Destino
—Ella era nuestra amiga, le fallamos de la peor manera, y ahora todos se preguntan: "¿Cómo es que ha cambiado tanto?". Todos esos oscuros a su alrededor le han hecho demasiado daño —meditaba Elinor recargado a un costado de la lápida de Nicolai, en una conversación que era de un solo lado.
Había acudido allí por algo de consuelo para sí mismo, un consuelo que nadie podría darle. Sin duda era más que un sentimiento de nostalgia lo que lo embargaba; era un sentimiento de culpabilidad. Al principio, antes de que se separaran, él estaba pendiente de Kira en cada aspecto de su nueva vida. La guiaba en todo lo que fuera necesario que ella aprendiera; sin embargo, de manera inconsciente, nunca dejó de culparla por la muerte de Nicolai. Aún después de que pasaron muchos años, seguía interrogándole acerca de lo que había pasado y quién les había atacado aquel día.
Kira jamás le dio ninguna respuesta, ni siquiera la más vaga posible. Algo le impedía hablar, era como si le hubiera hecho una promesa a alguien y simplemente no podía responder. Elinor se dejó caer hasta quedar sentado junto a la lápida, como ya se había hecho su costumbre. Su mente se sumergió en una terrible paradoja: ¿Valdría la pena tratar de salvarla, de seguir cerca de ella, o lo mejor era dejarla caer y desvanecerse en el viento como un viejo recuerdo? De esos recuerdos que solo perduran en el corazón un tiempo y que después se olvidan.
Por un segundo se trasladó en su mente al pasado; recordó los aromas de aquella época, la intensidad de la luz del sol, el limpio aroma del viento veraniego. Cuando era un niño de casi ocho años decidió irse de casa, rechazar todo lo que era y sobre todo lo que sería. Recordó a su madre adoptiva, quien le adoraba y conocía su secreto; recordó la mañana en que le envió al pueblo a comprar víveres, cerca de una gigantesca hacienda vinícola.
Su carreta sufrió un percance, lanzándolo por el viento y provocando que se estrellara en un árbol cercano. La pequeña Kira estaba cerca y vio el aparatoso accidente; fue ella quien le trajo ayuda. Él era solo unos años más grande que ella. Pero recordó con infinita claridad su cabello rubio, brillando como el sol, y sus hermosos ojos marrones. Supo entonces que nunca en su vida estaría más vivo como en ese momento; quiso atesorarlo para siempre.
Nunca en su vida imaginó que perdería su corazón al conocer a esa pequeña criatura; después de un tiempo, una sólida amistad era lo que les unía. Pudo ser el tiempo más valioso y feliz de los que jamás había vivido. Pensó en ese mismo instante en las miles de conversaciones que sostuvieron, en los muchos sueños que compartieron, la vida que habían planeado juntos.
Se dio cuenta de que él mismo distaba mucho siquiera de ser lo que antes fue; que nunca recuperaría lo que había perdido, lo que nunca le perteneció. Le pareció que esa parte de su humanidad no le gustaba, pues solo el ser humano es capaz de darle la espalda a todo lo que ama y jamás volver. Se suponía que él no era un mortal; se suponía que ellos eran diferentes.
—Sé que tú la amabas y fuiste capaz de decírselo, de ser honesto con ella... yo jamás me hubiese atrevido siquiera a decirle lo que sentía... no he podido encontrar nada que indique que Darlok fue el que los atacó ese día... por más de mil años ha sido un secreto —murmuró, mordisqueándose los nudillos para no llorar.
Recordó las mil veces que, en confidencia, Nicolai le había confesado sus sentimientos por Kira. Pese a que ella nunca pudo responder a aquellos nobles sentimientos, él deseaba hacer su vida a su lado. Si bien era cierto que cuando la conoció él tenía la apariencia de ser un hombre de veinte años —algo grande para la época en que ellos eran jóvenes—, se enamoró de Kira con tan solo verla a los ojos. Nicolai tuvo que esperar muchos años para poder revelarle su verdadero ser.
Lo quería porque era su amigo; lo odiaba y envidiaba por atreverse a amarla, y más por haberle dicho todo. Ahora no sabía si podía perdonarlo, pues la situación actual de la vida de ambos era, en gran parte, su culpa. Sin embargo, Nicolai, aún después de muerto, le ocultaba un secreto. Quizá el más fuerte y peligroso de todos, un secreto que ni siquiera Elinor debía conocer.
Ese secreto quizá podría redefinir los acontecimientos que estaban pasando en el mundo mágico; solo quizá él tuvo que arriesgar su propia vida por evitar que todo pasara. Quizá serían solo los Rosseliu (los primeros) los que conocerían aquel oscuro secreto.
El cementerio estaba en el claro del Bosque Blanco, en el que había sauces, abedules, manzanos, pinos, Taurens (cuyas hojas cambian de color dependiendo de la hora del día) y Menak (un arbusto rojo cuyas flores alimentan a la rosa negra). El lugar era realmente hermoso y apacible, oculto de los ojos mortales y, en ocasiones, incluso de los ojos del mundo mágico.
—Deja de culparte —le reprochó una voz en el viento, como si fuese la de un fantasma.
No era la primera vez que la escuchaba, pero no esperaba que su amigo le respondiera en ese momento. Sin duda era la voz de Nicolai, quien siempre lo acompañaba y trataba de guiarlo. Se quedó en silencio esperando más, pero el viento llenó el vacío. No hubo más palabras de aliento.
Se sentía solo y extrañamente culpable por Kira. Sabía que lo sucedido entre ellos había sido culpa de los dos, pero esa clase de culpa no cambia con facilidad.
—¡Al fin te encontré!
Dijo una joven de cabello rojo rizado, delgada y muy alta, con una estatura cerca de los 197 centímetros. Su tez blanca y ojos almendrados le hacían lucir un tanto aniñada, pero su carácter era volátil. Era alguien a quien él conocía perfectamente.
#1426 en Fantasía
#744 en Personajes sobrenaturales
inmortales, amor amistad odio celos, criaturas magicas tiempo perdidas
Editado: 19.02.2026