Historia Oculta - El trazo de la sangre, tomo 1

Dieciocho

Súplica por tu vida

Kira Reed estaba recostada en el diván de la biblioteca; se había quedado dormida hacía rato. Tras la partida de Elinor, un sentimiento de soledad y tristeza la abordó con tal fuerza que rompió a llorar. Era un llanto lleno de amargura y rabia que no podía controlar. Lloró hasta que el cansancio la dominó. Era un descanso que le hacía falta; difícilmente lograba paz al dormir.

—Genial, está dormida —pensó Lukyan, de pie en la puerta de la biblioteca.

Sin entender por qué sintió un vuelco en el corazón, entró en silencio. Se quitó su vieja gabardina y cubrió con ella a Kira. Se acuclilló a su lado, observándola con detenimiento.

—Jamás he dependido de nadie... hasta ahora. Podría terminar con esto y llevarme el Athame conmigo —pensó mientras la veía soñar—. ¿Pero por qué otra vez? ¿Por qué siento que estoy viviendo exactamente lo mismo? ¿Por qué nada ha cambiado?

Se puso de pie y caminó hacia el escritorio con las manos entrelazadas a la espalda. Vestía ropa formal oscura, una indumentaria que le daba apariencia de abogado. En ocasiones vestía así porque decía que era "una manera de sentirse más humano", aunque solo fuera una burla; él no tenía ni una gota de humanidad en su sangre puramente Zelldre.

Se quedó quieto cuando escuchó que Kira se movía. Algo en uno de los estantes llamó su atención: un brillo especial. Extendió su mano y el libro que contenía el Athame de Braxas voló hacia él.

—Si quieres el arma, puedes llevártela. De todas maneras, es tuya —la voz de Kira rompió el silencio. Seguía recostada, sin abrir los ojos.

—Sé que es mía.

Kira abrió los ojos y notó la gabardina sobre ella. Se la quitó lentamente y se levantó.

—¿Por qué no te sientas?

—Terminar con esto es lo que debería hacer —sentenció él entre dientes, sin mirarla.

—Hazlo... me haces un favor y te lo haces a ti.

—¿Te haría un favor? —Lukyan giró el rostro de una manera aterradora, clavando sus ojos rojos en los de ella. Los ojos de Kira lucían tristes, agotados.

—He vivido más de lo que buscaba. Todos los que amé están muertos... de mi mundo ya no queda nada —explicó ella con una nostalgia genuina en la voz—. No me queda nada por lo que seguir.

—¿Quién diría que ese es tu secreto? —el tono burlón de Lukyan la hizo entristecer. Ella le sostuvo la mirada, ordenándole silencio con la vista.

—¡No lo hagas! —exclamó él de pronto.

—¿Noto un atisbo de debilidad en ti? —respondió ella con sarcasmo—. ¿Por qué no lo dijiste?

Kira caminó hacia él, pero se detuvo al ver la reacción de Lukyan. Parecía haber visto algo aterrador.

—¿Cómo demonios lo hiciste? —interrogó él, señalando los ojos de ella—. Tus ojos eran marrones y, de un momento a otro, son plateados... ¡los ojos de un inmortal! Ningún mortal puede hacer eso.

Estaba más aterrado que asombrado. Había encontrado en la mirada de Kira el parecido con aquel a quien siempre había odiado y con aquella a quien había amado.

—No... no lo sé...

—¿Quién rayos eres tú? —Lukyan levantó la mano, pero no se atrevió a tocarla.

—¡No mientas! —gritó él, lanzándole una orbe de fuego fatuo.

Kira la esquivó con una facilidad asombrosa. El fuego golpeó el marco de la puerta, carbonizando la madera sin incendiar el resto.

—¿Qué ganaría mintiéndote? —preguntó ella, sin expresión alguna.

Lukyan caminó con violencia hacia ella. En un parpadeo, la tomó por el cuello y comenzó a asfixiarla contra el diván.

—¡No... en... tiendo! —logró articular ella.

—Estoy cansado de perseguir pistas que siempre me traen de regreso a ti. Quizá tú seas la causa de mi infortunio... quizá solo tengo que eliminarte y olvidar que existes.

—Bien... pero que no sea... en este lugar —suplicó Kira, colocando sus manos sobre las de él, pero sin intentar soltarse—. No aquí.

—¡Como gustes!

Lukyan se desvaneció con ella, transportándola a una ciudad olvidada: Janfell. Era un lugar donde la magia había nacido pura, ahora reducido a ruinas cubiertas por enredaderas de Zzody y sus flores azul-verdoso.

Al llegar al claro del bosque, Kira sintió un escalofrío como un rayo. Sus ojos brillaban con una intensidad plateada aún más fuerte. Lukyan la liberó al notar el cambio.

—¿Qué te detiene? —preguntó ella con calma. Una lágrima rodó por su mejilla.

—¿No vas a suplicar? —Lukyan sonrió con malicia. Estaba acostumbrado a las súplicas de sus víctimas, pero no a alguien que deseara el final.

—Ya te dije que me haces un favor.

—También por un favor se suplica.

Kira tomó la mano del Zelldre y la colocó sobre su pecho, a la altura del corazón.

—¿Sientes eso? Es mi corazón... está cansado. No va a suplicar. Si tú no lo haces, alguien más lo hará —susurró con una mezcla de ternura y decepción.

—¡Ese placer será solo mío! —sentenció él—. El sentimentalismo no funciona conmigo.




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