cuando la encontró fue como una hermosa alucinación; pensó que era un ángel que había sido enviado a la Tierra con el propósito de amarlo.
Él era un extranjero en aquel acogedor lugar; se marcharía en un par de meses, tendría que tomar el mando de las tierras familiares, quisiera o no. Se casaría con quien su padre quisiera; era lo mejor para su familia, no para él. Solo que tenía un problema: ahora su corazón pertenecía a ese lugar. Entonces, ¿cómo le diría a su padre que no se casaría con la prometida que le habían conseguido e incluso que dejaría las tierras de la familia solo por ella?
Decidió que comenzaría a cortejar a la joven; fue un amor compartido desde el primer momento en que se acercó a ella, su relación fue sumamente intensa. De modo que un día se enfrentó a su padre; simplemente le dijo que no volvería y que no se casaría con esa joven. Trató de explicarle sus motivos pensando que las cosas serían diferentes, pero este, furioso, lo desheredó y lo desterró de la familia Roel; pero a él no le importó.
Tenía una nueva vida e iba a vivir cada segundo de esta.
Al poco tiempo se casó con quien fue el gran amor de su vida; lamentablemente a ella una fuerte fiebre la dejó imposibilitada para tener hijos. Pero eso en realidad les cambió la vida de un modo que no imaginaron nunca: los unió aún más. Se amaban y compartirían su vida como lo habían planeado; vivirían el uno para el otro.
Una noche, de las últimas del invierno, un hombre vino a casa; era un viejo amigo de la familia Roel y había estado buscándolo por mucho tiempo. Extrañamente, y pese a los años, este lucía exactamente igual; no había envejecido nada, o al menos era exactamente como lo recordaba. Sin embargo, las dudas y temores de ellos desaparecieron cuando vieron a la pequeña bebé que le acompañaba.
La pequeña estaba envuelta en un montón de tela y piel; solo pudo apreciar su cabecita con un muy corto cabello rubio, estaba acurrucada con su mano en la boca. Estaba dormida, ajena a los quehaceres y problemas del mundo. Era un pequeño pedazo de cielo; sintió envidia por él, ellos jamás habían podido tener su pedazo de cielo.
El amigo les dijo que no podía cuidar a su hija, pues su esposa había muerto y su trabajo implicaba muchos riesgos. Sin pensarlo mucho, la pareja decidió darle un hogar a la beba. Su vida dio un nuevo e inesperado giro cuando la pequeña les llamó "papá" y "mamá" en sus primeras palabras. La vida era perfecta; nada arruinaría esa felicidad y esa unión familiar que tenían, era lo que siempre habían deseado.
Alrededor del crecimiento de la pequeña hubo muchos sucesos extraños; ninguno de ellos tenía explicación lógica. En una ocasión y sin intención alguna, congeló a un gato salvaje que vivía cerca de su casa; este volvió a la vida un par de meses después. Sin importar lo que sucediera, si la gente se enterase los rechazarían y la vida de su hija correría peligro, pero… ella era su hija y la amaban.
Era una tarde cálida del más hermoso invierno que jamás había vivido; el medio sol de la tarde aún iluminaba la entrada a la vieja iglesia del pueblo. Cuando lo encontró fue como una hermosa alucinación; pensó que era un ángel que había sido enviado a la Tierra con el propósito de amarla, pero no se sentía digna de él.
Ella era una persona común, o al menos eso era lo que pensaba de sí misma; no lograba ver sus talentos, sus cualidades y su belleza. Amaba a sus padres, ellos la amaban. Hija única de un viejo matrimonio, nació cuando sus padres habían perdido la esperanza de ser padres. “El regalo del cielo”. Amaba su vida en el viñedo; este había comenzado siendo una granja y su abuelo le había dado el giro.
El extranjero comenzó a cortejarla; fue un amor compartido desde el primer momento en que se acercó a ella, su relación fue sumamente intensa. Ella lo acompañaría a donde fuera que él quisiera. El joven le compartió sus planes de dejar a su familia y establecerse en el pueblo, permanecer a su lado y un día casarse con ella.
Didrik, quien le predicó amor desde el primer momento, aun cuando ella no le correspondía, aceptó ser solo su amigo hasta que ella cambiase de opinión. Él quería que ella le amara, y tenía tiempo para esperar por ello, pero ella en su corazón sabía que eso no sucedería. Simplemente decidió ignorar ese pensamiento, reemplazándolo con la esperanza de algún día hacer de Kira su esposa.
La pequeña tenía un amigo de la infancia, Elinor Thorne, quien había sido su vecino por muchos años. Se frecuentaban y convivían como una gran familia; él pasaba mucho tiempo a su lado. Sentía que su vida no podía ser más perfecta de lo que era; posiblemente algún día se casaría con Nicolai y Elinor… o que tal vez sería al revés y el otro terminaría siendo el padrino de sus hijos. Estos correrían y jugarían por el lugar ayudando a su padre a cuidar del viñedo.
Podía ver los cuerpos pequeños y delgados que cuando eran más pequeños corrían por doquier; eran ellos mismos, de la misma forma en que Elinor y ella corrían entre los viñedos y comían de las mejores uvas, ayudando a sus padres en la cosecha, en la elaboración de vino o acompañándolos los días de vendimia.
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Editado: 19.02.2026