Historia Oculta - El trazo de la sangre, tomo 1

Veinte

Revelación única: Jazabell

Kira Reed revisaba sus libros con rapidez; sentía que se estaba moviendo con más lentitud que antes. La sensación de desesperación aumentaba conforme recorría los libros de sus muebles. Pero solo encontraba vagas referencias sobre lo que buscaba. Se sentía frustrada, debatiéndose aún entre si ayudarlo o no. Pero no podía simplemente sentarse a verlo morir. Por su mente pasó su historia con él y recordó, más de una vez, la muerte de Nicolai; sin embargo, era más fuerte su necesidad de salvarlo. No lograba entender de dónde provenía esa emoción primitiva, pero no podía ignorarla.

En su desesperación, buscó en las ciudades que sus libros mencionaban. Había visitado varias ciudades esperando hallar una respuesta, sin éxito. Sabía cuál era la cura para aliviar su dolor, pero eso no detendría lo que sucedería. La sangre de Assazzel no mataría a Lukyan de inmediato, sino que iría disminuyendo su poder, transformando su ser inmortal en uno mortal. Estaba sentada tras su escritorio de caoba, con el rostro hundido en un tomo grueso, cuando una presencia interrumpió su búsqueda.

—¿A qué debo el honor de tu visita? —interrogó Kira sin levantar la vista.

—¿Cómo lo supiste? —el Hasselvi se recostó en el marco de la puerta con una tierna sonrisa, solo observándola.

La casa estaba tan silenciosa que se escuchaba su respiración con facilidad.

—Los Zelldres huelen a muerte vieja... los Wizdart a secretos guardados... los Jakzen a naturaleza marchita —respondió ella con calma, aunque en su mirada se notaba una preocupación infinita—. Pero los Hasselvis huelen a... Algodón de azúcar.

Levantó el rostro para verlo. Domenicus esbozó una sonrisa. La recordaba exactamente así, tras aquel viejo escritorio.

—Buena respuesta. Solo vine a ver cómo estás.

—Domenicus... la última vez que hablamos fue hace más de cuatrocientos años. ¿Por qué te alejaste tanto tiempo? —preguntó Kira, cruzando los dedos sobre los libros—. ¿Por qué precisamente hoy?

—Lo lamento, no podía acercarme, ya sabes cómo es esto... —respondió él, tratando de no indagar en las razones de su propia ausencia.

Kira lo observó con recelo; era demasiada coincidencia. Que justo en medio de su búsqueda para una cura, uno de los Hasselvis, si no el más poderoso, estuviera ahora en su casa, frente a ella.

—No te preocupes. No indagaré más... Pero necesito tu ayuda: debo llegar a Solaris. Es urgente —pidió Kira. No podía llegar sola porque la entrada estaba protegida; solo los Guardianes podían traspasar esas puertas—. ¿Puedes ayudarme?

—Claro. ¿Qué buscas allí?

—Raíz... de Jazabell.

—¡¿Sigue con vida?! —exclamó Domenicus, con los ojos llenos de una furia repentina, sintiéndose traicionado—. ¡No lo haré! Debo irme.

—Domenicus... espera —pidió ella con ternura. Él pudo haberse marchado en un parpadeo, pero no lo hizo—. No lo hagas por él... hazlo por Kadesh.

Ese había sido un verdadero golpe bajo. Domenicus suspiró profundamente, luchando con el odio que sentía por el hombre que, según él, había causado la muerte de su hermana. También luchaba contra los recuerdos del pasado; no quería que esas imágenes volvieran a su mente. No le haría bien a nadie.

—Sé que ella lo amaba... pero está muerta. ¡Murió por su culpa! —gruñó él—. ¿Por qué lo proteges? ¿Por qué lo amas tanto? ¿Por qué precisamente a él?

La pregunta golpeó a Kira como un balde de agua helada, obligándola a enfrentar un sentimiento que había enterrado.

—Domenicus... sé que esto es difícil. Pero si lo salvo, podré descubrir qué fue lo que pasó realmente con tu hermana... y así podrás saberlo tú también.

Evadió la pregunta sobre sus sentimientos como quien esquiva una bala. Domenicus la observaba con reserva; estaba furioso, pero la posibilidad de conocer la verdad sobre Kadesh lo doblegó. Por alguna maldita razón, el bastardo no había dicho nada y por más que le había torturado en el pasado... Realmente necesitaba saber.

—El pasado es pasado y es ahí donde debe permanecer.

—La verdad te permitirá liberarte de tanto odio —Kira se acercó a él y tomó el libro del Athame—. Además... Siempre existirá esto. Ante la atenta mirada de Domenicus colocó el anagrama en su cerradura y el libro se abrió, revelando el arma. Domenicus intentó tocarla, pero el libro se cerró de golpe. —Solo podrás tenerlo cuando su guardiana muera —sentenció ella.

—¿Tú? —Domenicus no imaginaba que una "Sombra" fuera la guardiana de un arma tan peligrosa.

—Sí... ¡yo!

—¿Cómo?

—La noche que nos atacaron... La encontré por casualidad o me encontró. —Kira tomó la mano de Domenicus—. ¿Me ayudarás?

Domenicus apretó su mano, consciente de que salvar a ese Zelldre cambiaría el destino del mundo.

—Espero que no estemos cometiendo un grave error —susurró acercando su cabeza al oído de ella antes de desvanecerse juntos en el aire.

Solaris era una ciudad majestuosa; desde lejos se podían ver los inmensos dragones que estaban en cada torre de la muralla que protegía la ciudad. En cada una de estas torres, había grabados antiguos. Las construcciones detrás de las murallas se conservaban como cuando se construyeron la primera vez. Tras ellas, los lagos brillaban con aguas de colores distintos y los árboles Jazabell —similares a sauces gigantes— daban flores de color rojo azulado llamadas Yazemin. Estos árboles tenían vida propia y un profundo recelo hacia quienes les habían fallado en las guerras pasadas.




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