El regreso
Para cuando Lukyan Aleksei y Awen Vlaid llegaron a Hittita, ya estaba todo listo en el lugar: “El Círculo de Rocas de Fuego”. Este lugar era una colina donde había nacido un círculo de monolitos que parecían rocas de piedra roja, las cuales daban la impresión de ser llamas de fuego saliendo del suelo. En ciertas épocas del año podía verse cómo se movían, imitando una fogata. Era un punto de magia, un enlace con el reino de los muertos; muchos decían que era una conexión directa a la Llama Azul.
El césped era verde y muy suave; parecía una alfombra que cubría hasta donde la vista alcanzaba. Daban ganas de tirarse sobre él y dormir. Toda el área de esa parte de la ciudad estaba adornada con árboles gigantes de todas las especies, lagos y ríos de aguas cristalinas y heladas que bajaban desde las montañas. Todo tenía un lugar en ese sitio.
Hittita solo era una ciudad de transición de magia libre y pura, como la mayoría de las ciudades de ese mundo, pero en ella podían lograrse hechizos que se pensaban irrealizables. El paisaje de este lugar en ocasiones era completamente desolador, sin vida de ninguna especie; en otras, era tanta que la hacían inhabitable. Lo único que era permanente era la Cascada Roja, un lugar sin duda extraordinario. La caída de esta cascada era tan profunda que ni siquiera lograba verse el río al que llegaba, y desde el río no podía verse el inicio de la cascada.
La colina de las Rocas de Fuego se movía continuamente; los megalitos rotaban de lugar eventualmente, permitiendo un mejor paso de la magia. Domenicus estaba de pie a un lado de uno de estos monolitos, observando a Charlotte, que estaba recostada en el centro del círculo de rocas. Todo el lugar estaba perfectamente iluminado por el tenue atardecer.
—Bien, llegan a tiempo; el sol está comenzando a ocultarse —dijo Herne Fior acercándose a Awen con calma. En el pasado, estos dos compartieron una misma vida, pero como era de esperarse entre seres tan iguales, todo terminó en un completo desastre.
—Tanto tiempo… Fior —saludó Awen con molestia en su voz, desviando la mirada lejos del Zelldre.
—No tanto como me gustaría —le dijo la Hasselvi con un tono hostil. En algún momento del tiempo, este sentimiento que los unía era distinto.
—No vinieron a darse besitos —gruñó Lukyan furioso, parándose a un lado de ellos.
Domenicus observó a Charlotte con ternura, tratando de recordar cómo era ella, porque lucía diametralmente diferente. Ella fue blanca como las nubes de primavera, de cabello rubio dorado muy largo y lacio, de complexión mediana, con una sonrisa amable cuando reía y sus ojos de color marrón. Trató de recordar la dulce voz y, a su vez agresiva, que ella tenía, con su estatura de ciento ochenta centímetros.
Awen y Herne se pararon frente a Charlotte; no era necesario que hablaran, estaban sincronizados por el tiempo que compartieron. Awen se colocó a los pies y Herne a la cabeza de la Vigilante, tan silenciosos que hasta el más leve suspiro podría escucharse. Estaban concentrando su energía con la de los megalitos; tenían que sintonizar su magia y esencia con la del mundo de los muertos.
—¿Lista? —interrogó Awen desarrollando sus alas.
Herne asintió y comenzó a imitar los movimientos de Awen. Extendieron sus alas y cruzaron sus brazos sobre su pecho; Herne estiró su brazo izquierdo al igual que Awen, cerrando los ojos. Este sería el único “contacto” que tendrían con Charlotte. Lo que estaban haciendo no era algo tan usual como muchos pensarían; requería de mucho poder y mucha concentración. Centraron sus dones en ella; este poder les permitiría abrir una puerta al mundo de los muertos. En el caso de los Vigilantes, estos permanecían en una especie de limbo algún tiempo. Nunca entendieron por qué el Guardián de ese mundo les otorgaba ese periodo de espera, a diferencia de cualquier otro muerto. Sin embargo, era en esa especie de purgatorio donde podrían recuperarla. Devolverle la vida después requeriría de otros dones que pocos tenían.
Millones de luces de energía que se desprendían de sus manos comenzaron a brillar; eran como fuegos artificiales de color negro y blanco. Esas pequeñas luces comenzaron a unirse formando una especie de manto que cubrió a Charlotte, como si se tratara de un globo a su alrededor. La Vigilante abrió los ojos de golpe, pero aún no podía respirar.
—¡No lo logrará! —murmuró Domenicus desesperado, tratando de acercarse a ella, pero Lukyan lo tomó por el brazo para detenerlo.
Charlotte se estaba asfixiando; su cuerpo comenzó a levitar. Escenas de su vida volvieron a su mente de una manera tan fuerte y rápida que le hizo emitir un grito que parecía un alarido de dolor. El grito hizo que el manto que la cubría explotara, lanzando a Herne y a Awen contra los monolitos, estrellándolos con tal fuerza que los dejó inconscientes por unos minutos.
Charlotte Ferrec cayó pesadamente al suelo. Su piel comenzó a tomar un color cobrizo plateado muy extraño; su cabello se oscureció con luces plateadas y de color cobre; el color de sus ojos era negro con rastros plateado-cobrizos. Domenicus y Lukyan se acercaron a Charlotte. La Vigilante respiraba de un modo anormal; era obvio que algo estaba ocurriéndole. Nunca en toda su existencia habían visto algo semejante. La explosión de energía, el cambio en su piel y en sus ojos… Herne y Awen comenzaron a recuperar la consciencia; extrañados, se incorporaron y se acercaron al grupo en silencio. Charlotte estaba sufriendo convulsiones; ellos trataban de sostenerla, pero ella los superaba en fuerza.
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Editado: 19.02.2026