Cambios
El sentimiento de soledad, de desesperación y tristeza se estaba volviendo cada vez más abrumador; sentía dentro de sí que debía vivirlo de un modo u otro. Por momentos estallaba, y sus habilidades explotaban con ella; tuvo que buscar la manera de frenarse, de dar un paso atrás. El tiempo había pasado de una manera elástica y confusa; ya no había diferencia de horas o días, nada cambiaba. En ese aspecto, su vida no era distinta a la de antes.
Dejó de pensar en la muerte, en ese beso reparador que buscó por siglos. Dejó de pensar en el descanso y comenzó a pensar en los que habían quedado atrás, casualmente dos de los seres más poderosos de su mundo. Pensó en las razones que ellos tuvieron para traerla de regreso y en el costo que debió representar. Tomó la decisión de no dirigir un solo pensamiento a aquellos que la colocaron en esa posición en primer lugar; se enfocaría en una sola cosa.
Había aprovechado esos meses de aislamiento para conocer lo que era ahora, sus dones; no podía saber sus debilidades, pero podía descubrir más de ella misma. Debía pensar qué haría con su vida y el trabajo que tendría que hacer para descubrir qué demonios le había pasado. Cuando fue convertida en Vigilante no logró encontrar nada, salvo algo que una vez le dijo alguien:
“Los seres de poder y magia no pueden ser contenidos; en ocasiones es necesario que mueran para liberarse de aquellos que los controlan”.
No entendió a qué se refería entonces; no encontró una respuesta y nadie se lo explicó. Pero ahora comenzaba a tener sentido esa frase; solo tenía que descubrir los cómos y los porqués. Cuando salió de su sala de entrenamiento —un pequeño gimnasio que había instalado en casa—, se percató de dos cosas. La primera: la casa le parecía demasiado lúgubre, como si la tristeza en ella hubiera cobrado vida. La segunda: no estaba sola. No había nadie dentro de casa, así que supuso que el intruso estaría afuera.
Con más calma de la que sentía, se dirigió a la ventana sin correr las cortinas. Sabía que tenía razón: Lukyan Aleksei estaba parado afuera de la casa. Había estado allí desde hacía un par de horas, observando la vivienda con tranquilidad mientras comenzaba a llover como hacía tiempo que no sucedía. Parecía estar esperando algo; quizá solo trataba de recordar, quizá tenía la intención de recuperarla tal y como había sido antes. Pero tal vez sabía que no debía volver en el tiempo.
La puerta principal de la casa comenzó a abrirse; dentro, todo estaba en penumbras. Charlotte salió al pórtico y lo vio allí, sobre el jardín, permitiendo que las gotas de lluvia lo empaparan. Un atisbo de ternura se dejó ver en sus ojos, seguido rápidamente por la ira.
—Ya no soy tu sombra… eso era lo que querías. Ahora lárgate —le gritó molesta, tratando de que sus emociones no se salieran de control.
Lukyan clavó su mirada en ella, escuchando cada palabra.
—Lo sé… pero sigues siendo tú.
—¿Qué pretendes con ello?
—No lo sé… no lo sé.
—Sigo pensando que debiste dejarme partir.
—No pude hacerlo… ¡Demonios! Lo intenté, incluso cuando te encontré en ese mausoleo. Pero no pude, solo quería volver a ver tu sonrisa.
—Gracias a ello ya no soy esa mujer. Ahora soy algo que no entiendo… algo que no quiero ser.
Charlotte comenzó a acercarse a él, sintiendo cómo las gotas de lluvia comenzaban a mojarla. El agua estaba tibia para ser casi invierno; las plantas de su jardín lucían descuidadas. Todo había cambiado tanto como ella. El aspecto del lugar, incluyéndola, era completamente diferente al de la última vez que Lukyan estuvo ahí.
"Se escucha distinta, como si fueran… dos personas", pensó Lukyan observándola con calma, sintiendo una vez más cómo su corazón se alteraba con su sola presencia.
—No tengo que ser psíquica para saber qué piensas; yo tampoco reconozco mi propia voz —le dijo Charlotte con nostalgia, parándose frente a él—. No me reconozco de ninguna manera.
Lukyan no podía distinguir las lágrimas de Charlotte de las gotas de lluvia en su rostro, pero sabía que estaban allí. Tampoco podía saber cuál era el motivo real de su tristeza; quizá eran todos al mismo tiempo.
—Vine a entregarte esto —explicó Lukyan mostrándole la daga Fir y los anillos, tanto el de Maximus como el de la esmeralda roja. Fuese quien fuese ella, le pertenecían.
—Yo ya no soy tu Vigilante, no soy el enlace —reprochó ella molesta, observando los anillos con las manos ocultas en los bolsillos de su chaqueta.
—Tú eres aquel de quien Torrenz habla en sus profecías. Tú eres ese Didrak… las profecías mencionan seres de luz y oscuridad, mencionan híbridos… tú eres eso —recordó Lukyan con voz tranquila, tomando la mano de Charlotte y colocando los objetos en ella—. Esto te pertenece seas o no el enlace. Ahora estás por encima de eso… incluso por encima de los guardianes.
—¿Cómo es eso posible?
—No lo sé, nunca se lo cuestioné.
Su piel seguía siendo tan suave como él la recordaba, como había anhelado tocarla de nuevo.
—¿Por qué aún confías en mí? —quiso saber ella, clavando sus extraños ojos en el Zelldre. En su mirada no podía descubrirse emoción alguna.
—No lo hago —respondió Lukyan soltando su mano. Apretó la mandíbula y levantó el rostro para ver por encima de ella; en realidad, estaba conteniendo sus propios sentimientos—. No confío en nadie… nunca.
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Editado: 19.02.2026