Más de lo que es
Charlotte Ferrec se encontraba en su casa; como de costumbre, trataba de indagar sobre su pasado. Revisaba su árbol genealógico, que evidentemente no le pertenecía. Se preguntaba una y otra vez qué era lo que le había sucedido y, sobre todo, por qué. En ninguno de los libros que tenía aparecía el nombre de Julián; ningún Vigilante o antiguo llevaba ese nombre.
Lo que buscaba se estaba complicando de una manera impensable. Quería regresar al Círculo de Fuego y arrancarle las respuestas con sus manos… pero eso le ganaría aún más la enemistad de los Vigilantes, y en algún punto necesitaría de ellos.
—Abuelo Saúl Ferrec, abuela Andrea Córdova, padre Cristóbal Ferrec, madre Lilia Ferrec… —leyó en voz alta.
Meditó lo sucedido con Madaris Laer, dándose cuenta de que él sabía más de lo que había dicho; pero no estaba segura de querer saberlo a través de él. Si le había mentido sobre su origen, ¿en qué más podría mentir? El Vigilante no era alguien de fiar.
—Mi madre se llama Julián, no Lilia —reprochó molesta, viendo las pinturas de la mujer que había conocido como su madre y a quien amaba. Aquella mujer que la había cuidado y protegido desde que tenía uso de razón.
Sin darse cuenta, una lágrima se deslizó por su mejilla y cayó silenciosamente sobre una pintura tamaño postal. Lucía amarillenta por el tiempo, pero estaba perfectamente cuidada. En ella se observaba a una mujer rubia, delgada, vestida con ropa clara del siglo VI, parada bajo un manzano.
—Nada en mi vida ha sido real —murmuró, lanzando las cosas de su escritorio al suelo.
Colocó sus manos sobre la madera en un intento por recuperar el control, pero la furia crecía como un remolino. En un arrebato, desapareció, llegando a la ciudad de Sidonn.
—¿Por qué siempre te encuentro cuando alguna duda asalta mi mente? —intentó sonreír Charlotte al acercarse a un Hasselvi. El viento soplaba lentamente, tratando de calmarla. A Domenicus le tomó un par de minutos reconocerla.
—¿Qué te diría tu jefe? —interrogó él con una sonrisa. Sin duda, ella nunca sería como antes; sus ojos jamás tendrían el mismo brillo de antaño.
—Bueno, hoy presenté mi renuncia —respondió ella con una sonrisa escondida—. Domenicus, tengo una duda. ¿Existe algún lugar donde se registraran los nacimientos? ¿Algún sitio donde encontrar información de los Vigilantes que no sea el Círculo de Fuego?
—No, ya no. Después de la última guerra se perdieron miles de registros y nadie volvió a formarlos —respondió él con calma.
En el rostro de Charlotte se reflejó la desesperación. Sentía que, en lugar de avanzar, había dado dos pasos atrás. El sol comenzaba a ocultarse, dibujando ráfagas carmesíes en las nubes.
—¿Cómo reconoces al hijo de alguien? —interrogó ella tras un largo silencio.
—Por una marca, como un lunar o una cicatriz, pero sin duda por la marca que se le hace al infante al nacer —respondió él en tono conciliador—. Pero esa marca solo se obtiene al nacer, no al ser convertido.
Charlotte metió la mano en su bolsillo y sacó el dije de su madre. Era muy similar al dragón plateado que tenía en su espalda. Se preguntó si esa era su marca.
—¡¿De dónde sacaste eso?! —el grito de Domenicus la desconcertó. Él señalaba el pequeño dije con una mezcla de duda y furia—. ¡Ese dije no es tuyo! No te pertenece.
—Perteneció a… mi madre biológica.
—¿Julián? —Domenicus estaba desconcertado; una chispa de esperanza y temor cruzó su rostro—. ¿Estás hablando de Julián?
—¿Sabes quién es mi madre? ¿La conoces?
—Ahora entiendo todo… tu parecido con la familia… tus ojos —balbuceó Domenicus, recargándose en la pared de piedra de la bóveda de Torrenz—. Por eso tus ojos eran de un inmortal. ¿Por qué nunca me lo dijo? —reprochó al viento, mirando al cielo oscuro.
—¡Explícate!
—Esto quizá no te guste, pero debes escucharlo. Tu madre se llamaba Julián Hawthorn… la conocí en Codam hace mucho tiempo, después de la Cuarta Gran Guerra. La ciudad había sido destruida por la lucha entre órdenes —explicó Domenicus—. Quedaban pocos en esa ciudad…
—¡Espera! Esa ciudad quedó olvidada hace muchos siglos —interrumpió Charlotte con el pulso acelerado.
—Lo sé. Pero ella no era una Vigilante; lo parecía, pero no lo era. Temo que tampoco era una Hasselvi o una Zelldre… tenía una habilidad única: podía verse como humana, incluso para los Vigilantes. —Charlotte guardó silencio, dejando que continuara—. Me dijo el nombre de sus padres, aunque nunca los conocí: Zoe Cathbad y Merrik Hawthorn.
—¿Qué pasó después?
—Me enamoré de ella. Creí que era una Zelldre capaz de sentir amor y dolor. Nuestra relación duró poco… hasta que un día desapareció, casi al final de la última guerra. Alguien me envió una nota de su fallecimiento.
—¿Murió? —murmuró Charlotte, sintiendo que toda esperanza se esfumaba. Jamás sabría de boca de su madre por qué la había abandonado—. ¿Dónde está enterrada?
—En Codam.
—Esto es complicado, Domenicus…
—Lo sé, Charlotte. No entiendo por qué no te permitió crecer con los tuyos —reprochó él con tristeza. Entonces, una duda mayor creció en su interior: ¿Sería él, realmente, su padre?
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Editado: 19.02.2026