Historias Con Pesar

“Beauty”

Los tiempos han cambiado. Las personas también. Sus ideas, sus banderas de aceptación.Todo parece moverse hacia adelante...Todo, menos los estándares de belleza.

Seguían ahí, intactos, como una vitrina polvorienta que nadie se atreve a romper: altas, delgadas, con cabelleras perfectas y cuerpos diseñados para ser mostrados, no habitados.Ese era el molde. El único permitido. El que decide quién merece ser mirada, quién puede pertenecer.

Y qué triste —qué cruel— para las que no encajamos. Para las que no cabían en ese molde ni con hambre ni con culpa. Para las que, como ella, libraban una guerra silenciosa contra su propio cuerpo, intentar torcerlo, esconderlo, corregirlo, no solo para sobrevivir antes los ojos de una sociedad de tiburones flacos, si no también a su madre.

A veces se preguntaba qué dolía más:

si los comentarios y las miradas ajenas cargadas de juicios disfrazado de consejo o los comentarios de su madre que vienen con voz dulce pero que cortaban como cuchillo en mano.

Esa mañana, se paró enfrente en el espejo con la esperanza— ingenua y también terca-— de que tal vez esa mañana sería distinta, o eso quiso creer muy en el fondo. Pero ahí estaba ella, con la curva de su vientre que no cedía, los muslos que se rozaban sin poder evitarse.

No era odio lo que sentía realmente o quizás si, era algo más sutil, más cruel; la certeza de no encajar y tal vez nunca a hacerlo.

El espejo no tenía piedad, le devolvía una imagen que conocía demasiado bien, demasiado para su gusto.

— ¿Por qué no puedo ser otra?— se preguntó con frustración al colapso del llanto.

Emma ya estaba cansada de su cuerpo. Había intentado de todo para cambiarlo: dietas extremas, horas en el gimnasio, incluso dejar de comer durante días. Pero nada parecía funcionar. Su metabolismo era como una muralla infranqueable, su cuerpo una batalla constante. Nada podía con su "obesidad", como decía su madre, sin filtro ni consuelo.

En su clase, todas las chicas eran delgadas, con figuras que parecían sacadas de una revista. Emma era la única distinta. No podía evitar sentirse fuera de lugar cada vez que notaba las miradas juzgonas de sus compañeras, o las risas mal disimuladas de los chicos.

—Si no haces algo, vas a terminar con alguien como Emma.

—¿Ya la viste? Parece que subió otro kilo más. ¿Cómo lo hace para engordar tan rápido?

—Pobre del que termine con ella...

Cada día era una herida nueva. El único respiro en medio de esa tormenta era Peter. O al menos, así lo sentía ella. Él era el único que, de vez en cuando, le sonreía sin burla, sin lástima. El único que la miraba como si fuera una persona más. O eso quería creer.

Peter era su luz en medio de tanta oscuridad.

Y sin darse cuenta, Emma empezó a amarlo.

A la distancia, en silencio. Pero amar, al fin y al cabo. ¿No?.

Hasta que un día, cansada de esconder lo que sentía, decidió reunir el valor para confesarle su amor. Se arregló con esmero, como si ese gesto pudiera protegerla del miedo. Le escribió una carta, torpe pero sincera, donde volcó todo lo que llevaba guardado. Tal vez él sentiría lo mismo. Tal vez no. Pero al menos, pensaba, podrían seguir siendo amigos. Esa ilusión le bastaba para ignorar las miradas, los cuchicheos, las risas.

Al final de clases, lo vio solo, esperando en la entrada de la secundaria. El corazón le latía con fuerza. Las manos le temblaban. Pero caminó hacia él.

Se detuvo a unos pasos, observándolo, buscando las palabras. No hizo falta. Peter se giró al sentir su presencia. Al verla, se sobresaltó, pero luego le sonrió. O al menos, eso quiso creer Emma.

—Hola, Matt —dijo, intentando que su voz no temblara.

—Ah... —él miró a ambos lados, incómodo—. Hola...

—Emma —aclaró ella, con una sonrisa tímida.

—Sí, hola, Emma —respondió él, rascándose el cuello.

Ella lo miró en silencio, con el corazón en la garganta. ¿Sería capaz de darle la carta? ¿Y si se reía? ¿Y si decía que no?.

—¿Puedo ayudarte en algo? —preguntó él, con una amabilidad distante.

—No... solo... —dudó. El silencio se alargó. Entonces, sin pensarlo más, le extendió la carta, empujándola contra su pecho. Peter apenas tuvo tiempo de reaccionar.

En ese momento, escuchó unas risas a lo lejos. Voces conocidas. Burlonas. El miedo la envolvió como una ola. Y sin decir una palabra más, Emma dio media vuelta y echó a correr, con las mejillas ardiendo y el corazón acelerado.

Pasaron dos días sin noticias. Emma no sabía si Peter había leído la carta, si la había tirado, si la había guardado. En el fondo, aún albergaba una chispa de esperanza. Tal vez estaba procesando. Tal vez no sabía cómo responder. Quiso pensar ella , aunque en el fondo pensaba que no.

Era jueves. En la cafetería, el murmullo habitual flotaba entre las mesas. Emma se sentó sola, como siempre, con su bandeja casi intacta. No tenía hambre, pero fingía comer para no llamar la atención.

Entonces, lo escuchó.

—¡Ey, escuchen esto! —gritó alguien, a buscar quiera era, vio uno de los amigos de Matt, subido a una silla con una hoja arrugada en la mano—. "Querido Peter, desde que te vi supe que eras diferente..."

Emma se congeló. Reconoció esas palabras. Su carta.

Las risas comenzaron como un murmullo, pero pronto se convirtieron en carcajadas. Cada palabra que él leía era una daga. Cada frase, una exposición. Cada risa, un eco de su peor miedo.

—"Eres mi luz en la oscuridad..." —continuó el chico, fingiendo una voz aguda—. ¡Qué cursi! ¡Y encima de parte de la ballena!

Más risas. Más miradas. Más cuchicheos.

Emma buscó a Peter. Estaba en una esquina, con su grupo. No decía nada. Pero tampoco se iba. Y cuando sus ojos se cruzaron, él sonrió. No con ternura. Con burla.

—¿Mi amigo contigo? —dijo, alzando la voz el mismo chico que había leído la carta —. ¡Jamás! ¿Están locos? ¡Ni aunque fuera el último ser humano en la Tierra!— se reía —¿Verdad Matt?— le preguntó y ella solo pudo mirar cómo asentía él.




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