Historia Oculta - El trazo de la sangre, tomo 1

Veinticinco

El mal que surge.

Detrás de las sombras, algo se estaba agitando. Inexplicablemente, muchos de los Guardianes y de los más poderosos habían desaparecido; sus Vigilantes los habían perdido de vista. Aun cuando sabían por qué esto estaba sucediendo, no sabrían cómo o cuándo sería, ni podrían saber de qué trataría esta reunión. Las seis grandes órdenes se estaban reuniendo, cada una del lado correspondiente; aún no era tiempo de verse la cara.

Los Vigilantes trataban de ocultar lo sucedido, intentando hacer lo que acostumbraban. En el viento podía sentirse la tensión; los Guardianes tenían la obligación de guardar al mundo mágico, y la premura de esa reunión ponía nerviosos a todos. Pero en una parte lejana y protegida de los ojos ajenos, una peligrosa reunión se desarrollaba.

—¡No, Oak! Eso es algo muy peligroso —decía un Jakzen de nombre Zain Otelo con calma, interrumpiendo la discusión que estaba por surgir en el lugar.

—Solo piénsalo, si hacemos alianza con otras razas del mundo mágico... podríamos triunfar —explicó Oak Tauriz con algo de emoción en su voz.

Pocas veces se veían reuniones como esta, en las que se reunieran los líderes de cada orden. Reuniones a las que muchos le temían por las consecuencias que trajeran cuando se sabía de ellas, fuesen oscuros o no. Los representantes de cada clan estaban conformados por tres elementos de cada uno (una tríada).

El grupo era integrado por la orden Animus, que se nombró así por el Wizdart Animus Main, muerto después de la Segunda Gran Guerra: la líder Morgana Grossi y sus segundos de a bordo, el Wizdart Oak Tauriz y el Wizdart Raxus Deiotarus. La orden Lumenicus, en nombre de la Jakzen Lumenicus Brein, muerta en la Segunda Gran Guerra: el líder Zain Otelo, el Jakzen Angus Norm y la Jakzen Maeve Hastor. La orden Dominare, en nombre del Hasselvi Dominare Peeck, exiliado y muerto después de la Primera Gran Guerra: el líder Domenicus Talin, la Hasselvi Tuatha Lews y la Hasselvi Airmed Hazel.

Estos nueve eran los más antiguos y poderosos de cada una de sus razas. El grupo de los nueve estaba reunido en un edificio de Tellmon, en el tercer piso de un lugar que parecía una fortaleza de estilo vikingo, de color ocre oscuro con pocas ventanas. En el interior del edificio se encontraban retratos, estatuas y libros de los orígenes de cada orden, de la historia de cada uno de los más importantes, de los que eran considerados casi indestructibles.

El ambiente que se respiraba dentro de aquellas muy antiguas paredes era, sin duda, de una tensa calma. Este edificio le pertenecía a los Dominare; era una de las muchas propiedades que el clan tenía en el mundo mágico. Estaban sentados alrededor de una mesa de cristal que había sido dispuesta para ese evento.

—Estoy de acuerdo contigo, Oak, pero si lo hacemos y si debemos enfrentar una nueva guerra, muchas de esas razas quedarán extintas. ¡Eso es algo que no podemos permitir! —sentenció Domenicus Talin en tono conciliador al grupo reunido en Tellmon.

Sumado a que muchas de esas razas ya estaban casi extintas, de modo que solo quedaban unas cuantas por allí, no podían permitir que su mundo, que estaba agonizando, desapareciera.

—¡Pero tenemos que hacer algo! ¡La muerte de Minos no debe quedar impune! —gritó Oak para tratar de convencerlos.

El hecho en cuestión había sido la reciente muerte de Minos, el Rey Minotauro. Las circunstancias de este lamentable deceso habían sido muy extrañas y un tanto peculiares, pues él había muerto, aparentemente, de causas naturales. Lo que era extraño para un inmortal, pues si bien pueden morir, es solo por el daño causado por un arma, pero de un arma mágica. Muchos decían que algo se había llevado su vida, pero solo existían dos con este poder: uno de ellos jamás podría hacerlo, pues había sido vencido milenios atrás; y el otro era quien menos lo haría, pues solo debía aguardar: este era el Guardián del mundo de los muertos.

—¡Oak, basta! Por esa razón es que nosotros somos los Guardianes: para proteger al mundo mágico. Pero no controlamos la vida de los demás —continuó Maeve Hastor, tratando de contener la furia de Oak, pues si bien no era el único que sentía eso en su interior.

—¿Entonces cómo te explicas la muerte de Minos? —se escuchó el grito del Jakzen molesto, viéndola a los ojos. Sin duda, él era el más afectado, pues casi desde que había nacido convivió con el minotauro y este era parte de la familia del rey.

—Por esa razón nos hemos reunido hoy —explicó Airmed Hazel con ternura en su voz, una ternura que la caracterizaba.

—Hay algo que no hemos tomado en cuenta —intervino Tuatha Lews, una Hasselvi tan antigua como la luna, atrayendo la atención de todos y rompiendo el doloroso silencio que había caído sobre ellos—. Minos era tan inmortal como nosotros, no tenía enemigos... y su muerte fue natural —explicó con calma, dejándolos evidentemente confundidos, entendiendo lo extraño de este caso.

—¡Eso no es posible! —gritó furioso Oak, que lo único que deseaba era venganza.

—No es la primera vez que esto pasa. ¿Alguien recuerda a la elfa Trea del Bosque de los Murmullos? —cuestionó Tuatha tratando de hacer memoria sobre los acontecimientos de la muerte de la elfa.

Una elfa que había alcanzado una posición elevada entre los de su raza y, sin duda al igual que Minos, sin enemigos, había muerto del mismo modo.




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