Historia Oculta - El trazo de la sangre, tomo 1

Sesenta y cinco

El susurro del elfo azul.

Domenicus Talin se encontraba a la orilla del Lago de las Almas. Era el lago más antiguo del mundo mágico y alrededor de él se contaba una leyenda, pero solo unos cuantos conocían los verdaderos hechos. Sin duda era un lugar tan hermoso que, al mirarlo, dejaba una sensación de nostalgia en el corazón.

La verdadera historia de ese lago se remontaba a los primeros años del mundo. Un elfo, el más hermoso de todos, pero no el primero, se había enamorado de una de las hijas de la Hada Roja; un amor que estaba condenado por su naturaleza. El temor a la mezcla de razas era lo que lo prohibía.

Contra todo y contra todos, ellos continuaron con su romance clandestino. La hija del Hada Roja era la más hermosa de ellas y, sobre todo, la más amada por los seres que en el planeta existían. Pero, como en toda historia trágica, hubo alguien que se opuso sobre todas las cosas: la hermana del elfo.

Ella diseñó todo un plan para desaparecer a la Hada. Ese lago, antes de serlo, había sido un gran valle. Pero una de las frías noches del año, una pelea entre razas en la que se involucraba a la Hada y al elfo —la primera de la que se tenía dato—había dejado muchos muertos. Tantos, que fue necesario que los padres mágicos intervinieran. Así que, para honrar a los caídos que habían sido convencidos de pelear por una causa injusta, se habían enterrado los cuerpos en el valle.

La tristeza y la decepción en el mundo podían sentirse incluso en el aire. Para que no se olvidara, una tormenta que duró días y noches inundó el gran valle, atrapando en el lago la esencia, el sufrimiento y el dolor causado por aquella pelea. Quedaron atrapados aquellos perversos sentimientos que los separaban y el alma de aquellos amantes que murieron esa terrible noche. Con el tiempo, la leyenda fue transformándose y, en algunos casos, olvidándose.

El agua del Lago de las Almas era sumamente cristalina y mucho más fresca que la de cualquier otro lugar. Los árboles eran verdes, frondosos y muy altos; las aves cantaban por doquier y había animales en cualquier rincón. Era un lugar lleno de vida al cual a Domenicus le gustaba escaparse para pensar, y en esta ocasión tenía demasiadas cosas en la mente.

—¿Cómo puedo ayudarla? —se decía Domenicus parado a la orilla del lago, una y otra vez—. Esto no debería estar pasando —murmuraba, sin entender las razones de Padre y Madre para haber hecho lo que hicieron.

—¿Los Guardianes siempre hablan solos?

Le interrogó una voz un tanto extraña; parecía ser un susurro muy grueso.

—Mi viejo amigo, Kenja —suspiró Domenicus volviéndose a verlo con una triste sonrisa en el rostro—. El famoso elfo azul —concluyó con lo que al elfo le pareció una burla.

—Favor que me haces.

El elfo, de doscientos centímetros de estatura, tenía la piel azulada y el cabello negro y largo hasta la cintura. Sus rasgos eran finos y hermosos, de cuerpo atlético y orejas puntiagudas. Cargaba consigo su arco, una vieja espada y las dos dagas que sabía utilizar con extremada rapidez.

—¿Cuánto tiempo, Domenicus Talin?

Kenja se paró frente a él, poniendo su mano en el hombro del Hasselvi.

—Creo que demasiado —dijo Domenicus con algo de nostalgia en su voz. Se había alejado de sus amigos más queridos desde la muerte de Kadesh.

—¿Qué es lo que aflige tu corazón?

Interrogó el elfo viendo a los ojos de Domenicus. Este lo observaba con algo de extrañeza; el motivo era que no lo había visto en siglos y Kenja le demostraba que seguía siendo importante para él. Simplemente, Domenicus se había olvidado de detalles como ese hacia su persona.

—Mi hija —respondió Domenicus unos segundos después. En su voz podía escucharse su preocupación.

—¿Tu hija?

Le pareció que, en tanto tiempo de conocerlo, todo era posible; aun así, era una noticia que todo el mundo mágico sabría pronto.

—¿Te aflige ella o su futuro?

—Siento que voy a perderla y apenas la he encontrado —dijo el Hasselvi con un nudo en la garganta, sintiéndose incapaz de contarle toda la historia.

—Creo que todo tiene un propósito. Quizás ella llegó a ti para que no estés más solo —dijo el elfo atrayendo la atención del Hasselvi—. Creo que está bien que temas, que estés cerca de ella y la guíes… después de todo, eres su padre.

Aunque el elfo trataba de confortarlo, Domenicus no se sentía así.

—No temo por ella… pero sí de lo que sea capaz de hacer algún día —corrigió Domenicus con tristeza, sabiendo que ella era una de las más fuertes, quizá incluso más que su propia raza.

—Te conozco, mi viejo amigo, desde hace tanto, que estoy seguro de que si ella es tu hija, hará lo correcto aun cuando creas que ha perdido el camino.

—Con la desesperación de mi corazón, quisiera creerlo.

—No te aflijas, los Rosseliu no permitirán que uno de sus hermanos se pierda —dijo el elfo con una sutil sonrisa.

—Ellos hace siglos que desaparecieron, abandonaron este mundo a su suerte...

Reprochó Domenicus volviéndose a ver al lago, sintiendo una infinita ira hacia estos seres que los habían dejado solos cuando lo peor de la guerra supuestamente había pasado.




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