Historia Oculta - El trazo de la sangre, tomo 1

Treinta y cuatro

Interrogantes.

El tiempo, cuando ha existido un evento trágico, suele tomar una elasticidad aterradora. Es tan similar a la calma que precede a una tormenta; suceso que solo es fácilmente reconocido por los animales y la naturaleza misma. Pues el resto de los seres que habitan el mundo están demasiado sumergidos en sus cosas como para percatarse de esto. Dejan de tomar en cuenta los pequeños detalles cotidianos y olvidan cosas que se dan por sentadas, y rara vez notan la ausencia de estas.

El Enlace se había perdido por un mal plan, mal ejecutado. Ahora, la alianza de paz impuesta por Domenicus Talin y Lukyan Aleksei, aunque no tenían el conocimiento de lo acontecido aún, seguía en pie. Las Órdenes continuaban trabajando en buscar todo lo relacionado al Grimma y los Vigilantes estaban más alerta que antes, puesto que los humanos ahora eran un posible enemigo.

Domenicus Talin sabía que algo estaba mal, solo que no podía descifrar con exactitud qué era. Había buscado a Charlotte Ferrec por todos lados, pero era como si hubiera desaparecido. Ella ocasionalmente hacía eso, se desaparecía por un tiempo, pero siempre había podido encontrarla… de modo que esto era algo más.

—Todo está… demasiado tranquilo —opinó Domenicus preocupado, observando todo a su alrededor.

En ese momento, el trinar de las aves había cesado; no podía escucharse ningún animal cerca de ellos. Tal parecía que el sonido había desaparecido; era algo aterrador. Aguardó, pero no parecía tener origen preternatural.

—Hay un pacto de paz de por medio… apenas van los primeros ciento cincuenta días —respondió Angus Norm volviendo su vista a un sauce de casi diez mil años, en el Bosque de los Murmullos.

En este bosque existían una infinidad de árboles de diferentes especies, de las cuales muchos de ellos tenían vida propia. En ciertos momentos del día, si se ponía atención, podían escucharse las conversaciones que sostenían entre ellos. Por ello llevaba el nombre del Bosque de los Murmullos. Se encontraba allí porque había que convencer a un grupo de árboles un tanto hostiles de mudarse al sur de la ciudad.

—Domenicus, aun en contra de las reglas… debo pedirte tu ayuda —pidió la voz de un hombre algo mayor, acercándose a ellos.

El Hasselvi se volvió a verlo un tanto extrañado, pues en verdad nunca lo había visto romper sus reglas. La sombra que había estado creciendo en su mente corrió velozmente a devorar su corazón.

—¡Buen día, Madaris!

Saludó Domenicus con amabilidad, tratando de ocultar la sorpresa de verlo en aquel lugar, pero con la curiosidad de saber qué era lo que lo obligaba a romper sus amadas reglas. Por primera vez le vio los largos años que el Vigilante tenía.

—Domenicus… uno de mis Vigilantes ha estado casi un mes… perdido —comenzó a explicar Madaris con temor en su voz.

Sabía que esto solo pasaba por dos razones: la primera era que habían decidido abandonar su condición inmortal, en cuyo caso todos lo sabrían; y la otra razón era que habían muerto.

—¿Quién? —interrogó Domenicus, temeroso de la razón por la que acudía a él.

—…Charlotte… —respondió Madaris con cautela—. Ya tengo hombres buscándola, pero la última vez que la vieron estaba con Lukyan en Sidonn… después de eso, nada —explicó el Vigilante muy preocupado, haciéndole saber que él estaba al tanto de la amistad que los unía.

Domenicus parecía haberse paralizado, con la vista clavada en el Vigilante.

—Yo hablé con ella un par de días después —murmuró extrañado. Meditó por un par de largos minutos los días anteriores. Tal parecía que ella desapareció después de que la vio—. El único con el poder suficiente para encontrarla es el mismo Lukyan —recordó a los dos hombres en un tono de desaliento.

En el Bosque de los Murmullos ya casi atardecía; los árboles jugueteaban con el viento cálido de ese día. El cielo estaba despejado, se podía apreciar el color azul claro y las primeras estrellas; el aroma a pasto recién cortado inundaba todo el lugar.

—¿Pero querrá ayudarte? —indagó Angus viendo a Domenicus casi diez minutos después. Este volvió su rostro para verlo.

Esa era una interrogante que tenía respuesta, pero en esta ocasión no tenía un buen presentimiento. Temía que Lukyan estuviera enterado del verdadero paradero de Charlotte y no le importara; después de todo… era un Zelldre.

—Quizá se ayude a sí mismo —sugirió Domenicus con un aire de misterio, recordando que la Vigilante era la guardiana del athame de Braxas. De modo que, si ella había desaparecido, el athame volvería con la descendencia del Hasselvi.

—¿A qué te refieres?

—Es una larga historia, pero lograremos encontrarla —opinó Domenicus en tono tranquilizador, colocando su mano sobre el hombro del Vigilante—. Supongo que ya han buscado por todos lados, cualquier lugar que ella acostumbrara —dijo el Hasselvi viendo a Madaris. Este pensó un poco antes de responder.

Él no había supervisado la búsqueda personalmente, pero había puesto a hacer el trabajo a sus hombres de confianza.

—Debajo de cada piedra, sin éxito —respondió dejando ver su preocupación en el rostro.

Charlotte era como una hija para él, y lo menos que deseaba era que ella sufriera. Sin embargo, nunca pudo evitarle los dolores por las pérdidas padecidas durante toda su vida.




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