Historia Oculta - El trazo de la sangre, tomo 1

Veintiocho

La caída

La llevó a una parte de la ciudad donde los Vigilantes no tenían acceso: los límites de Doterani con una de las ciudades olvidadas. En la división entre estas dos ciudades emergía una muralla de roca sólida, tan ancha que era prácticamente indestructible oscura y misteriosa como todo en ese lugar; sus árboles muertos, su tierra oscura… todo allí terriblemente perdido. La magia oscura podría prácticamente respirarse; de haber tenido color, habría sido una bruma imposible de traspasar.

Lukyan Aleksei estaba sentado en la muralla, observando hacia la ciudad olvidada. Supo exactamente cuándo sintió la presencia de su Vigilante y la de su “guardián” Ler Taranis. Conocía perfectamente la emoción que se estaba apoderando de él, pero no debía dejar que esta se le subiera a la cabeza: él no debía tener debilidades, y ella era la suya.

—Ler, no sabía que tenías esa clase de amistades. Qué bajo has caído —murmuró sin siquiera volver a verlos.

—Sí, he caído hasta el fondo. Pero ella insistió en que la trajera.

—Sí, suele ser muy convincente. Logra que cualquiera haga lo que desea solo con poner esos ojos de cachorrito —volvió su rostro para verlos.

Kira se veía molesta, y seguramente lo estaba.

—¿Qué quieres?

"Le salvo la vida y así me agradece", pensó ella.

—Necesito hablar contigo.

—Entre lo que necesitas y lo que quiero hacer hay un abismo de diferencia.

—Lukyan…

—¿Sabes qué? No me interesa.

En un parpadeo, estaba frente a ellos.

—Esto te interesa.

—No. Y no te debo nada; tú hiciste lo que hiciste por gusto propio.

—¿Crees que no lo sé?

Ler negó con la cabeza.

—Yo ya cumplí, ahora estás por tu cuenta —le dijo a Kira antes de desvanecerse en el éter.

—Hasta tus aliados temporales te abandonan. ¿Qué dice eso de ti?

—¡Déjate de estupideces!

—¿Yo?

Kira estuvo a punto de golpearlo.

—Me enviaron a darte esto —se quitó el anillo de Maximus para mostrárselo.

Él no estaba sorprendido. Pero de igual manera, era algo que no le gustaba. No es que supiera que ella sería la carta a jugar de Domenicus, pero tras los últimos acontecimientos, eso le gustaba menos. Ella había recurrido al único ser al que jamás habría acudido él mismo para salvarlo. Entonces ellos tenían una especie de relación…

—No me interesa. ¿Qué, no lo entiendes?

—Sí, lo entendí desde la primera vez. No estoy aquí por gusto; por mí, dejaría toda esta mierda, pero me hiciste prometerte algo. Tampoco me interesa por qué Domenicus cree que yo soy la persona adecuada para eso…

—Bien, estamos de acuerdo —la interrumpió alejándose de ella.

—Bien, no te interesa, perfecto… a mí tampoco. Y la cosa es que tengo en casa… bueno, también renunciaré a ella.

Eso hizo que se detuviera en seco. Volvió su rostro para verla sobre su hombro.

—¿Eso es una amenaza?

—Sí...sí, lo es.

—¿Has olvidado quién soy? —le interrogó girándose hacia ella con calma.

—Jamás podría olvidar eso: eres la causa de lo que soy.

—Touché... No voy a disculparme por eso y tampoco voy a interesarme en lo que tengas que decir. Como dijo Ler, estás por tu cuenta.

—Bien, has iniciado la última guerra.

Se dio media vuelta para buscar la salida. Sabía que no lograría salir de allí sin él, pero no le iba a dar esa satisfacción. Caminó por cuestión de media hora; ella era muy buena para conducirse por el mundo, pero Doterani era un lugar engañoso. Sin pensarlo, chocó contra lo que le pareció un muro y cayó al suelo sobre su trasero.

—¿Qué mierda crees que haces?

Ella no lo miró; se sacudió la ropa y se puso de pie.

—Debo ir con Domenicus. Tengo que informarle que no aceptaste el trato.

—¿Forzosamente tiene que ser a él? ¿No puedes buscar a su secretaria?

—Dudo que Morgana quiera verme siquiera.

Eso sí lo hizo sonreír; algo que nadie, o casi nadie, lograba hacer.

—Te propongo algo.

—¿Qué?

—Aceptaré si me prometes no volver a estar cerca de Domenicus, jamás.

—Aceptaré.

—Ni siquiera lo pensaste.

—Los mundos están en juego, ¿qué hay que pensar?

El Zelldre estaba realmente sorprendido. Habría esperado esa respuesta de cualquier ser, pero no de ella.

—Como último favor, te llevaré a casa.

Le tomó la mano desvaneciéndose con ella. No la llevó a la casa de Kira; la llevó a su propia casa, oculta de los ojos curiosos de ambos mundos, en el corazón de Doterani. Su casa era similar a un pequeño castillo hecho de roca oscura; traspasando la reja principal se podía encontrar un antiguo roble que alguna vez tuvo vida, aunque nadie sabía en realidad cómo es que esa cosa había crecido en tierra oscura. Los grandes ventanales estaban cubiertos con gruesas y hermosas maderas; el jardín estaba tan muerto como todo allí.




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