Historia Oculta - El trazo de la sangre, tomo 1

Cincuenta y uno

Extraño

—Debo hablar contigo.

Domenicus Talin se acercaba a Madaris Laer, quien estaba sentado en el sofá de su oficina en la ciudad de Tellmon. Pese a que Madaris había prohibido la presencia de los Guardianes en ese lugar, estos hacían caso omiso; aquello le molestaba profundamente, pero sabía que no podía hacer nada al respecto.

—¡Esto se está volviendo demasiado frecuente! —murmuró Madaris intentando sonar sarcástico. Se puso de pie lentamente sin quitar la vista del Hasselvi, quien lucía una expresión casi burlona—. Toma asiento —pidió, señalando el sofá frente a su escritorio.

Domenicus esbozó una sonrisa amable y obedeció.

—Gracias por recibirme.

—¿Sucede algo, Domenicus? —se apresuró a preguntar Madaris, sentándose nuevamente.

—Tú eres quizá de los más antiguos… ¿Qué sabes de Kira? —interrogó Domenicus con una seriedad que tomó al Vigilante por sorpresa. Madaris lo observó con curiosidad, pero el rostro del guardián era una máscara impenetrable.

—Pues... que era huérfana y fue adoptada por la pareja de apellido Roel. Nunca pude saber quién era su madre biológica y, por lógica, tampoco la identidad de su padre. Su crecimiento fue completamente normal —explicó Madaris con calma, ocultando el nerviosismo en su voz. Por un segundo, se sintió descubierto.

—¿Cómo se involucró con este mundo?

A Madaris no le gustaba la falta de expresión de Domenicus. No quería relatar una historia que conocía de sobra, pero sabía que a veces es necesario medir qué tantos secretos han dejado de serlo.

—Pues creo que fue por Nicolai Didrik, el hijo de Yalen Erra —respondió el Vigilante casi sin pensar, repitiendo un diálogo que había ensayado mil veces en su mente esperando este día—. Tú estuviste allí.

—¿Yalen tuvo un hijo? —Domenicus comprendió entonces que el joven Wizdart que había muerto aquel fatídico día era el hijo de una de sus mejores amigas, la misma que buscó su destrucción después del evento.

—Así es. Tuvo varios, pero se alejó de su familia… Nicolai nació el mismo día y año que Kira —respondió Madaris, fingiendo un pesar que estaba lejos de sentir.

"¿Cómo sabe él en qué día nació ella si era huérfana?", pensó Domenicus. Había demasiados secretos alrededor de esa mujer y parecía que Madaris Laer estaba involucrado en todos. Sin duda, eso la hacía más peligrosa de lo que siempre creyó.

—¿Eso es todo lo que sabes? —cuestionó Domenicus con un tono que resultó agresivo.

Madaris respiró ruidosamente para calmarse. Meditó su respuesta y, tras un par de minutos, fingió encontrar un recuerdo.

—Pues… hubo un incidente cuando ella tenía siete años —dijo poniéndose de pie, jugueteando con sus manos.

—¿Qué sucedió?

Madaris caminó hasta el otro lado de su escritorio y se recargó en él, observando el entorno antes de hablar.

—Era una niña muy inquieta. Un día golpeó a un compañero por defender a otra niña; cuando la estaban reprendiendo en la dirección de la escuela, simplemente desapareció. Cuando sus padres la encontraron, casi un año después, estaba a 50,000 kilómetros del lugar. La maestra fue encarcelada, culpada por la desaparición y posible muerte de Kira. Aun cuando la niña la defendió al regresar, nadie quiso escucharla. Al final se comprobó su inocencia.

—¿Dónde la encontraron cuando desapareció? —interrogó Domenicus con suspicacia.

—En Argentina, en la Tierra del Fuego.

—Ella nunca fue humana —murmuró Domenicus, atrayendo la atención de Madaris. Eso solo lo sabían unos pocos—. Inconscientemente, siempre buscó volver a su mundo.

—¿A qué te refieres? —interrogó Madaris, sorprendido. El silencio solo era roto por el silbido de las aves fuera de la ventana abierta.

—Su madre era Julián… una Zelldre a quien conocí.

Madaris reaccionó como si quisiera que el Hasselvi guardara silencio de inmediato; no era la reacción de alguien sorprendido por la noticia, sino de alguien que temía que se supiera.

—¿Cómo es que tú sabes eso? —interrogó Madaris molesto. Domenicus no pudo descifrar si la furia era porque él conocía a la madre de Kira o porque la llamaba Zelldre.

—Julián fue alguien importante para mí.

—¡Ella era humana! —insistió Madaris.

—No. Algo le hicieron. Por alguna razón su madre nunca me lo dijo y se vio forzada a dejarla. Lo que tengo que descubrir es el porqué —respondió Domenicus furioso, clavando su mirada en el Vigilante.

Madaris sintió un repentino vértigo.

—Eso es todo lo que sé —murmuró conmocionado. Se suponía que nadie debía saber que Kira era hija de Julián y de Domenicus. Nadie—. No puedo decirte más.

—Espero que así sea —sentenció Domenicus. El desprecio en su mirada era evidente.

—¿Qué has querido decir con eso?

—Por tu bien, espero que no me estés mintiendo.

Domenicus apoyó sus puños sobre el escritorio, acercándose violentamente al rostro del Vigilante. Madaris sintió un vuelco en su interior; el miedo le embargaba.




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