Historias de la segunda casa de salud

Wong

Wong

Wong era una anciana asiática. Al principio, cada vez que pasaba por su lado y la saludaba, ella me clavaba una mirada seria, casi enojada. Yo seguía de largo pensando para mis adentros: «¡Bueno, la próxima no te saludo más!».

Pero, como bien dicen, la gota horada la piedra. Continué saludándola día tras día y, luego de un tiempo, su expresión empezó a ablandarse hasta regalarme una sonrisa. Finalmente, llegó el día en que me dedicó unas palabras en su propia lengua —vaya uno a saber cuál era—. A partir de ahí, cada vez que me veía, me tomaba la mano con ternura y se la llevaba a la frente. Era su forma sagrada de demostrarme afecto sin necesidad de palabras.

Wong parecía tener una gran camaradería con la mayoría de las señoras de la clínica. Aunque obviamente no compartían un idioma común, se comunicaban a través del lenguaje del corazón. Y, por lo que vi, no precisaban nada más.




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