Historia Oculta - El trazo de la sangre, tomo 1

Cincuenta y cinco

De un mundo distinto

La similitud es aparente entre ambos mundos, sin duda era que se están desmoronando día a día. Aunque las razones son distintas. En ambos encontramos personas luchando para que el mundo fuese mejor, dando lo mejor de sí o simplemente haciendo lo que se debe hacer. Encontramos a los seres más temibles; sin ellos no podríamos demostrar nuestra valía. Pero los separa una gigantesca diferencia: ambos mundos morirán, paulatinamente. Quizá ambos destruidos por quienes deberían protegerlos. Sin embargo, el mundo mágico viviría muchísimos milenios después de que los mortales desaparezcan.

Gregor Dulac era uno de los pocos humanos mortales que creía en la existencia de un mundo distinto, pero fuera de este universo. Le gustaba pensar en la posibilidad de vida en el espacio. Pero ese era un secreto que solo su mejor amigo, William Cooper, conocía. Ellos tenían tantos años de convivencia que eran más que amigos; se habían convertido en esa clase de amigos que se pueden llamar hermanos.

La historia de Gregor Dulac era corta y sumamente trágica. Había crecido cerca de la riviera francesa; había sido criado por su abuelo, Joan Dulac. Sus padres murieron cuando él tenía solo dos años de vida, una tarde lluviosa. Regresaban de una reunión con sus amigos. El camino estaba oscuro, la lluvia no dejaba ver muy bien.

Franco Dulac no logró ver a los autos que se acercaban a toda velocidad; unos jóvenes que habían estado bebiendo jugaban carreras. El Mercedes azul de la familia Dulac se impactó de frente con un deportivo blanco. El chico que manejaba sobrevivió. Mari, la madre de Gregor, murió en el lugar; su padre la vio morir sin poder hacer nada por ella. Él murió rumbo al hospital. Así que el único pariente cercano era el abuelo, quien no había visto a su hijo en esos largos años.

Lo llevó consigo a otro país, a otro hogar. Gregor nunca fue una persona común; él siempre, o la mayor parte del tiempo, tenía visiones. Visiones de un futuro cercano o lejano. Dependiendo de su estado de ánimo, según decía Joan. Ambos preferían tener en secreto el don de Gregor, por seguridad. No le temían a las visiones, sino a la reacción del mundo ante ello. Este se había enamorado pocas veces en su vida, quizá solo dos o tres veces. Pero la mayor parte de su vida estuvo solo.

Su abuelo sabía que el destino de su nieto estaba fuera de su alcance. Si incluso lograba vivir para ver en qué se convertiría, dudaba que tuviera que ver con los humanos. Esta fue la razón por la que Franco se había alejado de su padre; Joan no dejaba de contarle sobre la existencia de un mundo mágico. Le reveló el verdadero origen de la familia Dulac, el verdadero apellido de ellos.

Pero era demasiado para Franco; él solo quería ser un joven normal. Jamás le reveló a su padre que él también tenía visiones del futuro; decidió que sería un secreto que moriría con él. Joan, después de perder a su único hijo, decidió que no le diría nada a Gregor; no lo atormentaría con el peso de su ascendencia. Decidió no revelarle que no pertenecía a la humanidad, y que era por esta razón, posiblemente, que su camino sería más solitario de lo que todos podrían imaginar.

Joan moriría con un secreto impresionante, un secreto que redefiniría la vida de Gregor Dulac. Mientras Gregor crecía al lado de su abuelo, vivió feliz. Nada le hacía falta; su abuelo era capaz de hacerlo sonreír en sus momentos de dolor. Y sin duda tenía la respuesta para cada una de sus dudas.

Unos días antes del cumpleaños trece de Gregor, su abuelo decidió que doblaría turno en la fábrica de metales en la que trabajaba. Quería completar el dinero para el regalo del niño, así que salió casi a la 1:00 a.m. La fábrica no quedaba muy lejos de su casa, por lo que se le hizo bueno caminar con el único propósito de despejarse y refrescarse un poco. Ese día había cobrado su sueldo semanal, que no rebasaba más de cuatrocientos francos.

No se percató de que alguien lo seguía, no vio venir al joven detrás de él cuando sintió el cuchillo en su cuello. Tampoco vio a la joven, de la que incluso ni la policía supo; no la vio salir detrás del puesto de periódicos. Ella portaba un arma de fuego. Joan Dulac no se resistió al asalto, pero de todas maneras lo apuñalaron siete veces. Para asegurarse de que había muerto, le dispararon cinco veces. Nadie pudo explicarse la saña del homicidio; nadie encontró jamás al joven del que sospecharon perpetró tan brutal crimen.

Gregor dormía en el momento de la muerte de su abuelo, de este modo creyó que lo que en ese momento estaba viendo tan solo era un sueño aterrador. La policía llegó a su casa casi tres horas después del asalto; él aún estaba adormilado cuando escuchó la noticia. Su mundo se había desmoronado en cuestión de minutos. Se vio por primera vez completamente solo; la única persona a la que amaba y cuidaba había muerto.

Con el paso del tiempo descubrió que su abuelo no lo había desamparado; le había dejado un legado monetario lo suficientemente grande para que pudiera estudiar una carrera. Pero no el suficiente para vivir; de este modo supo que su abuelo había visto lo que sucedería. Joan sabía que esa noche terminaría su vida, y por ello previo todo. Sabía que lo dejaría solo, pero esperaba haberle enseñado bien para que pudiera afrontar su destino.

Gregor era un hombre callado, silencioso. Solo se abría con las personas de su entera confianza; no le era difícil creer en las palabras de William sobre la existencia de otros mundos. Pero sí dudaba de la existencia de la magia. El tiempo que William se encontraba de viaje, él se dedicó a aprender otras cosas, como lenguas antiguas. Idiomas que en tiempos pasados el ser humano habló, y de los que ahora solo quedan vestigios de todo lo que fue.




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