Historia Oculta - El trazo de la sangre, tomo 1

Cuarenta y tres

Sucesos extraños

Charlotte los había llevado inconscientemente a su hogar, quizá pensando en que, al estar entre esas paredes conocidas, todo volvería a la normalidad. Pero las cosas no sucedieron así: su vida y su propio ser habían dado un giro de 180°; nada estaba en donde recordaba y nada volvería a ser lo que ella quisiera.

Después de un rato de gritos, reclamos, golpes y algún que otro ataque mágico, cayó al suelo agotada. Se sentó en el piso tratando de no ver sus propias manos, de no ver su propia piel. Entonces el silencio reinó en su casa. Ella trataba de meter cordura en su cabeza, pero era tanto que no lograba entender. Aunque en esta ocasión, ellos tampoco lo hacían; nadie en el mundo mágico podría explicarlo.

—¡Eso es una práctica común en el mundo mágico… nunca había pasado esto! —explicaba Domenicus Talin, recargado en el muro de la gran sala en casa de Charlotte.

Trataban de entender qué es lo que había pasado con ella, debido a que ese era un proceso “normal” que en realidad no representaba riesgo alguno. Hasta ahora. Llevaban ya un par de horas discutiendo sobre lo ocurrido; Charlotte era completamente distinta a lo que recordaban, y no solo en su aspecto físico. Sospechaban que el cambio sería irreversible.

—…Debieron dejarme donde estaba —reclamó Charlotte parada frente a la ventana, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada perdida, como si hubiese llorado por largo tiempo—. ¡Ahora ni siquiera sé qué soy! —concluyó en un suspiro con nostalgia en su voz. Se escuchaba como si en cualquier momento fuese a derrumbarse en un amargo llanto—. ¡No sé qué soy!

—Esto es tan fácil como ser un Vigilante: debes averiguarlo —respondió Lukyan sentado en el sofá a espaldas de ella, tratando de sonar natural.

Sin duda, de los tres, él era el más afectado por todo aquello que guardaba en su corazón. Sabía que sus palabras sonarían bruscas; él no esperaba que ella aceptara esto de la noche a la mañana. Pero, ¿qué más podía decirle?

—Quizá para ti… ustedes nacieron así —les recordó ella con amargura, casi en silencio, observando el color gris oscuro de las nubes que cubrían el cielo—. La última vez que estuvimos juntos fue hace casi mil quinientos años y, del mismo modo que entonces, ustedes dos cambiaron mi vida.

Domenicus y Lukyan se miraron uno al otro con extrañeza.

—Las cosas son distintas…

—¿Dónde estaban sus Vigilantes? ¿Por qué nadie habló jamás? —interrumpió a Domenicus sorpresivamente.

—Yo no tenía… siempre he estado sin sombra —respondió Lukyan un tanto incómodo.

Charlotte, de un momento a otro, recordó parte de su pasado; había demasiados espacios vacíos en su memoria.

—Eso es algo en lo que jamás había reparado —respondió Domenicus meditando cada una de las palabras de Charlotte.

—Quiero que me dejen sola —pidió ella en un tono triste, volviendo lentamente la vista hacia ellos.

—No debes estar sola, tenemos que averiguar qué sucedió —le aconsejó Domenicus.

Lukyan la observaba en silencio. Quería decir algo, pero... ¿qué?

—Necesito estar sola.

—Charlotte…

—¡Largo! —gritó Charlotte, y desapareció al Zelldre junto con el Hasselvi.

Estaba demasiado furiosa para percatarse de lo que había hecho; ella simplemente había deseado que se esfumaran de su vista. Lentamente, como si apenas pudiese moverse, se volvió a la ventana. Unas gotas de lluvia comenzaban a caer sobre el jardín. Se quedó frente al cristal en silencio.

Charlotte había enviado a Lukyan y a Domenicus a Somery, una ciudad hermosa. Tan solo el estar ahí podía provocar emociones distintas en el corazón. La vida en ese lugar era tan vasta que nunca se podía estar solo. Ningún guardián de ningún clan habitaba este lugar; Somery era hogar de elfos, hadas y dragones, entre otras especies mágicas. El asunto era que ningún guardián podía desmaterializar a otro ser para enviarlo a otro lado; solo podían hacerlo si viajaban con él en el éter.

—¿Cómo demonios llegamos aquí? —interrogó Domenicus muy sorprendido, observando a su alrededor. Estaban justo en la orilla de uno de los lagos de Somery.

—Eso pregúntaselo a ella —respondió Lukyan, poniéndose de pie. Debido a que estaba sentado cuando apareció en la ciudad, había caído al suelo.

—Nadie que yo conozca puede hacer eso.

—Date cuenta… ¡Ella no es como tú o como yo! La Charlotte que amábamos murió.

—¿A qué te refieres?

Domenicus se paró frente al Zelldre en forma desafiante. Pero este nada le debía y no le temía; solo quería una respuesta.

—Nada de esto debió repetirse… la perdimos —respondió Lukyan con un tono un tanto irónico, extendiendo sus brazos en señal de derrota. Una derrota que no le agradaba, pero que debía dejar pasar—. ¡Yo la dejo! No voy a pasar por esto otra vez.

—¿De qué rayos hablas, Lukyan?

—Ella se fue, ella ya no existe… nunca más será Charlotte de nuevo.

—¡Pero sigue siendo ella!

—¡Escucha, imbécil! Hice exactamente lo que querías. Todo salió mal, y ni siquiera sé quién es ella ahora… menos estoy seguro de si debo protegerla o de si ella me protegerá… yo la dejo.




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