El caos detrás del mundo
—Tenemos que adelantar los planes —decía Zardok caminando de un extremo a otro de la habitación del castillo negro; estaba furioso y sabía que había perdido una batalla, sin tan siquiera pelear.
—¿A causa de qué? —le interrogó una mujer de piel morena, con el cabello castaño largo y rizado, perfectamente peinado. De ojos grandes, que mostraban una gran miseria, con una estatura de 190 centímetros, que se encontraba con él.
—¡Lukyan ha regresado y no está solo! —gritó Zardok con furia, volviéndose a verla. La mujer, que estaba sentada en un gran trono que había pertenecido a un rey del mundo mortal, clavó su mirada en el Zelldre sin comprender muy bien sus palabras. Se había quedado el tiempo suficiente para ver lo que sucedió después que se "marchó".
—¿Es la mujer de quien Torrenz habló quien lo acompaña? —interrogó la Wizdart con calma, pues sabía que Zardok podía ser en ocasiones en extremo volátil; sabía también que era de su enemigo de quien hablaba.
—Así es, esa maldita apareció por fin —respondió él entre dientes; el brillo de sus ojos blancos era cada vez más intenso. Clavó su mirada en un extraño espejo que estaba detrás de uno de los pilares de la gran habitación, adornada con banderas que pertenecieron a distintos países del mundo mortal.
—Torrenz nos dio la victoria, ¿Qué es lo que te preocupa? —interrogó ella con tranquilidad, cruzando las piernas debajo del extraño vestido victoriano que llevaba puesto.
Sí, pero dijo que nos costaría caro y que dependía de ella —aclaró Zardok clavando su mirada en la de ella.
Ese castillo se encontraba en una vieja ciudad llamada Thenet; era un lugar de magia oscura, el digno hogar de un dragón tan siniestro como sus tierras. Era un lugar en el que la vida había terminado hacía mucho tiempo, había quedado como una de las ciudades olvidadas del mundo mágico, pero también era refugio de los que habían sido desterrados y de aquellos que eran perseguidos.
La mujer era amante del pasado humano, pues decía que era en este donde se encontraban las debilidades de los humanos. Y sería en este donde encontraría el arma para destruirlos. Él repudiaba el gusto que ella tenía por lo mortal, pero no por destruirlo.
—¿Aún tienes el libro de Torrenz? —La sutileza en las palabras de la Wizdart le provocó un mal temporal; le hacían sentir desesperación e incluso asco. Siempre deseó el poder de esa raza, pero jamás lo tendría.
—No, Leyna; lo tiene la hija de Lawrence —respondió con desilusión parándose frente a ella.
—¿Hablas de Anette? ¿Aún tienes influencia sobre ella? —interrogó Leyna Erra, una Wizdart que en su tiempo había sido muy poderosa, pero que ahora vivía oculta de la faz del mundo. Por su ambición de querer controlar ambos mundos fue exiliada, y se refugió en la ciudad olvidada en la que ahora gobernaba. Solo los más viejos o los que han muerto conocían esa triste historia.
—Sí.
—Debes traerla a Thenet y asegurarte de que traerá consigo ese bello libro.
—¿Estás segura? —interrogó Zardok fingiendo sutileza; estaba molesto porque él no había pensado en ello.
—Por supuesto, tenemos una sola oportunidad para ganar y no la voy a desperdiciar.
—¿Estás segura de que eso te servirá de algo?
—Sí, claro que sí. Es la única forma en que podré conocer a mi enemigo.
Zardok Torbal estaba sumamente molesto; él hacía el trabajo sucio y ella se llevaría todo el premio.
—Bien, como pidas —respondió Zardok desapareciendo del lugar.
—¡Ya es tiempo de que los mundos conozcan mi poder y se unan a mí o perezcan! —sentenció ella con una sonrisa macabra, tomando con su mano la espada de Almedan que Zardok Torbal le había entregado.
"Siempre estamos preparados para lo que creemos merecer, pero no aceptamos lo que tenemos."
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Editado: 19.02.2026