Historia Oculta - El trazo de la sangre, tomo 1

Veintinueve

El Plan

Hairina Dea conversaba con Jakzen Zain Otelo. No eran amigos ni aliados, pero el "maguito" era el mejor imbuyendo conjuros en objetos; era capaz de crear artefactos mágicos falsos tan perfectos que engañarían al ojo más experto. Como muchos, vendía sus habilidades al mejor postor. No era un Oscuro, pero poseía una moral flexible; al final, hacía lo necesario para sobrevivir, como todos en ambos mundos.

—No entiendo para qué quieres una réplica de esa cosa, Hairina.

—Solo hazlo. Es para una pequeña broma que tengo planeada.

—Si te metes con el juguete de Lukyan, te arrancará los ojos.

Hairina apretó los labios con desagrado.

—La broma no es para él, es para su amigo… ¿cómo se llama? Ah, sí, Elinor. ¿Sabes que Morgana siente algo por él?

—No me interesa el cotilleo, Hairina. No busco razones, solo una cosa: poder, dinero, joyas y oro. Todo lo que funciona bien en ambos mundos. ¿Tienes lo que se requiere?

—Lo tengo.

—¿Estás dispuesta a pagar el precio?

—Obviamente.

Él dudaba de que ella estuviera lista, pero no le importaba; nadie le importaba más que su propio pellejo. Hairina le entregó una bolsa de cuero con los materiales necesarios. En un par de días volvería para entregarle la sangre; esta le otorgaría al objeto un rastro de verdad, pero ella debía conseguir la sangre de alguien más: alguien cercano a Kira.

—Hairina, no voy a recordarte que lo que haces es peligroso.

—Pues no lo hagas, solo cumple con el encargo.

—De acuerdo, como quieras.

Él tomó la bolsa y le hizo una seña para que saliera. Hairina echó una última mirada a la tienda de antigüedades y artilugios mágicos antes de salir a las calles de Hitita, una ciudad de magia libre, hermosa y vibrante. Se cubrió con la capucha, tomó su cayado y caminó un par de cuadras al sur hasta entrar en un callejón. Con la punta del bastón dibujó un patrón en el suelo, dio un golpe seco y un vórtice se abrió frente a ella.

Del otro lado se divisaba el Lago de las Ánimas. Allí, sentado tras unas mesas rudimentarias de troncos, estaba Elinor. Hairina atravesó el portal; su corazón latía acelerado, como siempre que visitaba aquel lugar. Antes de morir, su hermano le había dicho que esa agitación era porque ambos pertenecían allí; que le habían robado tiempo a la muerte y que su lugar estaba entre las almas que el lago resguardaba. Le advirtió que algún día el lago la reclamaría y esa sería su condena. Poco después, él buscó su final a manos de un enemigo.

—Elinor, te estaba buscando.

Elinor la miró por encima del hombro.

—¿Para qué?

—Tenemos que afinar detalles. No tengo idea de dónde demonios está Morgana.

—Se prepara para un concilio: las órdenes y el clan.

—Eso suena a algo grande.

—Lo es. —Bien, solo espero que no se estén arrepintiendo.

—No lo hacemos.

—¿Qué haces en este lugar tan aterrador?

Él la observó con calma. Era demasiado hermosa para ser real, pero también inestable, peligrosa y siempre acechante.

—Mi padre murió aquí.

—Lo lamento.

—¿Por qué? Tú no lo mataste. Solo quería un espacio para mí, un tiempo para pensar. Tengo que hablar con ella antes de ejecutar tu alocado plan.

—No la convencerás. Ni tú ni nadie.

—Lo sé.

Él se puso de pie, sintiendo una creciente molestia.

—Elinor… no digo que sea fácil, pero haces lo correcto por ella.

—Sé que tienes razón, pero eso no evita que todo en mi interior me grite que esto está mal a muchos niveles.

—Es normal: la amas y no quieres perderla.

A Elinor le pareció que ese no era un tema para discutir con ella. Detectó un matiz extraño en su voz, pero estaba demasiado agotado para descifrarlo.

—Tengo que irme.

—Cuídate.

Elinor no lograba entender por qué, si hacía lo correcto, su corazón se sentía equivocado. Solo quería proteger a Kira de ese demonio; sabía que si permitía que siguiera a su lado, la perdería para siempre. Se repetía una y otra vez que lo hacía por ella, solo por ella. Con ese pensamiento abandonó la ciudad y se dirigió al mundo mortal.

Caminó hacia el norte, cerca del bosque por donde corría el río. Allí cruzó un viejo puente que él mismo había visto construir. Al otro lado se encontraba la entrada a Celing, una de las ciudades olvidadas. El lugar donde nacieron sus padres y se unieron de por vida. Celing se perdió tras la traición de los Nouma, una raza que dañó al mundo mágico de forma irreparable. Miles murieron; pocos escaparon, entre ellos sus padres y su hermano mayor. Se detuvo en medio del puente, observando la entrada. Veía a la gente pasar; algunos miraban hacia el arco, pero sus ojos mortales no veían más que un parque abandonado. Recordó a su familia, su vida y su propio fracaso. Decidió que no había vuelta atrás.




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