Historia Oculta - El trazo de la sangre, tomo 1

Dieciséis

Protegida

Kira Reed se había curado la mano hacía un par de horas. La quemadura que Lukyan le había hecho ya no era simplemente una marca "normal". Era un antiguo y poderoso símbolo en lenguaje antiguo, aquel que muy pocos hablaban ya.

"El que protege está protegido".

El sentimiento que en ese momento la embargaba era de frustración y odio; no entendía qué significado podría tener o las razones del Oscuro para hacérsela. Sabía que esa marca traería consigo muchos problemas y especulaciones por parte del clan de los Vigilantes. El maldito quiso “hacerle un favor”, pero en realidad la había condenado; una cosa como esta no puede ser escondida.

No importaba el lenguaje, pues aunque pocos lo conocieran, no podría engañar a Elinor Thorne ni a Madaris Laer, quienes conocían sus manos a la perfección. No podría utilizar un guante, pues llamaría más la atención que la marca en sí. No había forma de ocultarla, pues aun cuando la cubriese con algo, el símbolo se dibujaría sobre la tela. Pese a ello, la marca le hacía sentir que, de alguna manera, estaba conectada a Lukyan, aunque no quería hacerse falsas esperanzas.

—No debo dejar que nadie la vea. No podría explicarle al Consejo algo que ni siquiera yo comprendo.

Lo que le sorprendió fue que no había dolor físico. Suspiró viendo el símbolo en su mano, sentada en el viejo diván de su biblioteca. El libro que le había mostrado a Lukyan seguía sobre su escritorio. Una vez que él se retiró, la dejó llena de dudas. Kira había pensado que tal vez sus súplicas habían sido escuchadas, pero no fue así. Se preguntó: ¿Tantas ganas tenía de morir? Ella solo tenía una respuesta: le temía más a seguir sobreviviendo.

Hace algunos años, vigilando a otro Zelldre, fue la primera vez que estuvo en la misma habitación que Lukyan Aleksei. Verlo entrar y centrar todo su inmenso ser en ella fue aterrador. Le sorprendió que no le hiciera daño, estando ella en una ciudad tan oscura y maldita como él, quien detesta a cualquiera que no sea de su estirpe. Todo lo que hizo fue quedarse parado frente a ella; parecía que iba a decir algo, pero las palabras nunca salieron de su boca.

Fue como si el tiempo se hubiera vuelto elástico y todo lo que había alrededor de ellos hubiera desaparecido. De haber sido menos temeraria, quizá esta situación no se hubiera presentado, pero su lógica y su instinto de supervivencia siempre estaban peleados. El momento fue interrumpido por un ruido del otro lado de la puerta y, cuando ella quiso volver a verlo, Lukyan había desaparecido.

¿Qué la hacía tan especial? Recordó la última vez que lo vio antes de que le asignaran ser su sombra. Fue en el mundo mortal. El Jakzen a quien vigilaba había acudido a una fiesta de disfraces. Ella decidió tomarse un tiempo para sí y entró en una tienda de antigüedades. El lugar olía a viejo, a secretos. Observó los muebles, las paredes repletas de estantes con cuadros, jarras y muchas otras cosas.

Allí, entre libros antiguos, sintió una presencia a su espalda. Se volvió con calma, tragándose el miedo. Allí estaba él, recostado en la pared, comiendo una manzana.

—¿Pascal soltó a su cachorrita? Eso sí es novedad.

Ella no respondió. Siguió viendo los libros. Entonces Lukyan se paró detrás de ella, tan cerca que la dejó aprisionada entre su cuerpo y el librero. Colocó su mano en la cintura de Kira.

—¡Hueles a flores secas! —susurró él mientras olía su cabello—. Algún día podré tenerte.

Cuando ella se giró para enfrentarlo, él ya se había ido.

El timbre de la puerta sonó, irrumpiendo como un cañón en el silencio de la casa, regresándola de golpe a su propio hogar. Kira tardó un poco en llegar a la puerta.

—¿Elinor? ¿Qué haces aquí? —interrogó sorprendida, ocultando la marca de su mano.

Su viejo amigo estaba allí, con una tímida sonrisa y las mejillas rosadas por la pena.

—Vine a pedirte una disculpa por mi comportamiento del otro día... en la reunión en Tellmon. Sé que estuvo totalmente fuera de lugar.

La observaba de un modo extraño, tratando de recordar cómo era ella antes, pues Kira había cambiado demasiado. Ya no era esa mujer de rasgos delicados y mirada suave. Ahora se podía ver la dureza y el dolor de la vida en su mirada.

—Vienes a darme algo que jamás te pedí —la severidad en su voz dejaba ver su furia.

Le era difícil ser dura con quien había compartido su vida, pero ella ya no era la misma.

—¡Algo que te mereces! —aclaró Elinor, jugueteando con sus manos y buscando un atisbo de esperanza en los ojos de ella.

—Algo que no necesito.

—¿Qué sucede contigo? —Elinor estaba sorprendido. Nunca imaginó que ella fuera capaz de tanta frialdad.

Él desconocía las emociones arraigadas en el alma de Kira: la culpa por la muerte de Nicolai y la culpa, aún mayor, por permitirse sentir algo por Lukyan. Para Elinor, el único problema era que ella había presenciado la muerte de su prometido; no entendía el dolor que queda cuando la amistad y la esperanza mueren.

—Mejor pasa, esta charla se está tornando demasiado personal —dijo ella indicándole que entrara.

La guio por la casa hasta la biblioteca, en silencio. Él observaba todo lo que había en la casa, cómo ella la había convertido en un hogar. Se sentía cálida, no como cuando ella era niña y aún vivían sus padres, pero era lo más parecido dadas las circunstancias.




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