Historia Oculta - El trazo de la sangre, tomo 1

Trece

Más que una sombra

Kira Roel regresó a su casa casi a la medianoche. Se dirigió a la cocina, ubicada tras las escaleras de herradura, detrás del comedor. La cocina era amplia; en medio se encontraba una pequeña barra con un fregadero para lavar verduras. A un costado, la estufa eléctrica, de esas modernas que se utilizaban en el mundo mortal, contrastaba con el resto de la casa.

Al lado izquierdo estaba el gran refrigerador de carnes y, junto a este, un pequeño cuarto que servía como alacena, donde la temperatura y la humedad eran controladas. La tecnología del mundo mortal hacía un poco más fácil la vida en el mundo inmortal, especialmente para los Vigilantes, aquellos que carecían de magia propia.

De alguna manera, Kira se rodeaba de objetos del mundo mortal porque le recordaban el breve periodo de su vida en que fue humana. Se preparó un sándwich, se sirvió un vaso de leche y regresó a la biblioteca. Se sentó tras su escritorio, el lugar donde prefería estar casi todo el tiempo; la casa era demasiado grande para ella sola.

Ningún rincón de la enorme mansión era tan cómodo como ese, rodeada de los recuerdos que amaba. Dejó su comida sobre el escritorio, que estaba atestado de libros, revistas, fotografías y cajas de madera y hierro. La mayoría de las fotografías eran de ella misma, sola, realizando distintas actividades en diversas épocas. Encendió la lámpara; todo el lugar olía a tiempo, a recuerdos y a soledad.

Tomó un libro tan grande que apenas podía sostenerlo, del doble de ancho que una guía telefónica de una ciudad grande. Era un compendio de fotografías y pinturas de los miembros más fuertes de cada clan oscuro. Un libro único, una verdadera rareza que le había llevado gran parte de su vida terminar. Comenzó a ojear hasta llegar a la foto de Lukyan. Rozó la imagen con sus dedos y leyó las anotaciones escritas debajo:

Apariencia: Robusto y atlético, con docientos tres centimetros de estatura. Piel cobriza muy clara, cabello cobre muy oscuro, lacio y corto a la altura del oído. Ojos rojos con rastros negros (línea de ascendencia única). Barba de candado cobre oscuro. Alas desarrolladas de color cobre. Rasgos duros.

No necesitaba leerlo para saber cómo era; bastaba con cerrar los ojos. Suspiró. Se debatía entre la alegría y el odio, pero siempre supo que el odio que sentía no era hacia él, sino por otra razón. Lukyan era de los pocos Zelldres que no permitía que su imagen se reflejara en una fotografía, pese a su vanidad. Ella conservaba esa imagen para no olvidar el rostro del hombre el día que lo vio por primera vez.

Sacudió la cabeza para despejarse y cerró el libro. La conversación del bar volvió a su mente: “Creados en la más terrible oscuridad”. ¿Qué ocultaba ella? Quizá que él era el culpable de que su vida fuera lo que era, o que deseaba descansar y no despertar jamás.

Tomó otro libro, marcado con un fino separador de plumas de pegaso azul.

Poder: Piroquinesis, telequinesis y control del tiempo (se desconoce por qué no utiliza este último). Se sospecha de una gran cantidad de poderes aún no cuantificables. Año de primer registro: 20,000 a.C.

—¿Por qué no utiliza el control del tiempo cuando le plazca? —se preguntó Kira en voz alta.

Jugar con el tiempo era más peligroso de lo que cualquiera podría imaginar. Solo tres seres en el mundo mágico poseían ese don, y uno de ellos era el Padre del Tiempo.

—¿Cuál es tu secreto? —interrogó al aire. Abrió un tercer libro casi al final de sus páginas—. Debilidad: Lo daña gravemente la sangre de Assazzel... lo único capaz de matar a la descendencia Aleksei...

—No lo digas, alguien podría escucharte —le advirtió una voz demoníaca con dulzura. Un aroma a viejo inundó la habitación.

—¿Qué demonios haces aquí? ¿Cómo me encontraste? —Kira se puso de pie de un brinco, tratando de cerrar los libros para ocultar sus secretos.

—Yo también tengo mis secretos, cariño. ¿Qué pasa? ¿Temes que los lea?

—No… temo que los quemes —respondió ella con un atisbo de furia.

—No lo haría, son libros interesantes —aclaró Lukyan, rozando la pasta de uno—. ¿Acaso esto es piel humana?

—Sí... fue un regalo de una mujer alemana durante la Segunda Guerra Mundial —respondió ella, alejando el libro de sus manos.

—Y creí que yo era el perverso.

—Ese no es tu problema —sentenció Kira. A pesar de su frialdad externa, por dentro deseaba que ese momento se prolongara —.¿Por qué no te dejas de estupideces y me dices cómo me encontraste? —gruñó apoyando los puños en el escritorio.

—Fue fácil. Levanté el rostro al viento y tu dulce olor a viejo me guio hasta aquí.

—Así que esa es tu técnica. Solo sigues el olor a muerto.

Lukyan se sintió momentáneamente herido en su ego. Sabía que ella era igual a él: fuerte y aterradora.

—¿Qué te molesta pequeña Ki? ¿Que te encontré o que esté en tu casa?

—Mi nombre es Kira, no "Ki". Me molesta que estés aquí... me incomoda tu presencia.

Ella guardó dos libros y sacó uno de apariencia extraña: negro, con cerraduras de plata en las esquinas. Había deseado que él viera eso un millón de veces, pero nunca se lo mostró. Lukyan observaba la habitación, percatándose de que todo allí era tan antiguo como Kira.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.