Historia Oculta - El trazo de la sangre, tomo 1

Setenta

En algún lugar del mundo humano

El Zelldre Row Aimus y el Wizdart Raxus Deiotarus por fin habían llegado al mundo mortal. Era casi la medianoche; la ciudad estaba iluminada por los faros de las calles y el cielo era tan claro que podían apreciarse hasta las estrellas más lejanas. El viento soplaba suave y mortalmente helado, pues el invierno se había instalado desde hacía un par de noches.

Estaban a unas tres calles de la Puerta de Brandeburgo, en Alemania. Se detuvieron frente a un edificio de dos pisos de construcción antigua que parecía ser un museo o una oficina; pasaría desapercibido ante cualquier curioso. Sus paredes eran de color café, gastadas por el tiempo, y sus ventanas estaban adornadas por balcones de herrería. En las esquinas, dos estatuas griegas muy antiguas vigilaban el entorno.

Las ventanas estaban cubiertas por dentro con pintura negra y las ventanillas del sótano selladas con cortinas de metal. Todo el lugar estaba vigilado por cámaras de alta tecnología y sensores diseñados especialmente para detectar magia, rodeado a su vez de guardias encubiertos. Era demasiada seguridad para no albergar nada “importante” dentro de sus paredes.

—Escucha bien, Raxus. Sé que es difícil confiar en un Zelldre al que no conoces… pero desde la desaparición del Corazón Sombrío, hay humanos que han descubierto nuestro mundo y no forman parte de los Vigilantes. Están hambrientos de poder y harían cualquier cosa por capturarnos —explicó Row con calma, vigilando a los hombres que patrullaban—. Han logrado detectar la magia real.

Raxus se veía realmente sorprendido, encontrando similitudes entre eventos del pasado y los actuales.

—¿Es por esta razón que me necesitas? —interrogó Raxus confuso.

—Así es —respondió Row fingiendo desinterés—. ¿Ves ese edificio? Tienen sensores de magia. Una vez dentro, tendremos solo tres minutos para sacar lo que estamos buscando.

—¡Espera un segundo! Estoy confiando mi vida en un Zelldre… ¿Cómo es que tú sabes todo esto?

—Conozco a muchos mortales. Ellos saben algo… pero nunca te diré quién.

La respuesta evasiva le pareció poco común en un Zelldre, pero Raxus no tuvo tiempo de replicar.

—Espero no arrepentirme de esto —murmuró apretando su cayado—. ¿Qué buscamos?

—Una habitación en el cuarto sótano. Allí hay una cámara con muchos mapas del mundo mágico, pero existe uno con el número 3733. Necesito que lo saques. Tiene un campo invisible; no lograrás sacarlo con un hechizo, para eso estoy aquí.

—Bien… vamos —murmuró Raxus.

—Hazlo —apremió el Zelldre.

—Lisvernoc letbenres —Invisibles como el viento debemos ser —dijo el Wizdart golpeando el suelo con su cayado.

Entraron al edificio y avanzaron con cautela por el pasillo izquierdo hasta el elevador. Una vez dentro, la alarma comenzó a sonar: los sensores de magia funcionaban. El hechizo de invisibilidad se rompió por la interferencia tecnológica. Solo tenían tres minutos.

—Ahora es tu turno —dijo Raxus al ver que eran visibles.

Row tomó a Raxus por el brazo y lo hizo desaparecer con él. Reaparecieron en una habitación de paredes gris acero y una puerta pesada, similar a la de un submarino. En una vitrina de cristal se encontraban mapas enrollados, sucios y antiguos. Parecía un laboratorio por todo el equipo técnico que los rodeaba.

—Raxus, intenta localizarlo —indicó Row.

Raxus extendió su mano frente al vidrio, sin tocarlo. Recorrió los estantes, pero frunció el ceño.

—No puedo sentir nada.

Raxus estaba atónito; nunca había experimentado un bloqueo igual. Row Aimus colocó su mano en el hombro del Wizdart para "apoyarlo".

—Intenta ahora.

Raxus sintió de pronto una magia más poderosa que la suya propia fluyendo a través de él.

—Lo encontré.

El Wizdart señaló uno de los mapas más antiguos. Row, con un simple toque, hizo que el cristal pareciera romperse en mil pedazos invisibles, tomó el mapa y el vidrio volvió a armarse al instante. Justo cuando un grupo de humanos armados entraba en la habitación, Row tomó a Raxus por la ropa.

—Gracias —dijo Row con una sonrisa macabra antes de desaparecer.

Reaparecieron afuera, ocultos en las sombras. Los humanos salieron con aparatos extraños intentando localizarlos, pero ya era tarde.

—Debo hacer algo para que ellos no lleguen a nuestro mundo —dijo Raxus casi en silencio. Row asintió.

El Wizdart levantó su cayado apuntando hacia el edificio.

—Geletmi yelivur sumeriny aratuscon edlones retnes —Que el tiempo y el olvido cubran sus memorias y aparten su corazón de lo que no les pertenece.

Una burbuja de color indefinido cubrió el edificio, desapareciéndolo de la vista del mundo. En su lugar solo quedó un lote baldío, como si jamás hubiera existido construcción alguna. Row observó con respeto el poder de Raxus y, poniendo su mano en su hombro, lo llevó a Potsdam, sobre un puente cerca de una tienda de té.

—Creo que sabrás qué hacer con eso —dijo el Zelldre entregándole el mapa.




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