Historia Oculta - El trazo de la sangre, tomo 1

Doce

El encuentro

Era, sin duda, el mejor cazador de su mundo, pero en esta ocasión todas sus habilidades parecían haberlo abandonado. Cosa que le provocaba una extraña sensación de satisfacción y le proporcionaba diversión; en siglos no se había divertido como en estos tiempos. Lukyan Aleksei había recorrido varias de las ciudades ocultas sin éxito, incluso algunas de las ciudades humanas. Jamás en los años que tenía se había visto obligado a recorrer el mundo en busca de alguien, pues solo bastaba que pensara en este para localizarlo.

—Maldita mortal, ¿dónde estás? —gruñó entre dientes.

Entró a la séptima ciudad oculta, un lugar oscuro, frío y lúgubre. De construcciones ostentosas que le daban un aspecto extraño, en ella se levantaban magníficos castillos, quizá de las épocas en que los reyes mortales gobernaban. Sin duda, era un claro vestigio de que la humanidad afectaba al mundo mágico y viceversa. Era una ciudad a la que solo pocos tenían acceso, pues en realidad estaba maldita. En los tiempos de antaño, sobre esas calles caminaron los dragones que gobernaron el mundo una vez que los Rosseliu desaparecieron. En esas mismas calles murieron algunos de ellos en la última gran guerra de ese mundo.

El resto de las ciudades eran de construcciones sencillas, llenas de bosques y lagos. Esta ciudad, llamada Wodfess, siempre estaba en movimiento constante; era conocida como "La ciudad que no descansa", porque no solo la vida en ella cambiaba, sino también los edificios, los árboles y toda la vegetación. Un día estaban en un lugar y, quizá al siguiente, estaban en otro si así lo decidían.

Era un buen sitio para un oscuro. El Zelldre estaba tan furioso que no se percató de que alguien lo seguía. Por primera vez pudo haberse convertido en una presa perfecta, ignorante de lo que le sucedería a su propio futuro.

—Para su edad no está nada mal —pensó Kira esbozando una extraña sonrisa.

Estaba sentada en una banca a la orilla de una especie de glorieta. A diferencia de las calles mortales, por estas no circulaba ningún vehículo; parecía un parque citadino de cualquier ciudad del mundo. Un lugar bellamente aterrador, resguardado lejos del mundo mortal. En medio de este, unos megalitos formaban un octágono; las piedras surgían del suelo y se levantaban por encima de las cabezas de aquellos enormes seres. Su color era de un azul grisáceo y deteriorado por el tiempo; estos megalitos eran el portal al núcleo de energía oscura de la ciudad.

Lukyan se paró en medio de los megalitos. Nadie con menor fortaleza que él podría haberlo hecho; solo los de sangre pura lograban penetrar esos portales sin sufrir daño. Sin embargo, existían Vigilantes que podían cruzarlos sin ser destruidos por la energía oscura. El Zelldre observaba todo a su alrededor, tratando de descifrar sus emociones.

—Si fuera mortal, ¿dónde diablos estaría? —gruñó molesto, colocando las manos en su nuca.

En ese momento lo notó. Ese único rastro. Finalmente la encontró. Sin pensarlo, en cuestión de un pestañeo, ya estaba frente a ella.

—Vamos, Kira, déjame sentirte —dijo él con un tono dulce, rozando con su mano el rostro de la Vigilante.

Ella no tuvo reacción alguna. Eso lo sorprendió, aunque lo ocultó. Nunca pensó que aquella tierna joven a la que había visto crecer durante toda su vida hubiese cambiado tanto. Ya no había expresiones en su rostro; no mostraba dolor, temor, sorpresa o alegría alguna. Su vida había sido dura; él había tratado de intervenir, pero su “conciencia” le obligaba a desistir.

—No eres un humano normal —afirmó Lukyan con sarcasmo, como si fuera un viejo amigo tratando de arrancar una sonrisa de ese rostro frío.

Ella lo observaba con detenimiento: sus ropas, el anillo de esmeralda roja que siempre traía consigo. Incluso podía recordar la daga que él utilizaba. Lo observaba como si quisiera hacer una instantánea mental del Zelldre a quien había seguido tan de cerca. Cuando Kira notó algo en el cuello de él que le era familiar, desvió la mirada para verlo mejor. Sabía perfectamente que lo que pendía de aquel cordel de piel le pertenecía a otra persona.

—¡Ah!, ¿te gustan las baratijas? El problema es que me falta el cofre donde esta llave entra —explicó Lukyan tomando el pequeño anagrama para que Kira lo viera—. El cofre parece un libro; lo perdí en medio de una borrachera y no lo he podido encontrar… pero algún día lo recuperaré, y prometo que jamás lo perderé de vista otra vez.

Parecía que le estuviese haciendo una promesa. Ella lo observaba con cautela, pues sabía perfectamente el contenido de ese cofre.

—Puedo regalártelo si me dices lo que deseo saber —sugirió él con voz encantadora.

Kira levantó su rostro y lo miró de forma despectiva. Dio media vuelta para alejarse, pero se detuvo un segundo:

—Te diré algo, Lukyan Aleksei: jamás juzgues a un libro por su portada.

Kira caminó hacia los megalitos. Él estaba tan sorprendido que no pudo reaccionar; nunca esperó que una simple mortal le interesara tanto. Solo sabía con certeza una cosa: su Vigilante sería la mujer a la que él mismo le había seguido los pasos. Kira sabía que Lukyan no trataría de matarla, y si lo intentaba, ella no moriría en sus manos. Aunque a veces deseaba la muerte, esta parecía negársele, así que esperaba con tranquilidad su "beso reparador", con la esperanza de reencontrarse con sus padres y con Nicolai.




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