Sombras en el mundo
Las sombras del mundo guardan los secretos más terribles y antiguos; solo aquellos que están fuera del tiempo y del espacio son los afortunados conocedores de estos. Son estos secretos los que cuentan las aventuras y la vida de seres que están más allá de la imaginación humana; quizá sean la respuesta a las interrogantes del mundo, aquellas en las que se cuestionan la naturaleza humana, la fe y la vida misma.
Pero estas sombras no es lo único que resguardan; también protegen a seres tan terribles que podrían terminar con la vida del mundo si así les placiera, del mismo modo que existen seres tan sublimes que podrían protegerlo si fuera el caso. Sin embargo, las cosas que pasan sobre las sombras del mundo no son cosas que le atañen a nadie...
En alguna calle de una ciudad humana del mundo mortal, caminaba un pequeño de apariencia cautelosa y rostro bello —sin duda un rostro del pasado, de una antigua tragedia—acompañado de su fiel compañero: un perro de apariencia tosca, de pelaje gris con canas blancas que le daban la apariencia de estar sucio, y ojos de un color negro intenso con un halo amarillo a su alrededor.
—Obsérvalos... todos están tan inmersos en sí mismos que no se percatan de lo que le está ocurriendo a su propio mundo. Tan preocupados por sus cosas vanas que no se dan cuenta de que van a desaparecer... ¡Me dan asco! —decía el pequeño con su voz infantil, dirigiéndose al perro que lo acompañaba mientras observaba a la gente que caminaba por las calles y conducía sus carros, inmersos en sus propios problemas, sin importarles lo que pasase alrededor.
—¿Qué esperaba? Si ni siquiera se han percatado de dónde vienen —interrogó el perro, volviendo su cabeza hacia el pequeño y clavando sus enormes ojos negros en los ojos color almendra del niño.
—¿No me digas que estás sintiendo lástima por ellos? —El pequeño colocó su mano en el lomo del perro para acariciarlo sutilmente.
—Eso nunca. Es solo que es difícil pensar que todos estos pertenecieron a un mundo distinto —detuvo su marcha al momento de responderle.
El pequeño se paró a un lado de él sin quitar su mano del lomo del animal; este se sentó sobre sus cuartos traseros moviendo lentamente la cola, como cualquier animal que se siente feliz al lado de su amo.
—Ninguno de ellos, sin excepción, merece vivir. Ninguno merece ser perdonado —sentenció el pequeño señalando a la gente que caminaba entre ellos.
Las personas lo observaban con cautela y una ternura reflejada en la mirada, pues el pequeño era hermoso y de apariencia noble. Sin embargo, su historia era tan oscura que incluso aquellos que la conocían le temían. Tenía la apariencia de un niño de diez años, con una dulce mirada que estaba muy lejos de ser lo que aparentaba.
—¿Has pensado qué es lo que hará una vez que todo esto termine? —interrogó el perro, acercando su hocico al rostro del pequeño y lamiéndolo con dulzura.
—Quizá sea tiempo de ir a otro mundo, de llevar el caos y la destrucción a otros parajes… La verdad es que este ya no me divierte tanto como antaño —respondió el pequeño haciendo un ademán para señalar la ciudad, con una sonrisa macabra en su bello rostro.
—¿Qué harás con este lugar? —insistió el perro, recargando su hocico en el estómago del pequeño.
—Cuando todo termine, este lugar estará sembrado de cadáveres por doquier. El aroma del viento será de muerte y la inmundicia se habrá apoderado de este mundo... Será todo un paraíso. —El niño volvió a ver a una familia que pasaba por la otra acera, observando cautelosamente a los padres. El perro se percató de esto y sacudió un poco la cabeza.
—¿Acaso los extraña?
El pequeño clavó su vista en los ojos negros del animal y sonrió.
—Nunca he sido más feliz; excepto cuando la hora oscura cayó sobre ellos. Ese bello y alegre día en que terminaron sus vidas ha sido el mejor que he tenido —respondió con una sonrisa macabra, tomando la cabeza del perro entre sus manos.
—Eres único —respondió el perro esbozando una mueca que parecía una sonrisa aterradora. Los ojos del niño se llenaron de una furia infinita —. No es a ese tipo de "único" al que me refiero —aclaró el perro con calma. El niño suspiró ruidosa y trató de tranquilizarse mientras acariciaba la cabeza de su fiel amigo.
—Me hubiera gustado estar ahí para apoyarte.
—Hubiera sido divertido, amigo —respondió el pequeño soltándolo —. Por ahora, hay algo que aún debemos hacer.
Reanudó su marcha y el perro lo siguió en cuatro patas. Este fiel compañero, al igual que el pequeño, cargaba con una historia oscura y triste. Caminaron por un par de calles hasta llegar a una edificación colonial de tres pisos, de color café ocre, con ventanales de madera oscura y barandales de balcón hechos de forja negra. En las paredes superiores, las lámparas en forma de dragón iluminaban las calles.
En las cuatro esquinas del edificio se encontraban cuatro gárgolas —dos leones y dos caballos—encargadas de evitar que el mal penetrara. Las puertas eran de madera oscura con adornos en color oro y manijas en forma de león. Sobre ellas, un letrero decía: "El otro mundo". Dentro se encontraba una especie de museo al que solo unos cuantos tenían acceso.
El pequeño buscó en sus bolsillos una llave especial; sacó una pieza extraña y la metió en la cerradura. Con esfuerzo abrió la puerta pesada, cuyas bisagras rechinaron con un ruido lastimoso, como el quejido de un animal moribundo.
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Editado: 19.02.2026