Historia Oculta - El trazo de la sangre, tomo 1

Sesenta y seis

Avaricum

Un Rosseliu, descendiente de una raza especial y de tierras extremadamente lejanas, caminaba por las calles abandonadas de Avaricum. Esa ciudad había perdido su vida casi setenta mil años atrás, sin que nadie supiera cómo las ciudades habían comenzado a desvanecerse en las tinieblas. Nadie se había percatado de ello; nadie se había preocupado por lo que estaba sucediendo.

Todos los habitantes se habían refugiado en otras urbes. Algunos habían desaparecido con la ciudad; criaturas que ahora solo se veían en los sueños de aquellos que les conocieron.

Avaricum aún estaba rodeada por sus inmensas paredes blancas, aunque las puertas habían sido derribadas. En el aire avanzaba la neblina, recorriendo las calles y lo que quedaba de las construcciones. Los árboles habían perdido su vida; ahora solo eran ramas secas que se levantaban desde el suelo al cielo como manos de bruja vieja. La ciudad lucía tan tenebrosa que era difícil creer que, en algún tiempo, había sido hermosa, llena de vida y, sobre todo, de luz.

En la parte más alejada de Avaricum, aún sobrevivía un pequeño vestigio de vida. Un bosque protegido por una magia tan antigua y poderosa que no permitió que se perdiera en el olvido. Esto tenía una sola razón de ser.

—¿Cómo la traeré de regreso? —se interrogaba una y otra vez el Rosseliu, viéndose muy inquieto. Aquellas calles se habían convertido en su hogar desde hacía más de mil quinientos años.

—Para poder traerla de regreso, debes dejarla caer primero… y para ello aún falta mucho tiempo.

Dijo una voz, atrayendo la atención del hombre. Este se detuvo en seco a las afueras del bosque.

—No permitiré que eso pase —sentenció él sumamente molesto—. Lo que está por venir puede evitarse.

—Colt, sé que ella desciende de ti, pero también sé que no debes interrumpir el curso de su vida… de una u otra forma pasará y no podrás evitarlo. Todo será peor si lo haces.

Advirtió la mujer con tranquilidad, parándose frente a él. Colt observaba detenidamente a Almedan Nordy.

—Déjame hacerte una pregunta —dijo Colt, mirándola a los hermosos ojos grises.

—Eres libre de hacerlo.

—¿Cómo sabré cuándo es el momento? —interrogó Colt en un murmullo, rascando su cuello con las manos—. ¿Quién me lo hará saber?

Sin duda era una interrogante justa, pero ni ella tenía la respuesta.

—Colt Hawthorn… sólo lo sabrás.

La tranquilidad de la mujer lo exasperaba. Colt Hawthorn era muy diferente a otros híbridos: de piel rosada y rasgos amables, con su cabello castaño y ojos azules, parecía más humano que Didrak, a pesar de su estatura de 199 centímetros y su cuerpo robusto y atlético.

—Solo sé paciente —concluyó ella con amabilidad, clavando sus ojos en él.

—¿Por qué razón, de todos los Hasselvis, Zelldres, Jakzen, Wizdart, Didrak y Vigilantes, soy el único que sabe a dónde nos llevará esto? —reprochó él molesto, frunciendo el ceño—. No puedo entender por qué he sido marcado de este modo.

—Porque fuiste el guardián del Corazón Sombrío por todos esos siglos —respondió Almedan con cautela, tratando de explicar los acontecimientos que él bien conocía.

—Pero fracasé cuando dejé que Julián viviera —reprochó Colt con un grito cargado de nostalgia, recordando el duro momento que había vivido.

—Debiste dejar que el Corazón Sombrío se perdiera de nuevo, y este es tu castigo —respondió Almedan con seriedad. En ocasiones le veía tan triste que deseaba que lo dejaran en libertad—. Todos tenemos un destino, y este es el tuyo.

—¡No! Mi castigo fue no estar con Anette y Merrik, mi esposa y mi hijo —reprochó con la voz quebrada—. Fui confinado a muchos lugares con dos guardianes inmortales. Eso no es un destino, eso es un castigo.

—Bien sabes que este mundo tiene sus propias reglas —sentenció Almedan, tratando de no perder la calma—. Reglas de magia que han prevalecido sobre todo y todos. Sin importar qué, se cumplirán. Pero las que nos rigen a nosotros… esas son inevitables, mi querido Hasselvi, o si prefieres, Rosseliu.

—Pero el Corazón está a salvo —reprochó Colt con la voz ahogada. Ya antes había tenido conversaciones exactamente como esa con sus guardianes.

—Pero la espada Almedan no. Y eso es un daño colateral de lo sucedido —dijo ella, viéndolo con dulzura—. Y bien sabes qué es lo que pasará.

—Sé lo que pasará mejor que nadie, Almedan Nordy… porque tú y Row Aimus lo hicieron posible. Gracias a ustedes sentenciaron a ambos mundos con esas estúpidas armas.

Reprochó en un grito. Ella lo observaba un tanto sorprendida y herida por sus palabras. Pero sabía que su queja era genuina y que ya nada podía hacer. La forma en que esas armas surgieron fue una buena solución en su momento, pero cayeron en las manos equivocadas.

Se quedaron en silencio por un largo tiempo. Almedan ya se había acostumbrado a esas conversaciones con él; siempre las mismas preguntas y siempre las mismas respuestas. Pero sin duda, nunca pensó en que él le pudiera hacer ver una verdad tan dolorosa.

Dejó que Colt Hawthorn se tranquilizara antes de acompañarlo de regreso a casa.




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