Historia Oculta - El trazo de la sangre, tomo 1

Veintidós

La decisión equivocada

Era un lugar tan apacible que le hacía sentir paz. El viento soplaba lenta y tranquilamente, meciendo las hojas de los árboles. Era un lugar tan lejano y tan alto en la montaña que parecía que tocaba las nubes. Elinor Thorne estaba sentado al borde de un precipicio que había sido llamado "La puerta de la esperanza". Este lugar había recibido ese nombre durante la Tercera Gran Guerra de ese mundo; muchos de los que habían combatido y estaban malheridos, o que habían sido desterrados, se habían lanzado de este borde con la única esperanza de morir.

Tenían la esperanza de que la caída les quitase la inmortalidad, pues una caída como esta solo implicaba severos daños físicos; la muerte solo podrían encontrarla por un arma mágica y a manos de un enemigo. Nunca cuando era infligida por decisión propia. De nada servía saltar allí. Actualmente, los que habían caído siglos atrás habían creado ciudades en el fondo, y se decía que los moradores jamás saldrían del lugar. Algunos más soñadores decían que, en realidad, habían muerto; que por fin eran libres.

En esa parte de la ciudad parecía que el sol salía del centro de la cañada y que se escondía detrás de los cerros que le rodeaban. A cierta hora del día o de la mañana, la bruma cubría el acantilado; los de abajo no lograban ver la cima y los de la cima no lograban ver el fondo. Lo que lo hacía un lugar único y místico a los ojos de los inmortales.

Él estaba observando el hermoso atardecer de ese largo y abrumador día. Desde el lugar donde se encontraba, parecía que el sol penetraba a esta puerta y desaparecía debajo de ella. Rodeado de un sinfín de viejos árboles de cualquier especie, era un lugar, sin duda, terriblemente apacible. Aquel lugar podía hacer que cualquiera olvidase sus penas, claro, siempre y cuando desearan olvidar.

—Es un lugar hermoso, sin duda. Terrible, pero igual hermoso —le dijo la voz de un hombre a la espalda de Elinor, atrayéndolo a la realidad. Aún cuando esto le pasaba con frecuencia, sin duda no se había acostumbrado a esas interrupciones.

—Un lugar que no necesita de magia para ser real —Elinor respondió tratando de parecer sarcástico, evidentemente sin lograrlo. El precipicio era de tierra blanca hasta donde alcanzaba la vista en cualquier dirección. Adornada solo por un montón de árboles cada cierto espacio, esa tierra, con el amanecer y con el anochecer, se tornaba de mil colores.

—Lo sé, pero es imposible vivir sin ella.

Madaris Laer se sentó a su lado en la tierra blanca, dejando caer sus pies al precipicio. El aire soplaba tranquilo, como si les estuviera acompañando.

—¿Qué sucede, Madaris? —interrogó el joven vigilante un tanto serio, volviéndose a verlo. En esos días, todas las personas a su alrededor le parecían diferentes—. Te noto preocupado.

—Nada, Elinor... Solo que me preocupo por mis Vigilantes —respondió Madaris—. Sé que, aun cuando está prohibido hacer amistad con los Guardianes... muchos de ustedes se involucran más de la cuenta —guardó silencio unos segundos y continuó—: Esos lazos se hacen, pero creo que son más peligrosos si son con algún Zelldre, o de un Jakzen o un Wizdart oscuro.

—Creo que hay algo que quieres decir, pero no puedes o no sabes cómo decirlo —aseguró Elinor con calma, pensando en que, quizá, la preocupación de Madaris iba dirigida a la misma persona por la que él temía.

—Si lo hubiera, juro que te lo diría... así que solo hablo por hablar. Como te dije, me preocupan mis Vigilantes —respondió con una sutil sonrisa, volviendo la mirada al precipicio y haciendo evidente que él tampoco deseaba hablar del tema; solo había ido a ese lugar con el mismo propósito que él: tratar de olvidar.

—Quizá, pero hay demasiada paz.

Elinor cambió el tema, notando el extraño ritmo de esos días.

—Lo sé... es algo tan grande como para que haya Consejo de las Órdenes esta noche —acordó volviendo la vista al joven—. Lo mejor será regresar al Círculo de Fuego; esto no es normal.

Pues si algo llegase a suceder, sin importar lo que fuera, desde ahí podrían controlar con mayor eficacia la eventualidad.

—¿Consejo? Esto no pasaba desde la última gran guerra… debe ser algo realmente malo. Lo haré, volveré al Círculo... pero hay alguien a quien ver primero —respondió tratando de ponerse de pie. Dio media vuelta y desapareció entre las sombras, dejando a Madaris inmerso en sus pensamientos.

Madaris Laer no recordaba la última vez que una situación había obligado a las órdenes a reunirse; eso no se había visto en muchos siglos. Ni siquiera había nacido su padre cuando un consejo como este se llevó a cabo; pensaba que él era demasiado joven para entenderlo. Quizás si Beilian hubiese estado más tiempo con él... Pero nada de eso importaba, nada cambiaría lo que estaba por pasar. El pasado era eso y, quizá si hubiera sabido, o quizás si las cosas hubieran sido diferentes cuando era joven, si solo ella lo hubiera mirado con otros ojos...

El destino del mundo no estaría por cambiar, pero quizás el destino del mundo deba cambiar de una manera u otra. Para ello era necesario hacer lo que había hecho, aun cuando después de esto se arrepintiera por el resto de sus días. Se quedó sentado observando hacia la Puerta de la Esperanza, esperando algún día tener el valor de arrojarse de ella para ver si, con la caída, podría olvidar todo lo que había hecho a lo largo de su existencia.




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