Historias 99% reales

El tiempo que Anita me dio.

I. La playa de Anita

Hay lugares que dejan de existir mucho antes de que desaparezcan.

La playa de Anita sigue junto al río. El agua sigue corriendo igual que entonces, las piedras siguen ahí, y siguen esperando a que alguien las lance.

Lo que falta es Anita. Y Anita lo era todo.

La conocí cuando el bosque todavía era su casa, cuando vivía junto a varios otros perros que eran su familia. Ellos no tenían un dueño, tenían un territorio: conocían cada sendero mucho antes de que yo aprendiera a recorrerlos, sabían dónde el río era poco profundo, dónde el barro podía tragarse una bota entera, qué árboles daban sombra durante todo el verano, y qué lugares era mejor evitar cuando caía la noche.

Yo era el visitante. Ellos eran los dueños.

Cada tarde tomaba el mismo camino, y bastaba con acercarme al bosque para que empezaran a aparecer, primero uno y después otro, hasta que en cuestión de segundos ya venían todos corriendo a mi encuentro. Cada uno llegaba a su manera: algunos saltaban, otros se adelantaban unos metros y volvían, y había días en que parecían competir por ver quién llegaba primero. Aquello era, sin duda, mi momento favorito en el mundo.

Después de los saludos y la comida, comenzábamos a caminar. Nos adentrábamos al bosque, ellos libres, entrando y saliendo entre los árboles como si los senderos les pertenecieran desde siempre, mientras yo solo intentaba seguirles el paso. Al cabo de unos minutos el grupo empezaba a dispersarse: Morocha encontraba algún olor interesante, Lady desaparecía entre los árboles, Bonnie decidía que cualquier otra cosa era más entretenida que acompañarme. Y así todos.

Menos Anita.

Ella seguía conmigo, como si supiera exactamente hacia dónde íbamos. Nunca iba pegada a mis piernas — caminaba unos metros adelante, se detenía, me miraba, esperaba a que la alcanzara, y volvía a seguir. Como si quisiera asegurarse de que no me perdiera en un bosque que, para ella, era simplemente su casa.

El sendero terminaba abriéndose en una pequeña orilla donde el agua perdía fuerza antes de seguir río abajo. No era una playa, al menos no de las que aparecen en las postales. Era apenas un rincón de arena y piedras redondas que el río llevaba años puliendo. Pero para mí siempre fue la playa de Anita, porque una vez que llegábamos, ese lugar era completamente suyo.

Cuando estaba ahí nunca tenía apuro por volver. No miraba la hora. No hacía falta. Estando con Anita corriendo entre las piedras y el río pasando frente a nosotros, siempre me parecía que todavía quedaba tiempo. Mucho tiempo. Todo el que necesitáramos.

II. Las piedras de Anita

Yo me agachaba y buscaba una piedra. No cualquiera: las muy pequeñas no servían, las demasiado grandes cansaban el brazo muy rápido. Las redondas viajaban mejor. Había que escogerlas con cuidado.

Cuando encontraba una buena, la lanzaba lo más lejos que podía. Anita salía disparada, aunque nunca entendí qué esperaba encontrar, porque la piedra desaparecía bajo el agua mucho antes de que ella llegara. Pero eso no parecía importarle. Corría igual, entraba al río, olfateaba donde había caído, miraba el agua durante unos segundos, y volvía hacia mí con la misma felicidad con la que había salido. Entonces buscaba otra piedra, y todo volvía a empezar.

Podíamos pasar la tarde entera así: yo lanzando piedras, ella corriendo detrás de algo que nunca iba a encontrar, el río llevándose las horas sin hacer mucho ruido.

A veces me preguntaba qué veía Anita en ese juego. La piedra no volvía. Nunca volvía. Y, sin embargo, cada vez que yo levantaba la mano, ella esperaba, como si todavía creyera que aquella podía ser la buena.

Pensaba que aquel era su juego favorito. Hoy ya no estoy tan seguro. Creo que el juego era para mí — que ella solo quería hacer que mi mundo se detuviera un rato. Porque mientras estaba ahí, buscando piedras para Anita, no había nada más que hacer. No había apuro. No había teléfono. No había cosas pendientes. Solo el río, las piedras, y ella.

Nunca pensé que algún día extrañaría tanto esos días. Ni que llegaría un momento en que daría cualquier cosa por volver ahí: con el brazo cansado, los pantalones mojados, las manos llenas de tierra, Anita esperando la siguiente, y nuestro mundo siendo exactamente del tamaño de ese río.

Uno comete muchos errores con quienes ama.

III. Los ojos de Anita

Recuerdo especialmente una tarde. No porque pareciera distinta, sino porque todo parecía demasiado igual: el río bajaba tranquilo, no hacía frío ni calor, no soplaba viento. Era uno de esos días en que hasta el bosque parecía respirar despacio.

Como siempre, caminamos hasta la playa. Lancé una piedra, después otra, después otra más. Nada fuera de lo normal. Anita corría, entraba al agua y regresaba; yo buscaba otra piedra; ella esperaba. Todo seguía el mismo ritmo de siempre.

En algún momento me senté sobre una roca. Anita se quedó frente a mí. No estaba jadeando, no pedía otra piedra. Solo me miraba.

Yo también la miré.

Sus ojos eran de ese color imposible de describir — no eran claros, más bien oscuros, pero tenían una manera muy extraña de reflejar la luz que se colaba entre las ramas. Parecían guardar pequeños destellos dentro. Recuerdo haber pensado que eran dos pequeños luceros, que en ellos se podía ver todo un universo. Una tontería. Pero fue exactamente eso lo que pensé.

Ella no apartó la mirada. Yo tampoco. No sé cuánto tiempo estuvimos así — tal vez unos segundos, tal vez un minuto, tal vez mucho más.

Lo único que recuerdo es que, en algún momento, sonreí. Después bajé la cabeza, tomé otra piedra, y volví a lanzarla al río.

Seguimos jugando. Piedra, carrera, agua, regreso. Piedra, carrera, agua, regreso.

No pensé en volver. No pensé en la hora, ni en el trabajo del día siguiente, ni en mi casa, ni en el teléfono que llevaba guardado en el bolsillo. No pensé en nada. Y, curiosamente, tampoco sentí que estuviera olvidando algo. Simplemente, todo lo demás dejó de existir.



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En el texto hay: gatos, perros, rio

Editado: 14.08.2026

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