Pecados pagados
—¿Cuánto tiempo más vamos a seguir esperando? —interrogó Elinor Thorne, sentado en una vieja silla. Dentro de la pequeña habitación donde se encontraban no había nada de su mundo; no quedaba rastro de quiénes fueron—. ¡Ya han pasado meses! —recordó con un atisbo de esperanza en su voz, como si hubiera sido un rayo iluminando la oscura noche—. Quizá ya nos olvidaron… quizá podemos volver a nuestras vidas, o a lo que queda de ellas.
Ya lucía ojeroso, cansado, mal alimentado y muy pálido. El color miel de sus ojos había desaparecido; su piel blanca estaba cubierta por capas de polvo y sudor, lo que le hacía ver mucho más viejo de lo que en realidad era. Su cabello negro se veía grisáceo como el de un anciano y su cuerpo había perdido mucho peso; su estatura de 201 centímetros parecía haberse reducido por la forma en la que se encorvaba al caminar. No habían comido nada en meses y difícilmente habían visto el sol.
—No podremos hacerlo, ya no tenemos una vida… Lukyan no olvidará jamás —le dijo Morgana para matar cualquier esperanza que Elinor guardara. Ella se encontraba parada frente a la ventana de marco de madera que habían cubierto con un color oscuro para evitar que el mundo del que escapaban los alcanzara… al menos eso pensaban.
Ella tenía la certeza de que tarde o temprano él los encontraría, si no es que ya lo había hecho y solo estaba esperando el momento adecuado para joderlos. Pero también tenía la certeza de que podría entregarlos como premio a cualquiera de los suyos; de una u otra forma, ellos ya estaban muertos. De pronto se escucharon unos ruidos extraños fuera de la cabaña donde habían estado ocultos desde la muerte de Charlotte. Habían dormido muy poco en todo ese tiempo; cada vez estaban más paranoicos. Morgana sabía que era más larga la espera que el castigo que tarde o temprano recibirían.
—¿Qué fue eso? —Elinor susurró alterado, fijando la vista en la ventana, guardando silencio y aguzando el oído para definir qué era el ruido.
—Quizá fue un gato —respondió Morgana ocultando su temor, tratando de tranquilizar la situación.
Habían estado en esa pequeña cabaña por muchos meses; en ocasiones sentían que no sabían si era de día o de noche. No habían podido hablar con nadie; los que habían participado en tan atroz ataque simplemente habían desaparecido. Morgana Grossi se quedó en completo silencio cuando sintió una cálida brisa que rozaba su mejilla. Sabía que ya había llegado el momento de pelear por su vida, pero también sabía que no podrían ganar.
—¡Parezco, pero no soy un gato!
Dijo una voz aterradora a espaldas de la Wizdart. Su báculo estaba del otro lado de la habitación. Podía sentir cómo su sangre se helaba en cuestión de segundos; había esperado este ataque por mucho tiempo y había cometido un error de principiante. Elinor se puso de pie de un brinco tratando de alcanzar el báculo, pero no tenía ni la fuerza ni la velocidad para hacer nada.
—Ni lo pienses, niño —sentenció Awen lanzando un athame que pegó certeramente en el pecho de Elinor. El impulso lo hizo recargarse en la pared tan bruscamente como si lo hubieran estrellado; se dejó caer a causa del dolor.
Se quedó allí sentado tratando de sacar el arma de su pecho, sintiendo que sus esfuerzos eran en vano. Morgana se movió con rapidez y tomó su báculo; quizá ahora sí tendrían una oportunidad.
—Talap shilo (Hilos de plata) —gritó la Wizdart apuntando en dirección a Awen. De este salió una red de hilos de plata parecida a una telaraña que el Zelldre logró evadir con gran facilidad.
Se paró frente a ella, agitando su dedo índice para indicarle que no debió hacer eso. Con calma levantó su mano derecha; de ella salió una red idéntica a la que Morgana le había lanzado, cubriendo la punta del báculo. Ella lo observaba con los ojos tan abiertos que parecía que se iban a desorbitar; se suponía que él no podía hacer eso.
—Se llama deflexión —explicó Awen con sarcasmo—. ¿Sabes de dónde provienen tus orígenes? —interrogó el Zelldre. La Wizdart no comprendió la razón de la pregunta—. Tus antepasados eran Vigilantes que usaban el don de los malditos para viajar entre las sombras. Ansiosos de poder, robaron la magia y los secretos antiguos de los elfos. Solo traicionando y matando lograron ocupar un lugar entre los guardianes —explicó con presunción; esa era una historia que muy pocos conocían—. Por ello fueron condenados a muerte.
Morgana comenzó a apretar su báculo y la punta de este comenzó a brillar, desintegrando los hilos de plata.
—Nagerie (Energía) —murmuró Morgana lanzando una serie de orbes de energía.
Awen dio una voltereta hacia atrás tratando de evadir el ataque, pero dos esferas dieron en su pierna y en el hombro. Desplegó sus alas con rapidez y cayó al suelo como si fuese un costal. Quedó en escuadra con el rostro hacia el suelo; sus alas lo cubrían como si fueran una capa.
—Morgana… —le llamó Elinor, pero ella no escuchó.
—Llegó tu fin —dijo Morgana acercándose, pero no notó que Awen tenía una sonrisa marcada en el rostro.
—Te equivocas… es el tuyo —corrigió él lanzando una red de hilos de plata a la cabeza de Morgana seguida de una serie de ráfagas de energía que la mataron en el acto.
Awen se puso de pie con dificultad. Se acercó al cadáver de la Wizdart y del cinturón de ella extrajo una pequeña bolsa de piel que contenía el anillo de Maximus. Cerró la bolsa y la metió en su gabardina. Caminó hasta Elinor con calma; este estaba casi inconsciente, con el athame aún en su mano, sin fuerzas para defenderse. Awen tomó el arma de la mano del Vigilante. Elinor emitió un pequeño alarido mientras el Zelldre clavaba de nuevo el metal en el pecho del joven, matándolo en segundos.
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Editado: 19.02.2026