Historia Oculta - El trazo de la sangre, tomo 1

Treinta y seis

Destellos de un mundo distinto. Mundo Humano.

La joven citadina que había deseado ser un héroe hacía muchos años habría de alcanzar esa tarde su sueño. Después de haber abandonado sus estudios superiores y de la trágica muerte de una de sus mejores amigas, decidió que tenía algo más que hacer. Se unió al cuerpo de bomberos de su ciudad, oficio que amó desde el comienzo.

No todos los que la conocían estaban de acuerdo con esta decisión. Pero esto la hacía feliz; con empeño y trabajo duro terminó su entrenamiento como bombero. Desde el inicio se dio cuenta de que su trabajo distaba de ser fácil; sí, tenía las recompensas de los buenos días, pero también estaba marcado por el infortunio y la pena. Enfrentar a un enemigo constante hacía que se confiara, y ese podía ser un error fatal.

Esa mañana, como muchas otras, recibió una llamada de emergencia del departamento de bomberos, pese a que era su día libre. Un desastre de gran magnitud había comenzado con los primeros rayos de sol. Su historia comenzó ese fatídico día.

El ala norte de una fábrica de tela hizo explosión a la primera hora de la mañana, llevándose consigo cientos de casas completas y dejando otras destruidas más allá por la onda expansiva. Hacía apenas cuatro semanas que el dueño había decidido que, para poder mantener la fábrica a flote, era necesario hacer un recorte de personal. Entre los despedidos se encontraba un laboratorista químico, padre de tres hermosos niños. Uno de ellos con una enfermedad autoinmune, la enfermedad de Addison. Aun cuando sabían que posiblemente no había salvación para el pequeño de solo cinco años, era necesario mantenerlo bajo supervisión y tratamiento médico; no podía darse el lujo de vacacionar o tener una sola falta.

Cuando el señor Egon Sotton perdió su empleo, perdió su sustento y también su seguridad social. De este modo, tuvo que llevarse a casa a su pequeño y verlo agonizar semanas enteras. El tiempo que el pequeño estuvo en casa, su padre no se le separó ni un instante. El señor Sotton estuvo presente justo en el momento en que su hijo dejó de respirar, a la una treinta de la mañana.

Egon Sotton sintió que él mismo moría con su pequeño, así que se encerró en la cochera, que ya antes le había servido de almacén y laboratorio. Pasó los siguientes meses planeando cómo vengarse de su injusto patrón, quien aun sabiendo la necesidad que él tenía del trabajo, lo había despedido.

Una noche antes de la explosión, su súplica de venganza fue escuchada. Un pequeño niño, rubio de rostro hermoso, entró en su garaje casi sin hacer ruido. El pequeño se sentía aburrido y, aun cuando tenía planeado algo más grande que hacer ese día, pensó que una pequeña travesura lo sacaría del hastío en que se encontraba. Entonces encontró en el hombre un peón suficiente para sacarlo de su hastío; tenía la motivación y la razón para escucharlo.

Egon, al verlo, dudó de lo que el pequeño le decía, así que este le dio una muestra de lo que estaba hablando. Lo acompañó a un lote casi baldío que se encontraba a seis calles de su casa. En el lugar había escombros de construcción y unos cuantos cascajos de automóvil. Sin tocarlos, el pequeño los hizo explotar. Fue exactamente en este punto que Egon Sotton tuvo la aterradora idea de destruir una parte de la fábrica. El niño estuvo de acuerdo con su plan, pero él tenía otras intenciones, unas más perversas y oscuras.

Casi de madrugada llegaron a la fábrica. Egon había decidido que destruiría la sección sur, alejada de las casas y en donde se encontraban los transformadores de energía que alimentaban la planta. De este modo, la sección norte, donde se encontraba el comedor alimentado por un tanque cisterna de gas, estaría a salvo. Su venganza se llevaría a cabo y su patrón lo perdería todo como él lo había hecho; no debía morir nadie… solo quería ver sufrir al desalmado que le dejó sin su bebé.

Le explicó al pequeño cuál era el plan y le indicó el lugar que debía destruir; le dijo que sin matar a nadie, pues el dueño no había sabido ni un segundo lo que su hijo había padecido. Al niño le pareció mejor idea volar el tanque cisterna; el daño sería de proporciones épicas.

La explosión se logró ver a una gran distancia. El sol apenas comenzaba a iluminar cuando una luz brilló en la tierra, iluminando hasta el rincón más oscuro. Un estruendo ensordecedor y un terremoto le seguían; parecía que no habría lugar donde resguardarse. Al cabo de unos muy largos minutos, un silencio ensordecedor se apoderó de la zona; ni siquiera las llamas podían escucharse. En cuestión de segundos, una gran explosión había barrido con miles de vidas.

Cuando los bomberos llegaron, no podían creer lo que había sucedido: en donde se había encontrado la fábrica, una escuela y cientos de casas habían desaparecido. En su lugar quedaba un agujero similar al que deja un meteoro al impactarse. Las setenta y tres estaciones de bomberos tuvieron que movilizar personal a la zona de desastre: camiones cisterna, pipas y cientos de ambulancias que no se daban abasto. Bomberos, policías, ejército, supervivientes y voluntarios ayudaban para contener la catástrofe y encontrar sobrevivientes.

Casi a las cuatro de la tarde, a casi dos días de la gigantesca explosión, habían logrado apagar la mayoría de los incendios alrededor y dentro de lo poco que quedó de la fábrica. La explosión del tanque cisterna de gas de la fábrica fue tan potente por un catalizador mágico. Irónicamente, los transformadores estaban en pie y funcionando.

La joven se percató de que en una de las casas que estaban a medio destruir se encontraba una familia atrapada. Ella y tres de sus compañeros entraron en las ruinas de la casa, que antes de la explosión había sido de dos pisos con cuatro habitaciones. Durante el desastre, la familia había alcanzado a ocultarse en el sótano.




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