Historia Oculta - El trazo de la sangre, tomo 1

Treinta y siete

Rastro

Lukyan Aleksei y Domenicus Talin entraron por la puerta central a la ciudad de Amorfiss. Caminaban por un viejo parque llamado "El parque de la ilusión". Era un lugar muy grande con sauces, manzanos, robles, taurens, jazabell y pinos, entre muchos otros. Las pocas bancas que quedaban en pie se veían desgastadas por el tiempo; en algunos claros se encontraban fuentes naturales, parecidas a géiseres.

Los seres que habían habitado esa ciudad habían construido caminos de piedra, bancas y algunas estatuas que ya casi no parecían lo que habían sido en épocas pasadas; el tiempo, las guerras y alguna que otra cosa habían hecho mella en ellas. Las lámparas que seguían al camino aún servían, solo que se encendían cuando la luz del sol estaba exactamente en el horizonte, como si estuviese partido a la mitad.

Después de la última gran guerra, muchas criaturas que habían habitado esa ciudad murieron; otras se refugiaron en el resto de las ciudades del mundo mágico. Los más arriesgados huyeron al mundo mortal, así que Amorfiss se había convertido en una ciudad fantasma.

A medio camino, Lukyan se quedó parado como si algo lo hubiese detenido. Llevó su mano a su cuello y tomó la llave de un tirón, rompiendo el lazo de piel con el que estaba sujeto. Sabía que ese era un metal especial y que sería indestructible; Domenicus lo observaba con extrañeza. El Zelldre clavó su mirada en el anagrama y el cordón se quemó en cuestión de segundos; el falso metal comenzó a derretirse en su mano y a caer de esta en finas gotas.

—¡Maldición! —gruñó Lukyan, como si una parte de él deseara que la idea de que Charlotte lo había dejado fuera real. No quería que fuera verdad la posibilidad de que ella estuviera muerta.

—Sabes quién lo tiene —dijo Domenicus reanudando su camino. El Zelldre lo observó con recelo.

—Es obvio —reprochó el Zelldre molesto, siguiéndolo; pero lo que en realidad le fastidiaba era el hecho de que él no se permitía demostrar sentimiento alguno.

—Conoces bien esta ciudad, no deja de ser un lugar oscuro. ¿Dónde crees que esté? —interrogó Domenicus con calma, viendo las pocas edificaciones que aún quedaban en pie.

—¿Piensas acaso que fue uno de los míos quien lo hizo? —interrogó Lukyan entre dientes, deteniéndolo por el brazo y obligándolo a volverse.

—Creo que esto tiene un fuerte aroma a traición de ambas partes.

—Las viejas mazmorras.

El Hasselvi tuvo que esforzarse para escucharlo. El lugar al que Aleksei se refería era un sitio oculto debajo de la tierra, con una sola entrada. Desde allí podía percibirse el olor a muerte y escucharse los lamentos de cualquier ser de luz que hubiese sido torturado y muerto en el lugar. Ninguno de los dos quería imaginarse a Charlotte en un lugar como ese, mucho menos lo que pudo haberle pasado.

Las paredes del lugar habían sido ennegrecidas por el tiempo y desgastadas por el agua y el viento, haciendo que el sitio se viera más tenebroso de lo que ya era, aunado al hecho de que no había ningún tipo de vida cerca. Domenicus seguía los pasos del Zelldre con cautela. Salieron por fin del jardín; en el costado este, detrás de un muro de abedules, había unas ruinas de un viejo y oscuro castillo.

—Un palacio digno de un oscuro monarca nacido desde las entrañas del infierno y destruido hasta sus cimientos —murmuró Domenicus con un tono de voz que al Zelldre le pareció burlón.

Lukyan escuchó el comentario sin detenerse. Se dirigieron a una puerta oculta en la parte trasera del castillo. La puerta aún estaba cerrada; Lukyan lanzó una orbe de fuego fatuo que la voló en miles de astillas. Domenicus lo observó detenidamente, tratando de imaginar qué habría desatado esa demostración de furia. Bajaron por las escaleras a las mazmorras; las antorchas que aún estaban en sus postes se encendieron iluminando el lugar.

—¿Crees que siga aquí? —Domenicus se escuchaba preocupado por cómo lucía el entorno.

—No, ya no…

Fue todo lo que Lukyan respondió. Continuó caminando por un pasillo no muy largo; con su cabeza casi podía tocar los arcos del techo que adornaban la estructura. Encendiendo las antorchas a su paso, después de un rato se detuvo en seco. "Ese aroma", pensó.

—Huele a viejo —dijo para sí.

Del lado izquierdo del largo pasillo había una habitación no muy grande con una mesa de piedra en el centro. La mesa tenía la marca de un canal en su borde; Lukyan reconoció la marca en la base: era una mesa de tortura donde la sangre era recuperada por el canal y vertida directamente en los cimientos del castillo. Encendió los candelabros, entrando a la habitación y observando todo a su alrededor. Domenicus entró tras él y se acercaron a la mesa.

—¿Reconoces esto? —murmuró Domenicus colocándose en cuclillas, rozando con su dedo la marca de la mesa. Detrás de la gran pata de piedra asomaba el maneral de una daga; Domenicus lo señaló viendo el rostro del Zelldre.

—La daga Fir… la que le dejé —murmuró Lukyan acercándose. El Zelldre tomó la daga con cuidado, rozó la hoja y llevó los dedos a su nariz—. Es sangre de Charlotte.

El tono de voz de Lukyan pareció ser más bajo de lo normal, dando la impresión de que las palabras se habían ahogado en su garganta.

—¿Qué es ese aroma? —Domenicus se puso de pie. El aroma en el viento era similar al de las rosas secas.




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