Historia Oculta - El trazo de la sangre, tomo 1

Cuarenta

Descubrimiento

Domenicus Talin y Lukyan Aleksei cruzaron las puertas de Balbek casi al atardecer. La ciudad era mejor conocida como “La Ciudad de Plata”. Los edificios y calles habían sido construidos con rocas blancas extraídas de una de las siete minas de la ciudad, lo que provocaba que, al atardecer, reflejaran el sol, haciendo que un brillo color plata se lograra ver desde lejos. Un lugar claro, blanco y cómodo.

Las calles empedradas de principio a fin de la ciudad contaban con casas confortables y muy grandes; construcciones ostentosas y atípicas, agradables a la vista. En ella hay árboles de aromas deliciosos, como la jacarandá y el laurel, entre otros; la naturaleza rodeaba las casas y calles, dándole la apariencia de un vecindario citadino de cualquier ciudad del mundo.

Esta ciudad es enteramente blanca; por sus calles solo pueden transitar los clanes blancos. Cualquier oscuro que se atreviera a pisar esas calles sería asesinado sin pensar, sin siquiera interrogar el motivo por el que estaba allí. El sol estaba casi por ocultarse cuando ellos estaban en la puerta este de la ciudad que, como la mayoría de las demás ciudades ocultas, tenía solo cuatro puertas dirigidas a los distintos puntos cardinales.

Al momento en que algunos de los que habitan la ciudad se percataron de la llegada de ambos, fue como si la ciudad hubiera regresado más de doscientos siglos en el tiempo: todos los observaban con extrañeza y precaución. Nadie se atrevió a atacar debido a que Lukyan Aleksei iba acompañado de Domenicus Talin. Aun cuando las reglas de la ciudad le prohibían al Zelldre estar ahí, la protección y el respeto que le tenían a Domenicus bastaban para protegerle. El clima de la ciudad era caluroso, el cielo completamente despejado y el viento no se atrevía a correr.

—Tú conoces la ciudad, guíame —indicó Domenicus en tono irónico, señalando hacia una de las calles principales.

—Aprovecha… solo en esta ocasión seré tu radar —respondió Lukyan entre dientes, molesto. Comenzó a caminar hacia la calle central, soportando las miradas y comentarios de todos. Dentro de sí, el Zelldre sonreía, no solo por el placer de volver a aquella ciudad, sino por el odio de los Hasselvi que se enfurecían al verlo y saber que tendrían que contenerse. Secretamente deseaba que uno de ellos perdiera el control, solo uno.

Llegaron al final de la calle que daba justamente a la entrada de un muy antiguo cementerio.

—¿Dónde? —interrogó Domenicus viendo a Lukyan, que se había quedado parado frente a la puerta del cementerio, como si no quisiera entrar.

—¡Allí! —respondió el Zelldre señalando un antiguo y hermoso mausoleo de color gris concreto. Este estaba edificado en forma de octágono desde su base, con arcos en cada cara; en un segundo nivel, un octágono más reducido era adornado por una cúpula del mismo tono que sus paredes. Entró al cementerio aparentando una calma que no sentía, sin percatarse de que alguien se acercaba a ellos.

—¿Qué hace él aquí? —les interrogó una mujer de apariencia tierna y ojos marrón muy grandes. Atlética, de rasgos medios y casi doscientos centímetros de estatura. Piel blanca y cabello marrón hasta la cintura, de nombre Herne Fior.

—Está buscando a alguien —explicó Domenicus, deteniéndose a un lado de ella. Ambos observaban con calma al Zelldre.

—¿Viene contigo?

—Así es —respondió Domenicus con algo de reserva.

Lukyan abrió la puerta del mausoleo y se quedó parado en el umbral; parecía estar indeciso de continuar. Frente a él se encontraban unas escaleras que descendían un metro y medio; al final de estas, un pequeño corredor los llevaba a una plataforma flotante en forma de octágono. Los candelabros de las paredes estaban encendidos; eran de color azul, del mismo fuego de la Torre de los Dragones. La plataforma estaba rodeada de agua que se veía en tonalidades azules por la roca del suelo. En la plataforma se encontraban dos féretros de roca; el del lado izquierdo se veía más reciente que el otro.

—Lo lamento, Kadesh… no he venido por ti —susurró entrando al lugar y dirigiéndose a la tumba de la izquierda. Colocó su mano sobre la tapa de piedra y la quitó; esta se partió en dos, cayendo al otro lado.

Charlotte estaba de color azul con los labios casi negros; su cuerpo aún no estaba rígido. La habían vestido como si fuese un guerrero del clan Lumenicus.

—Te he estado buscando —murmuró Lukyan rozando el rostro de la Vigilante. Algo en su pecho llamó su atención: era un dije que ya había visto en otra persona. Se preguntó por qué lo tenía ella. Lo ocultó debajo de su mano cuando se dio cuenta de que Domenicus estaba parado en la puerta, observándolo.

—¿Cómo está? —interrogó Domenicus con cautela.

—¡Muerta! —respondió Lukyan con un tono sutil y un tanto sarcástico a una pregunta evidentemente obvia; su respuesta ocultaba su dolor.

—Si la regresas a la vida podría sufrir daños irreversibles… la pérdida de alguna habilidad o de algún sentido —reprochó Herne acercándose con calma, entendiendo el motivo que los había llevado allí.

—Debo arriesgarla —corrigió Domenicus sin quitar la vista de la tumba.

—¡Pero está mejor aquí! —respondió la Hasselvi molesta.

—Ella es mortal, sí, pero no es como los demás y por ello le temen… por ello para ustedes está mejor muerta… —gruñó Lukyan entre dientes sin dejar de ver a Charlotte, rozando su rostro con los dedos, pensando que quizá la Hasselvi tenía razón.




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