Historia Oculta - El trazo de la sangre, tomo 1

Nueve

Recuerdos humanos

—Me gustaría ver atrás y darme cuenta de que todos los errores del pasado no se han cometido otra vez, y que algo hemos aprendido.

Decía un hombre rubio, de mirada sincera y una sonrisa que podría haber cautivado a cualquier mujer.

—Dudo que aprendamos… la raza humana ha encontrado el modo de cometer nuevos, también ha encontrado métodos cada vez más aterradores y degenerados para destruirse… creo que son peores en cada generación.

Le respondió su amigo con una sutil sonrisa en los labios. Sin duda, ambos hombres deseaban que las cosas en el mundo cambiaran. Ellos poco podían hacer, pero cuando las cosas estaban en sus manos, las hacían.

¿Pero quién no lo hace?

El tema de conversación no era distinto a los que con anterioridad habían sostenido, a lo largo de su vida, pero en esta ocasión, y si alguien más los hubiera escuchado, hubiese encontrado una dolorosa verdad en sus palabras. Algo de lo que se había percatado de una manera sumamente difícil para él. Le había tocado la peor cara de la vida; sin embargo, nunca dejó de ser una buena persona. Su pasado no lo definiría.

—Solo basta hojear un libro de historia... para darse cuenta de que el ser humano solo fue creado con el único propósito de destruirse a sí mismo, perfeccionando con el paso del tiempo ese terrible arte... al recorrer sus páginas, te das cuenta de las atrocidades que somos capaces de hacer por una persona o una ideología que en sí misma puede ser o no errónea. Pocos escritores son los que mencionan las virtudes o la inmensa capacidad que tiene el ser humano de amar. Lo más lamentable es que ni siquiera los que conocemos el pasado hacemos nada por evitar que los errores del ayer se cometan hoy... estoy tan cansado de esto que se llama humanidad.

Su queja era una simple verdad aceptada, como cualquiera que ha vivido experiencias devastadoras. Su amigo le escuchaba atentamente.

—Solo tienes que ver los noticieros, leer el periódico, escuchar la radio; si no es una noticia sensacionalista, amarillista o una indiscutible tragedia e incluso un acto deplorable, no se vende.

Permanecieron en silencio por un par de largos minutos, meditando lo que el joven acababa de decir. Ambos con la sensación de que podrían hacer más, pero no sabían ni por dónde comenzar; además de que sus propias tragedias los ataban.

—¡Por el asco que es la humanidad! —dijo su joven amigo levantando un poco la botella de cerveza de malta que tenía en su mano y que a ambos tanto les gustaba.

—A su salud.

Bebieron con calma el tercer par de cervezas de esa tarde acalorada, pese a que el verano aún estaba muy lejos de llegar. Los dos hombres se quedaron en silencio tranquilamente. Hacía tanto tiempo que no compartían su tiempo libre; cada uno tenía su propia tragedia, su propia historia de vida. Ellos eran de esas personas que se saben hermanos, solo que de diferente madre; se amaban y compartían sus vidas.

El primer hombre había nacido dentro de una familia de solvencia económica superior a la gran mayoría en el mundo mortal. Este había heredado un rancho que, desde sus cimientos, había sido destinado a la creación de uno de los vicios más fuertes del ser humano: el tabaco. Su abuelo y su padre se habían dedicado al negocio; apenas hacía unos años este había comenzado a decaer. De modo que él tenía la obligación de hacer nuevas inversiones si deseaba que su familia conservara el negocio.

Pero su historia era totalmente diferente, ya que solo quienes lo conocían sabían esta tragedia: él fue el único hijo de la familia, el último descendiente de su gente. Su madre había muerto cuando él nació por una fuerte infección posparto que los médicos lamentablemente no pudieron curar. Así bien, fue criado por su padre, un hombre sin duda amoroso y mortalmente triste que no pudo superar la muerte de su esposa; era un cascarón vacío.

A lo largo de su vida conoció a un sinfín de mujeres, pero fue hasta su edad adulta, cuando realizaba sus estudios universitarios, que conoció a quien sería el único verdadero amor de su vida, casándose con ella casi veinte días después de conocerla. Un amor rápido y tan intenso que sería eterno. Del fruto de esa unión nació su segundo gran amor: su pequeña princesa, como a él le gustaba llamarle.

Aun cuando en ocasiones añoraba la presencia de su madre, sintió también muchas veces que no le hacía falta, pues su padre se había convertido en ambos. Su vida no fue fácil, porque nadie llenaría el vacío que la ausencia de su madre dejó, pero fue inmensamente feliz.

Muy por el contrario, su amigo no había contado con la fortuna ni la familia que este tenía. Había nacido en una casa humilde en los suburbios, en una familia de solo tres miembros. Su madre había sido violada por alguien conocido cuando estaba por cumplir los quince años, viéndose obligada a tomar la difícil decisión de tener o no al bebé. Eligió tenerlo y su hijo se convirtió en su corazón.

Sin embargo, y pese al gran amor que sintió por su hijo, se vio obligada a dejarlo; un devastador cáncer de estómago la mató antes de cumplir los treinta años. Así que su abuelo asumió no solo el cuidado del pequeño, sino también el papel de padre y madre. El abuelo trabajaba arduamente limpiando los pisos de un edificio de oficinas. En ocasiones su nieto le acompañaba y le ayudaba, sin importarle faltar a las reuniones escolares.




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