Padre
Domenicus Talin, tal como lo había prometido, viajó a un lugar del mundo mágico que era, a la vez, hermoso y aterrador; un sitio que parecía estar en tensa calma casi todo el tiempo. Pero en realidad, esto era solo apariencia, pues allí las cosas funcionaban de un modo tan armonioso que, en ocasiones, daba miedo.
Llegó a una especie de jardín de dimensiones inmensas que más bien parecía un pequeño bosque. En el centro se encontraba una gran fuente de ciento setenta metros de diámetro, con una torre labrada con imágenes de dragones, unicornios, elfos y muchas criaturas mágicas que se creían extintas. El agua que brotaba de la torre provenía de un manantial tan antiguo como el tiempo mismo.
Este lugar se encontraba en el corazón del Bosque de los Murmullos. En él se podían escuchar conversaciones casi en secreto; eran los ecos de las criaturas que alguna vez habían gobernado tanto el mundo mágico como el mortal.
Se detuvo cerca de la gran fuente, observando el agua cristalina que reflejaba mil colores en su interior. En silencio, Domenicus desplegó sus alas y se colocó en escuadra, apoyando una de sus manos sobre el fino césped de color amarillo rojizo.
—¡Padre! —llamó con tranquilidad, clavando su mirada en el suelo.
—Sé a qué has venido, Domenicus Talin —respondió una voz extraña que sonaba como mil voces al mismo tiempo. Era un sonido difícil de descifrar, que solo lograba entender quien estaba listo para escuchar.
—¿Por qué lo permitieron? —interrogó Domenicus, levantando un poco la cabeza para intentar verlo—. Ella es… mi hija.
—No puedo salvarla de su propio destino —dijo Ydati, extendiendo un brazo vaporoso con calma.
—¿Por qué la ocultaron? Ustedes nos crearon con un propósito —suplicó el Hasselvi, sacudiendo la cabeza con frustración.
—Hijo mío, el más valiente… aquel que controla su destino. Tu hija tiene un propósito que será revelado a su tiempo. Es ella quien debe encontrar sus propias respuestas —respondió Ydati con un tono de ternura que Domenicus percibió como una reserva dolorosa.
La apariencia de Ydati era la de un cuerpo vaporoso de un gris azulado, en el cual solo se distinguían unos ojos de un azul marino muy intenso. Aquel ser era el padre de los guerreros blancos, de sangre pura o no; todos los descendientes eran sus hijos, incluyendo a los hijos adoptivos o "convertidos", como en algún punto lo fue Lukyan Aleksei.
—¿Por qué permitiste que esto fuera así? —La tristeza de Domenicus era palpable. Lentamente, se puso de pie.
—Sé que somos sus padres… pero hace mucho tiempo decidimos dejar que decidieran por sí mismos —dijo Ydati, en lo que parecía una disculpa silenciosa.
—Dejaron que culpara y castigara a un inocente… Dejaron que Kadesh muriera. Dejaron que Zardok se llevara a sus hijos y que Jena muriera. Dejaron a mi hija sola, una hija que ustedes mismos ocultaron —reprochó Domenicus, dejando que la ira fluyera en cada palabra.
—No queríamos que sufrieras… pero desde el inicio decidimos no intervenir, hijo mío —explicó Ydati con sutileza, lamentando el dolor de uno de sus hijos más amados.
—Alguien que no debe tiene la espada de Almedan —advirtió Domenicus en un murmullo cargado de peligro.
—Lo sé… pero debe ser ella la que encuentre una solución a todo esto, mi amado hijo —respondió Ydati, mientras su forma se desvanecía en el viento como una nube que se dispersa en el cielo.
—¡Eres de gran ayuda, padre! —exclamó Domenicus con sarcasmo amargo.
Ydati le había respondido, aunque no era lo que él quería escuchar. Con un nudo en la garganta y una ira que le estrujaba el corazón, Domenicus comprendió que estaba solo en esto. Su único pensamiento ahora era que debía ayudar a su hija, aunque no tuviera la menor idea de por dónde comenzar.
"Cuando el camino es incierto… no te atreves a seguir adelante, tan solo porque todo parece ir peor."
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Editado: 19.02.2026