Una noche lluviosa, María se encontraba en una de sus tantas alucinaciones después de haber tomado la medicación para combatir su fuerte ansiedad. El agua golpeaba contra la ventana con un ritmo constante, casi hipnótico, y la habitación olía a humedad y a esa mezcla amarga de pastillas y lágrimas secas.
La muerte de su hermano Mario a manos de la delincuencia la había dejado sumida en aquel agujero negro del que no veía salida. Desde entonces, las noches se habían convertido en una ruleta rusa entre el silencio absoluto y las visitas que solo ella podía ver.
Muchas veces lo encontraba acostado a su lado en la misma cama, contándole historias absurdas que la hacían sonreír a pesar de todo. Él le hablaba con esa voz tranquila de siempre, como si nada hubiera pasado. Pero cuando los efectos del calmante empezaban a desvanecerse, Mario también se iba con ellos. Solo quedaban el dolor, el vacío y la certeza de que, al abrir los ojos, la cama estaría otra vez fría.
Aquella noche, sin embargo, era diferente. María no tenía alucinaciones de él dentro de su cuarto. Cerraba los ojos y lo veía acostado en el suelo del parque donde había muerto. La imagen era nítida, casi brutal: la misma ropa, el mismo rostro pálido, la lluvia cayendo sobre su cuerpo inmóvil. Lo sentía tan real que, por un momento, creyó estar allí, de rodillas junto a él, con el asfalto frío bajo las rodillas y el olor a tierra mojada llenándole la garganta.
Tenía el celular en una mano y el frasco de medicación en la otra. Empezó a deslizar el dedo por la galería de fotos y videos. Aparecían los dos riendo en la playa, Mario haciendo muecas frente a la cámara, abrazos que ahora dolían solo de mirarlos. Sin pensarlo demasiado, abrió el frasco y tomó más pastillas de las que debía. El amargo se le pegó a la lengua mientras las lágrimas le empañaban la pantalla. Siguió llorando en silencio hasta que el cuerpo empezó a pesarle y el mundo se volvió borroso.
Estaba en esa frontera espesa entre el sueño y la vigilia, casi rendida, cuando notó que el celular vibraba contra su pecho. El sonido del tono le resultó lejano, como si viniera de otra habitación. Se incorporó a duras penas, sin mirar siquiera quién llamaba, y contestó.
Lo que escuchó la dejó muda.
—María… soy yo. Ayúdame.
Se sobresaltó. Se frotó los ojos con fuerza, convencida de que era otra alucinación más. Pero cuando bajó la mirada hacia la pantalla, el número y la foto de su hermano estaban ahí, claros, imposibles de negar.
—María, sálvame. Por favor. Te necesito, hermanita…
La voz volvió a sonar, más urgente esta vez, casi rota. María abrió la boca para responder, pero en ese mismo instante la llamada se cortó. El silencio que quedó después fue más pesado que cualquier grito.
María se quedó mirando la pantalla en negro durante varios segundos, con el corazón todavía golpeándole el pecho. Supuso que todo había sido un sueño o, peor aún, otra de esas alucinaciones tan vívidas que le dejaba la medicación. El silencio de la habitación se sentía espeso, casi sólido. Solo se escuchaba la lluvia golpeando la ventana y el leve zumbido de sus propios oídos.
Con dedos torpes, todavía entumecidos por el efecto de las pastillas, tomó el teléfono y marcó de vuelta el número.
La espera fue corta.
—El número que usted marcó no existe —dijo una voz robótica, fría, impersonal.
María sintió que algo se le retorcía en el estómago. Una mueca de disgusto y decepción se formó en su rostro. Bajó el celular lentamente y se pasó la mano por la cara, intentando ordenar los pensamientos.
«Es mi cabeza», se dijo. «Solo es mi cabeza jugándome una mala pasada otra vez».
Se repitió esa frase varias veces, como si al decirla con suficiente fuerza pudiera convertirla en verdad. Cerró los ojos con fuerza, apretó los párpados hasta ver destellos de colores, y trató de convencerse de que la voz de Mario había sido solo un eco de su dolor, un invento cruel de su propia mente enferma.
Estaba a punto de dejar el teléfono otra vez sobre la mesita cuando este vibró entre sus manos.
No era una llamada.
Era un mensaje.
Del mismo número imposible.
María abrió el chat con el pulso acelerado. El texto era breve, casi desesperado:
Ayúdame. Por favor. No puedo salir de aquí.
Sintió que se le cerraba la garganta. Las lágrimas le quemaron los ojos de inmediato. Una oleada de impotencia y rabia la atravesó de arriba abajo. Pensó que alguien, de alguna forma retorcida, había conseguido el antiguo número de su hermano y ahora se estaba burlando de ella. Que alguien estaba usando lo más sagrado que le quedaba solo para divertirse.
Con las manos temblando, bloqueó el contacto. Luego mantuvo presionado el botón de encendido hasta que la pantalla se apagó por completo. Dejó el teléfono boca abajo sobre el mueble, lejos de su alcance, como si de esa manera pudiera silenciar también la voz que todavía le resonaba en la cabeza.
Se dejó caer otra vez en la cama. El colchón crujió bajo su peso. Se cubrió hasta la nariz con la sábana, pero el frío que sentía no venía de afuera. La voz de Mario seguía ahí, clavada detrás de sus ojos, tan idéntica, tan real, que le daba náuseas.
—Maldito sea el hijo de puta que me hace una broma tan pesada con algo tan sagrado como mi hermano —murmuró entre dientes, con la voz rota.
Las lágrimas volvieron a caer. Ya no intentó detenerlas. Estiró el brazo, tomó de nuevo el teléfono apagado, lo encendió solo para entrar a la galería y empezó a pasar video tras video. La risa de Mario llenó la habitación en silencio. Sus gestos. Esa forma tan particular que tenía de fruncir la nariz cuando se reía. La manera en que la llamaba “hermanita” con esa mezcla de cariño y burla.
—Hermanito… cuánto te extraño —susurró una y otra vez, acariciando la pantalla con el pulgar como si pudiera tocarlo—. Si descubro quién es el autor de esta maldita broma… juro por todo lo que me queda que le haré pagar por hacerme sufrir de esta manera.