Historia Oculta - El trazo de la sangre, tomo 1

Cuarenta y siete

Despedida

El tiempo había transcurrido tan rápido que parecía haber pasado en un pestañeo. La gran mayoría se había olvidado de los detalles de sus vidas; habían olvidado cosas que simplemente desaparecieron. Estaban tan distraídos con el barullo de sus obligaciones que no prestaban atención a lo importante. ¿Quién lo hace al paso del tiempo? La costumbre, y el tiempo mismo, lograban que esto pasara. Las cosas se estaban acomodando lentamente; la calma volvía con demasiada rapidez.

Los acontecimientos relacionados con Charlotte Ferrec habían conmocionado a todos. Se habían tardado un tiempo en aceptar lo que estaba sucediendo; algunos aún no se hacían a la idea de la posibilidad de que algún otro humano o Vigilante se convirtiera en un Guardián. De ser esto posible, tarde o temprano los superarían en número y entonces todo se saldría de control.

Los Vigilantes estaban reunidos en Tellmon, como de costumbre, para la asamblea general a la que Madaris Laer había convocado en el auditorio del centro de la ciudad. Todo era tan usual dentro de ese lugar, a pesar de que las cosas en el mundo mágico estaban cambiando a pasos agigantados, del mismo modo en que lo hacían en el mundo mortal. La reunión que esa noche se llevaba a cabo era de un orden tan simple que algunos de los presentes denotaban aburrimiento en sus rostros; algunos incluso estaban quedándose dormidos.

—Bien, entonces el nuevo orden quedará así —explicó Jair Omasis con calma, releyendo unas hojas que tenía en sus manos—. Estefan Mondragón, tu asignación a partir del día de hoy es del clan Darlok, Lukyan Aleksei… Aunque Charlotte Ferrec no pertenece a ningún clan, tampoco pertenece a nosotros. Pero le debemos la oportunidad de decidir; debemos permitirle a uno de los más antiguos romper las reglas y acercarse a ella… Espero que aceptes esta misión, Alexander —le dijo Jair viendo al Vigilante a los ojos.

Alexander Bradford estaba sentado en la primera fila de butacas del auditorio, justamente frente a Jair. De todos los Vigilantes, fue el único que estuvo completamente del lado de Charlotte; él no la culpaba por lo que pasó y deseaba saber qué había ocurrido. De ser posible, quería evitar que esa tragedia le ocurriera a otro. De tres postulantes para ser su sombra, él fue el elegido.

—Será un verdadero placer —respondió Alexander casi en silencio, entrelazando sus dedos sobre sus piernas.

—Gracias, Alexander… —murmuró Jair, aclarándose la garganta antes de continuar—. Bien, el nuevo Vigilante del Ainon Mink Nored es Carlos Pathon.

Charlotte Ferrec apareció en el auditorio a una altura de dos metros sobre el escenario, interrumpiendo a Omasis. Nadie podía reconocerla al principio, pero todos se alteraron por la intromisión de un Guardián en ese lugar. Estaban entre atacar, esperar o salir corriendo. Ella descendió con calma, observando los rostros de quienes alguna vez fueron sus aliados, sus enemigos y los pocos que fueron sus amigos.

—Siempre creí que Madaris Laer era el líder. Te desapareces un par de meses y todo es un desastre —dijo Charlotte con sarcasmo, viendo a Jair de reojo.

Madaris se puso de pie cautelosamente y caminó hasta ella, observándola con curiosidad. Algo familiar había en aquel extraño rostro que se dejaba ver por vez primera, pero ni siquiera su voz era la misma.

—¿Charlotte?

—Lo sé, Madaris. Ni siquiera estoy segura de ser la misma —habló calmadamente, moviéndose de un modo casi imperceptible. El silencio dentro del gran auditorio era sepulcral; ni siquiera se escuchaba respiración alguna.

—Ahora… eres un Guardián —le dijo Madaris con una amabilidad que más bien parecía pesar en su voz—. Eres uno de ellos.

—Lo sé. Lo cierto es que no tengo clan, precepto o identidad… ni siquiera una verdadera raza —dijo con calma y un atisbo de tristeza, como lo diría cualquier persona que se encontrase perdida—. Pero ya no pertenezco aquí.

Nadie se atrevía a romper el silencio. Aquel rostro dulce y violento que habían visto e incluso soportado por años había desaparecido. Ahora, frente a ellos, emergía el rostro de un ser con poderes desconocidos e incluso con un lugar dentro de ese extraño mundo. Charlotte había comenzado a sentirse un poco incómoda por las miradas extrañas de los Vigilantes. Sabía que muchos de los que nunca la habían aceptado quizá ahora la odiaran. Pero no los culpaba; ellos, aun pese a ser Vigilantes de generaciones y tener miles de años de experiencia, nunca ostentaron el poder que ella había logrado en poco tiempo; tanto que consiguió una paz temporal y el apoyo de Domenicus y Lukyan.

—Siempre dijeron que no pertenecía a este lugar —gruñó, levantando la voz de un modo que tomó por sorpresa a los allí reunidos—. Debería darles gusto ver que no se equivocaron.

—Siempre me perteneciste; siempre supe que tu destino no estaba entre nosotros —comenzó a decir Madaris Laer con tono tranquilo, atrayendo su atención—. Hay cosas que te he ocultado, y ahora sé que fue un error… cosas de tu pasado, de tu origen. No podría decirte nada más —concluyó agachando la cabeza. Charlotte lo observaba con una mezcla de furia y confusión.

—No podías decir nada…

—Tengo algo que debí darte antes de que desaparecieras —dijo Madaris metiendo su mano al bolsillo—. Esto es tuyo.

Dejó caer un dije de forma extraña que colgaba como péndulo de su mano. Ella lo observaba con detenimiento sin comprender. ¿Por qué él tenía algo así?




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