Historia Oculta - El trazo de la sangre, tomo 1

Cuarenta y ocho

El correr del tiempo.

En el mundo mortal transcurría el año dos mil y algo. Uno de los principales problemas era el calentamiento global, el avance de la tecnología médica y biológica, la economía y la globalización. El caos del mundo distraía las miradas de los mortales de los eventos del mundo mágico, pero, al igual que pasaba en el otro plano, las cosas, los seres y los humanos habían comenzado a desaparecer.

Todo ello se sumaba a la violencia, al descontento hacia los gobernantes y a los desastres naturales que no solo costaban millones de vidas, sino también fortunas necesarias para ponerse de pie. Entre la confusión de las señales de lo que se avecinaba, los profetas humanos acordaban un solo dato: el fin de los días, tal como eran conocidos, llegaría sin fecha y sin aviso.

Había un miedo generalizado: miedo a lo desconocido, a luchar, a vivir. Pocos eran los que decidían continuar con su vida sin importar lo que pasara a su alrededor, luchando por ellos, por sus familias e incluso por desconocidos. Estaban cansados, pero no por ello dejaban de intentar que su mundo fuera mejor. Esta fatiga era la razón por la que muchos perdían la fe en sí mismos, en su dios y en la humanidad.

De modo que pocos humanos estaban interesados en descubrir si había un mundo detrás del suyo; el resto prefería seguir ignorándolo, olvidando que si uno corría peligro, el otro también. Algunas ciudades mágicas habían permanecido en la Tierra por muchos años, algunas hundidas en el caos por generaciones, tantas que ya ni siquiera podían ponerse de acuerdo en cómo había iniciado todo. Algunos Vigilantes pensaban que, si llegase a descubrirse el mundo mágico, el caos reinaría por doquier, pero que al final, como siempre, la paz volvería.

Un chico en particular tenía el conocimiento de que estos mundos existían. Esta certeza había nacido en él desde pequeño, pero no tenía forma de probarlo. Aparentaba ser un poco retraído o distraído, según decía su madre. Sin embargo, él siempre estaba atento a lo que pasaba a su alrededor; con ello había logrado ver más allá de lo que la vista mortal permitía. Con mucho esfuerzo, había terminado sus estudios universitarios en una carrera distinta a la que inició: se especializó en Filosofía y Letras tras abandonar Derecho en el tercer semestre.

Ese año había hecho un viaje fuera de casa. Desde niño había querido conocer Escocia. Caminó por sus bosques y observó sus ríos, montañas y valles, dándose cuenta de que el aire allí era diferente al de la ciudad; su mundo se veía distinto desde las Tierras Altas. El viaje no era por estudio, sino por placer; su madre le había regalado el billete de avión y él había costeado el resto para una estancia de dos meses y medio.

Se detuvo cerca de un claro, con un gran bosque a sus espaldas. Todo estaba verde y florecido. Se sentó bajo uno de los grandes árboles en una tarde cálida de sol media tarde. Sacó un extraño libro de su mochila, lo abrió en una página marcada y comenzó a leer en silencio. Se sabía las líneas de memoria, pero le gustaba leerlas una y otra vez.

De pronto, algo llamó su atención: una fuerte discusión a una distancia prudente. Los protagonistas eran dos personas peculiares: un anciano que se veía decrépito y sucio, como un pordiosero, charlando con una niña de unos seis años que, por su apariencia, parecía de clase acomodada. La extrañeza de la situación le hizo prestar atención.

—Eso no pasará —decía el anciano con voz seria—. El enlace está con vida y las reglas se respetarán.

—Pero, mi señor, es necesario. Ya casi tenemos todos los objetos que nos ordenó reunir —reprochó la niña con voz infantil, haciendo un ademán gracioso—. Fácilmente podríamos vencer. Además, me lo debe; no le he dicho a nadie que se fue con Domenicus y que me dejó... sus recuerdos —dijo la niña a modo de chantaje.

El hombre se quedó de pie, viendo a la pequeña con una furia marcada en el rostro.

—¿Estás tratando de chantajearme? —interrogó el anciano, colocando su mano en el cuello de la niña. Ella se llevó sus pequeñas manos a la garganta.

William, el joven mortal, se sorprendió ante el acto. Dudó si intervenir, percatándose de que había más personas cerca, pero nadie más parecía notar la extraña escena.

—Eso nunca… mi señor —respondió la niña con dificultad—. Es solo que, tarde o temprano, ellos nos atacarán y debemos estar preparados.

El anciano la soltó, meditando. Metió sus manos bajo la gabardina, entrelazándolas a su espalda.

—Quiero que todo lo que encuentren lo lleven a mi casa en Doterani —ordenó con cautela—. Si me entero de que desobedecieron mis órdenes, lo que le pasó a Hairina será un maldito paseo en el parque.

William puso especial atención al nombre de Hairina; recordaba haberlo leído en alguna parte, pero no lograba precisar dónde.

—Pero mi señor, necesitamos defendernos —insistió la niña en tono violento. El anciano la miró con fuego en los ojos.

—Entiende muy bien esto: Torrenz se equivocó. Aquel que debía nacer de la oscuridad y de la luz ha llegado… nuestro tiempo se está acabando. Por esa razón deben hacer lo que les digo —ordenó entre dientes. Los ojos de la niña se abrieron desmesuradamente.

—Está bien, mi señor. Les haré llegar las noticias. Espero que su amigo Laer no se enoje conmigo como siempre —murmuró la pequeña, tragándose su rabia.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.