Vida
Gregor Dulac estaba parado frente al puente vehicular del centro, justo el que había cruzado durante su corta vida, desde los tres años cuando quedó en custodia de su abuelo, porque sus padres murieron en un trágico accidente. Caminaba parsimoniosamente deteniéndose cuando llegó a la mitad del puente, tenía demasiado en mente para continuar.
Se recargó en la barrera de concreto, a la orilla del puente. Observando el agua que corría debajo de él, lucía como lo recordaba, un tanto frío y brilloso. Contempló los árboles, contempló las cosas a su alrededor, el paso de los autos por el puente. El paso de la gente que, ignorante de un mundo ajeno a ellos, seguía su camino. Observaba todo con detenimiento, como si deseara imprimir una copia perfecta en su memoria.
Sin darse cuenta el paso de los minutos se hicieron horas, vio como nunca antes un atardecer. Pensaba en todo lo que había ocurrido en su vida y en lo que había dejado de pasar, en todo lo que había evitado y sobre todo lo que había anhelado a lo largo de esta. Sentía como si ya no perteneciera a todo el caos de la ciudad, le parecía que la vida ya le era de por sí extraña, para lo que ahora le había pasado.
—Nunca el mundo será igual —pensó con nostalgia, viendo el agua correr y pensando en su niñez, cuando se sentaba sobre aquella misma barda y pescaba en ese río. En compañía de su abuelo, esbozó una sutil sonrisa pensando en que su abuelo, el rey negro, habría sido feliz con aquella situación.
Se quedó ahí casi hasta el anochecer, sin sentir frío o temor alguno.
Mientras tanto, Wayat Preston llegaba a su casa, que era una construcción sencilla de dos pisos, con un pequeño pórtico y un jardín con rosales que crecían debajo de la ventana, de marco verde que combinaba perfectamente con el color ocre de la casa.
Sin importar que su familia tuviese la solvencia económica que muchos anhelarían, había decidido que nunca demostraría eso. Separó la puerta, tomó la manija abriéndola lentamente; la puerta hizo un pequeño rechinido al abrirse. Entró en silencio, encontrando a su hija y a su mujer sentadas en el comedor.
Las observaba con detenimiento, tratando de dejar atrás todo lo que había visto hacía un par de horas. Su vida por mucho había sido demasiado fácil, desde su nacimiento hasta el de su hija. Se acercó a ellas y le dio un beso en la frente a su hija y besó los labios de su mujer tiernamente, sonrió y se sentó a un lado de ella.
Las observó en silencio, mientras que Laura, su mujer, ayudaba a su pequeña Christine. Sonreía cuando la pequeña lo miraba, escuchándola cómo repetía los números que su madre estaba enseñándole. Una sensación de nostalgia y tranquilidad comenzaron a abordarlo. Sin poder evitarlo, una lágrima casi imperceptible se deslizó de su ojo hasta la comisura de su labio.
—¿Todo está bien amor? —interrogó su esposa con ternura, viéndole a los ojos.
—Ahora estoy… mejor que nunca —respondió tomando la mano de ella y con una tierna sonrisa en el rostro.
Wayat supo en ese mismo instante que no podría olvidar lo sucedido y que ahora pertenecía a un mundo que estaba fuera de la comprensión humana.
"La vida cambia a pasos agigantados, sin previo aviso, sin que lo busquemos, sin que lo queramos, lo hace de la forma más dura."
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Editado: 19.02.2026