Historia Oculta - El trazo de la sangre, tomo 1

Treinta y cinco

Sin rastro.

Doterani es una ciudad oscura de apariencia medieval en la que se levantan castillos dignos de oscuros monarcas, esculpidos desde las entrañas del mismo infierno. El hogar del temido dragón negro, tierra de orcos, duendes malditos y cualquier alimaña oscura; un lugar sin duda peligroso. Atravesar sus puertas era tarea relativamente sencilla; salir de ella era imposible.

La mayoría de los valles y bosques que adornaban el oscuro paraje de la ciudad estaban malditos. El lugar más conocido de esta ciudad era el Valle de los Muertos, un cementerio inmenso donde la tierra era cobriza y ligera. Del suelo salían lenguas de fuego y rocas sólidas que marcaban la ubicación de las tumbas. Era un paraje desolado y sumamente lúgubre. Era una ciudad que había sido maldecida y oscurecida después de siglos de sacrificios y asesinatos de seres inocentes ocurridos en ella.

Domenicus Talin entró por la puerta que antes hubiera usado Lukyan Aleksei para entrar a la ciudad, la misma que en alguna ocasión usó Charlotte Ferrec. Caminaba por el medio de la plaza del ala este; el lugar lucía más aterrador de lo que lograba recordar. Era una plaza que parecía sacada de un cuento tenebroso: su suelo era de un color ocre rojizo, rodeada de magníficas y aterradoras construcciones. Las calles, traídas desde el más perverso sueño, eran de roca oscurecida que en realidad estaba cubierta por la sangre de miles de seres. La plaza o zócalo tenía en su centro un pozo que era tan antiguo como la ciudad misma; había sido una de las primeras edificaciones de los creadores del lugar.

—¿Cómo te atreves a venir a este lugar? —interrogó una Zelldre de nombre Aram Windler, de cabello blanco rizado hasta la cintura y piel rosada de aspecto extraño.

Los ojos blancos, muy grandes, y rasgos muy finos le daban la apariencia de ser una niña de seis años, con una estatura de ciento cincuenta y cinco centímetros; pese a ello, era extremadamente violenta.

—No busques pelea donde no la hay —sentenció Domenicus muy serio, deteniendo su camino sin volverse a verla.

—¡Eso no es verdad! Con que estés aquí basta —aclaró la Zelldre entre dientes, parándose detrás de él a una distancia no mayor de dos metros. Domenicus suspiró un poco para tranquilizarse, pues no quería perder el tiempo.

—¡Basta, Aram, no voy a pelear contigo! —ordenó Domenicus con firmeza, volviéndose lentamente.

—¡Demasiado tarde! —gritó lanzando un ataque a Domenicus. Las orbes que Aram lanzaba eran de plasma, capaces de congelar todo a su alrededor; la temperatura descendió a menos cien grados por lo menos, lo que mataría cualquier rastro de vida mortal.

Domenicus se defendió del ataque con una ráfaga de orbes de energía; no tenía tiempo y cada vez se sentía más desesperado. Solo dos dieron en su blanco, atrapando a Aram en una esfera de luz, como si fuera un ratón dentro de una jaula... En realidad, pocos eran rivales para el Hasselvi. Domenicus se acercó a ella con calma, sintiendo el helado viento a su alrededor.

—Dime dónde está Lukyan —ordenó el Hasselvi entre dientes. Aram no respondió; clavó sus ojos de lleno en el Hasselvi e hizo descender la temperatura por lo menos cien grados más. "Si se lo permito, me congelará", pensó Domenicus al momento que se percataba de la presencia de otro Zelldre—. Sal de ahí, Baulb Gabhala —ordenó esquivando unos rayos de fuego que había lanzado Baulb.

Domenicus se dio la vuelta para ver al Zelldre, quedando entre ambos ante un tercer rayo que iba hacia él. Domenicus la rebotó como si hubiera pegado contra un espejo; el rayo le pegó a Baulb lanzándolo casi 70 metros de donde estaba parado, cayendo pesadamente al suelo inconsciente. La rapidez con la que había vencido al Zelldre tomó por sorpresa a Aram.

—¿Cómo hiciste eso? —Aram estaba aterrada, aún encerrada en la orbe de energía. Abrió tanto los ojos que parecía que se le iban a desorbitar.

—Es uno de los poderes más codiciados —respondió la voz demoníaca detrás de ella—. Ese es su más grande poder; lo mejor es que puede utilizar tu poder en tu contra —explicó Lukyan con calma, acercándose lentamente a ellos—. Solo que le gusta jugar.

Domenicus inclinó la cabeza sacudiéndola un poco, con una sarcástica sonrisa en los labios.

—Me debes una y he venido a cobrarla —dijo Domenicus viendo a Lukyan a los ojos. Este frunció el ceño, mostrando su enojo.

—Con dejarte salir de aquí será suficiente —Lukyan se burló con una sonrisa macabra enmarcada en el rostro. Extendió su brazo señalando la puerta por donde había entrado; Domenicus se dio cuenta de que había un atisbo de tristeza en su mirada.

—La llave que pende de tu cuello… no te la entregó ella en persona… ¿verdad? —Domenicus atrajo la atención del Zelldre; por un momento, este dudó.

—Eso no te importa —respondió Lukyan dándose media vuelta para darle la espalda a Domenicus y retirarse del lugar.

—Si ella te lo dio, ¿por qué razón no te entregó esto? —dijo el Hasselvi mostrándole la daga Braxas.

Eso solo significaba una cosa: Charlotte Ferrec había muerto. Lukyan se volvió a verlo y clavó la mirada en la daga; volvió a sentir aquella vieja opresión en su pecho. Un fantasma del pasado vino a su memoria y la furia que siempre le acompañaba creció de una forma desmedida.

—¿Qué es lo que quieres? —pidió el Zelldre entre dientes, furioso al darse cuenta de que había sido engañado y, por supuesto, deseoso de cobrar venganza.




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