Un espíritu antiguo
—No sé qué es lo que va a pasar con ella —decía Domenicus Talin a su amigo Raxus Deiotarus.
Ellos se habían reunido en Djabeil, en la casa de Raxus. Era una vivienda pequeña y confortable de color azul cielo, con ventanas grandes y decoración sencilla. Tenía la apariencia de haber sido construida con las grandes piedras negras características de esa ciudad. Todo en el lugar estaba perfectamente ordenado; podían apreciarse pinturas de los ancestros de Raxus, piezas que él había coleccionado y apreciado a lo largo de su vida.
—¿Crees que es demasiado para que el futuro de dos mundos recaiga en los hombros de los Didrak? —interrogó Domenicus confuso, clavando su vista en la taza de madera que tenía entre las manos.
—Fueron creados con un destino. Así como un día esa responsabilidad fue nuestra, ahora es de ellos —aclaró Raxus en tono conciliador, aunque temía que el futuro de ambos mundos no llegara al siguiente amanecer.
—Renovación —murmuró Domenicus, dejando la taza en el brazo del sillón.
—Creo que es evolución —corrigió Raxus con calma.
—Sé dónde pueden encontrar lo que buscan.
La voz de un hombre en el balcón de la sala interrumpió la charla. Ambos guardaron silencio, pensando si lo que habían escuchado no era simplemente el viento que, en otras ocasiones, les había orientado.
—Mi nombre es Row Aimus —se presentó el desconocido con calma, apareciendo en la ventana para que pudieran verlo.
—¿Por qué confiar en un Darlok? —dijo Raxus tomando su cayado y poniéndose de pie para acercarse a él, sin reparar todavía en el peso de aquel nombre.
—¡He venido en son de paz! Esto debe ser controlado… no sé si se han percatado de ello, pero las peleas son cada vez más frecuentes entre miembros de los mismos clanes, y solo una cosa puede detenerlos —comenzó a explicar Row—. Ahora son Zelldres matando Zelldres, Hasselvis matando Hasselvis. Tenemos que intervenir.
Las palabras de Row resonaron en la pequeña habitación como un trueno en medio de la noche. Raxus hizo un ademán cediéndole el paso y el recién llegado entró con cautela. Row explicó la razón de su presencia y el plan que tenía para recuperar el orden, aun cuando este era demasiado arriesgado y no tenían la seguridad de que funcionaría.
—¿Por qué un antiguo regresa de su tumba para esto? —interrogó Domenicus en tono despectivo. Raxus se volvió a verlo; Domenicus había hecho la pregunta que él no se atrevía a formular.
—Porque esto también es responsabilidad de los antiguos… vivos o muertos —respondió el Zelldre con una voz baja que reflejaba nostalgia.
—Mencionaste que había algo que los detendría. ¿Qué es eso?
La interrogante de Domenicus logró un silencio exasperante entre ellos, hasta que al fin Row se atrevió a hablar.
—Debemos crear un balance. Eso solo se lograría despertándolas.
—Eso es una locura —murmuró Raxus, pensando en la idea de que esas armas volvieran a la vida.
—Los Didrak tienen la fuerza para controlarlas, lo he visto. Solo ellos son aptos para usarlas —explicó Row ante la negativa de los otros—. Sé que una de ellas está perdida, pero también tengo indicios de dónde encontrarla. ¿Quieren ayudar o no?
—Yo iré contigo… —accedió Raxus tras unos minutos de meditación—. Si algo pasa conmigo, deberás decirle a Domenicus; sé que él sabrá qué hacer.
—No creo que debas ir —sentenció Domenicus con preocupación.
—Escucha bien, viejo amigo. Odio admitirlo, pero él tiene razón… tú debes cuidar a tu hija —aclaró Raxus en tono tranquilizador, ocultando el temor que sentía en su corazón.
Domenicus lo observó en silencio. Sentía que quizá esa era la última vez que vería a su amigo; una extraña sensación de nostalgia lo abordó.
—¿Adónde iremos? —interrogó el Wizdart volviéndose hacia Row.
—A una ciudad en Alemania, en el mundo mortal —explicó Row con tranquilidad.
—Ahora sabrás dónde empezar a buscar si no sabes de nosotros —añadió Raxus, colocando su mano sobre el hombro del Hasselvi.
Domenicus se mordió el labio inferior, tal como acostumbraba hacer cuando temía cometer un error.
—Lo haré —aseguró.
Raxus soltó a su amigo y lo observó por un momento, como si quisiera grabar su rostro en la memoria. Luego se paró al lado del Zelldre y, colocando su mano sobre el hombro de este, desapareció con él. De alguna manera, la súplica interna de Domenicus había sido escuchada al enviar a Row Aimus a aquel encuentro.
“Debes tener cerca a tus amigos, pero aún más cerca a tus enemigos.”
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Editado: 19.02.2026