Hasselvi
Evander Nagyf logró llegar a la ciudad santa de Tellmon, el lugar donde su clan acostumbra a reunirse, aunque para él no se sintiera como un hogar. Era una ciudad de edificios blancos perfectos, con una textura de mármol impoluto; tan perfectos que no existía la suciedad ni se podía encontrar una sola grieta en sus muros. Era un lugar donde el tiempo parecía haberse detenido. La única señal de vida eran los Taurens, que a su voluntad coloreaban las calles, callejuelas, parques y lagos. Aun cuando estos árboles no cubrían la ciudad entera, estaban presentes en los rincones más sagrados e importantes.
Los Taurens, con sus hojas cambiando de tono según su humor, eran la prueba inequívoca de que la ciudad latía. Sus calles, pavimentadas con rocas tan blancas y lisas que en los días lluviosos se convertían en espejos, reflejaban el cielo. Pero ese orden fue interrumpido por el caos que el Hasselvi trajo consigo. Evander, por un error de cálculo, apareció a diez metros de altura; desarrolló sus alas, pero debido a la herida en el pecho, no logró volar. Cayó pesadamente en la plaza oeste, cual saco de arena, levantando algunas de las losetas de color claro, tan antiguas como él mismo. De inmediato, el suelo comenzó a teñirse de un rojo violento.
La primera en darse cuenta fue Airmed Hazel, una Hasselvi con quien Evander había compartido su vida siglos atrás —misma dirección, misma cama—, antes de la masacre de su familia. Ella se refrescaba el rostro en una de las siete fuentes de agua cristalina de la plaza, rodeada de edificios antiguos y árboles de abeto. Airmed se acercó con rapidez y se arrodilló junto a él, dudando un segundo antes de tocarlo.
—¡Evander!
Al hacer contacto, ella comenzó a sentir su agonía; no era solo dolor físico. A pesar de haber entrenado por siglos para controlar su ecosomía, su cuerpo no pudo evitar percibir el eco del sufrimiento de Evander. En ocasiones, ese don le permitía ver fragmentos de lo ocurrido, y en este caso, debido a los sentimientos que los unían, la conexión fue total e incontrolable. Fue de esta manera que Evander, aún herido y desorientado, supo que había llegado a ella. En ese momento, otro Hasselvi llamado Elder Colem se unió a ellos.
—¿Qué sucedió? —interrogó Elder, revisando al herido. La respiración de Evander era cada vez más pausada y la sangre no dejaba de emanar.
—No lo sé, solo lo vi caer... busca a Ulster —pidió Airmed con el rostro desencajado, tratando de concentrarse para contener su ecosomía.
Elder tomó el relevo al lado del herido para que ella pudiera alejarse. No podía dejarla allí; estar cerca de él era una tortura física para ella. Mientras esperaba, una pequeña botella de latón atada al cinturón de Evander llamó su atención. Arrancó el cordel de cuero y olió el contenido. El aroma era inconfundible y aterrador.
—Espero que no sea lo que pienso, viejo... eso no solo te dañaría a ti —murmuró—. ¡Sangre de Assazzel!
Elder arrojó la botella lejos, furioso al verla vacía y comprendiendo la magnitud de la imprudencia de su amigo. Trató de acomodarlo en una de las bancas de roca blanca para que estuviera lo más cómodo posible. Airmed regresó pronto con Ulster Peny, un Hasselvi de barba espesa y ojos color miel que poseía una apariencia inusualmente humana. Con una mirada analizó a Evander; la herida era realmente grave.
—Bien, esto dolerá un poco. Recuéstalo por completo —indicó Ulster con su habitual amabilidad.
Ulster se acercó a la banca y se puso de cuclillas a la cabecera de Evander. Nadie entendía por qué siempre buscaba esa posición si podía sanar desde cualquier ángulo. Solo Ulster sabía que, cuando alguien está al borde de la muerte y se le trae de regreso, puede reaccionar con una violencia instintiva. Además, cualquier sanador sabe que una restauración de este nivel consume muchísima energía, dejando el cuerpo del ejecutor debilitado.
Ulster se preparó y desarrolló sus alas, un procedimiento similar al que usó una vez para salvar a Kira. Las usaba para canalizar su energía, "cubriendo" con ellas el cuerpo del herido. Sus alas brillaban con luz propia, una herencia de su linaje de sanadores. Centró su mirada en el torso de Evander y la herida comenzó a regenerarse lentamente, como si las células se desarrollaran millones de veces más rápido de lo normal, hasta no dejar ni rastro de cicatriz. Ulster ocultó sus alas, sintiéndose agotado por el esfuerzo.
Airmed ayudó a Evander a sentarse, sirviéndole de respaldo una vez que pudo mantenerse erguido.
—Necesita reposo por un buen tiempo —sentenció Ulster.
—Ulster, no le digas nada a Domenicus aún. Yo hablaré con él primero —pidió Elder.
—Como gustes —respondió Ulster con una sonrisa antes de desvanecerse en el viento junto a los otros dos.
Elder caminó entre las fuentes, meditando cómo abordar a su líder. No era que le temiera, era que los asuntos relacionados con Lukyan le ponían los pelos de punta. El término Hasselvi se les otorgaba a los hijos de Aydati, la fuerza creadora, y significaba simplemente "Guardián Blanco". Aunque al inicio fueron despreciados tras la traición de los Nouma —una especie desterrada hace tantos años que casi nadie los recordaba—, los Hasselvi demostraron con los milenios ser los salvaguardas de todas las razas.
Finalmente, tras caminar por la hermosa ciudad blanca, encontró a quien buscaba en el Lago de las Ánimas, en las afueras de Tellmon. El lugar era en realidad un conjunto de siete lagos interconectados por cenotes, cuyo fondo estaba lleno de cristales que, desde el cielo, brillaban con la intensidad del sol o la luna. Allí estaba él, un Hasselvi de 205 centímetros, piel grisácea y cabello plateado, observando el agua. Era Domenicus Talin. El lago, un purgatorio donde las almas de los inmortales esperaban su juicio, bullía con "telas transparentes" bajo la superficie, rodeado de Taurens y pastizales multicolores.
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Editado: 19.02.2026