Vidas
Elinor Thorne
Nacido con un destino marcado del cual no podría escapar jamás.
Elinor Thorne, sin duda, había nacido siendo inmortal, una condición con la que nunca estuvo de acuerdo; siempre deseó que alguien le hubiera preguntado. Esto era lo que los definía como Vigilantes, sin el control de la magia como otros de los humanos que habitaban el mundo mágico. Una vida eternamente longeva que completaría su ciclo hasta que se cumpliera la edad adulta: los veintitrés años exactamente.
Sin embargo, conociendo cuál sería su destino, decidió alejarse de sus padres y de su familia. Se alejó de todos aquellos que eran inmortales y eran Vigilantes. Tenía una sola idea en mente, pero sabía que, en algún punto, su destino lo golpearía con fuerza y no podría escapar de él. De modo que decidió vivir una vida como mortal; a una corta edad infantil escapó de casa. Llegó hasta la casa de una vieja amiga mortal de su familia, una anciana que era de las pocas personas que él conocía y que conocían la existencia del mundo mágico.
Ella jamás tuvo hijos, nunca se casó; de modo que decidió ayudar al pequeño a experimentar lo que jamás podría ser si perduraba en su mundo. Lo adoptó, lo educó, lo vistió y lo alimentó por lo que le quedó de vida. Lo que fue, por un gratificante tiempo para ella, un propósito; finalmente tuvo uno.
La forma en que la perspectiva de su vida cambiaría era algo que jamás, aun cuando lo hubieran prevenido, hubiera creído. De paseo en el viejo caballo de su madre humana, un percherón, caminaba cerca de un viñedo que apenas comenzaba a tomar importancia en el lugar. Su caballo, llamado Tartalus, se espantó con una pequeña criatura que emergió del agua y caminaba atravesando la calle de tierra y hierba; este relinchó con tal violencia que lo lanzó al suelo. Provocó que se golpeara en la cabeza con las rocas. Una joven niña, unos cuantos años más pequeña que él, vio el accidente; la pequeña se apresuró a llamar a su padre.
Mientras el capataz del viñedo calmaba a Tartalus, su padre levantaba en brazos a Elinor. Al abrir los ojos, se encontró en una habitación sumamente hermosa, adornada con muñecas talladas en madera, porcelana, marfil y papel por doquier; una especie de caballo mecedora de madera, muebles de madera labrada en color claro... Le pareció que era la habitación de una niña de familia acomodada.
También se encontró con un rostro que le pareció opacaba la belleza del lugar: un cabello rubio y unos ojos marrones que lo observaban con detalle. Le parecieron ser más antiguos que la personita que los llevaba, sintiéndose identificado con ella. A partir de ese momento no pudo separarse ni un solo día de ella y de la familia. Ellos serían su familia; ellos le mostrarían lo que necesitaba para ser feliz y libre.
Elinor asistía a la misma iglesia a la que Kira asistía. Para él era difícil confiarle un secreto tan grande como su inmortalidad. Quería decírselo, pero ¿qué pasaría si algún día ella, por accidente, lo revelaba? ¿Qué pasaría si no le creía y se alejaba? Odiaba el hecho de pensar que algún día ella lo descubriera y que por ello lo despreciara. Sin embargo, quería pensar que eran temores pasajeros, pues aquella niña de ojos marrón le hacía olvidar cualquier preocupación que abordara su corazón.
Su padre, en ese entonces, era Vigilante de un poderoso Zelldre; cuando su hijo decidió irse de su lado, le dio la espalda, sintiéndolo como la más grande traición. Pues si no se atrevía a hacer lo que le correspondía, para él estaría muerto; no le importaba perder un hijo. Por otro lado, su madre le buscaba casi todo el tiempo, pues quería ver cómo uno de sus tres hijos crecía, sin importar si este había decidido vivir en el mundo mortal.
Ella era el único miembro de la familia que le apoyaba en su decisión; ella habría deseado que la vida de Elinor fuese distinta. Al grado de que, si él deseaba morir, pudiera hacerlo de forma natural como los humanos. Pero no era así; lo más cercano a la muerte que Elinor estaría era convivir con ellos.
Cuando cumplió once años, acudía al rancho de la familia Roel a ayudar al padre de Kira con la cosecha de uvas. Lo que para él era tan divertido como asombroso; en ocasiones, en compañía de Kira, hacían competencia para ver quién lograba llenar los canastos que su padre les daba. Se divertían comiéndose las uvas de color morado y enorme; se llenaban la boca hasta el punto en que les era casi imposible masticar. Su vida era ahora todo lo que deseaba; no distaba de ser una vida completamente normal.
Elinor alguna vez le comentó a la pequeña que se iría a vivir a la antigua China para estudiar medicina, pues él deseaba curar a las personas para que fueran inmortales. Un hecho que sin duda lo perturbaba, pues bien sabía que sus amigos mortales morirían casi en un parpadeo y sabía que no habría forma de salvarlos ni de retenerlos a su lado. Secretamente estaba enamorado de Kira. Sin embargo, sabía que si se lo hacía saber no duraría mucho tiempo; no por falta de correspondencia, sino por el hecho de que ella moriría.
Deseaba poder confesarle lo que sentía por ella antes de partir, pedirle que lo esperara, hacer una vida con ella… llevarla a su mundo. Pero eso no pasaría; no podía hacerle esto: verla morir y no poder partir con ella. Así que, como lo había dicho años después, partió a China para estudiar medicina. Casi a diario le escribía cartas contándole de sus aventuras. Kira vivía en su memoria como un dulce recuerdo, la posibilidad de algo que jamás podría ser.
#1426 en Fantasía
#744 en Personajes sobrenaturales
inmortales, amor amistad odio celos, criaturas magicas tiempo perdidas
Editado: 19.02.2026