Historias De Medianoche

EL TREN SUBTERRANEO

—Otra noche más trabajando como un burro por un sueldo de mierda.

Carolina apagó el monitor con un suspiro largo y se pasó las manos por la cara. El informe trimestral estaba terminado. Sola. Como siempre. Su jefe le había soltado el encargo a las seis de la tarde, como si fuera lo más natural del mundo, y ella, por enésima vez, había tragado la rabia y se había quedado.

—Ojalá mañana no sea otra mierda igual —murmuró, sin convencerse del todo.

Imprimió las últimas páginas, las ordenó con cuidado y las dejó sobre el escritorio del jefe. Se puso la chaqueta, colgó la bolsa al hombro y salió de la oficina con la sensación de haber cumplido, aunque no se sintiera especialmente orgullosa.

El pasillo estaba vacío. Las luces fluorescentes zumbaban con ese tono agudo que solo se nota cuando el edificio se queda solo. Llegó al ascensor, apretó el botón y esperó. Cuando las puertas se abrieron, el interior olía a metal frío y a aire estancado. Entró.

Apenas empezó a bajar, algo cambió.

No fue un ruido. Fue una ausencia. Como si el aire se hubiera vuelto más denso, más quieto de lo normal. Carolina sintió un cosquilleo en la nuca, esa sensación antigua de que alguien está mirándote justo detrás. Se giró un poco, casi sin querer. Solo vio su propio reflejo en el acero opaco de la puerta.

—Estrés —se dijo en voz baja—. Solo estrés y ganas de matar al jefe.

Las puertas se abrieron en la planta baja. El vestíbulo estaba en penumbra; solo las luces de emergencia dibujaban rectángulos naranjas en el suelo. El guardia de seguridad estaba en su puesto, sentado, mirando hacia adelante. Carolina le dedicó una sonrisa cansada al pasar.

—Buenas noches.

El hombre no contestó. Ni siquiera parpadeó.

Ella dudó un segundo, pero siguió caminando. Mal día, pensó. Todo el mundo tiene malos días.

Afuera, el aire de la noche le golpeó la cara. Sacó un cigarrillo, lo encendió y dio la primera calada profunda. El humo le llenó los pulmones y, por un momento, el nudo del pecho se aflojó. Caminó hacia la parada del metro, calada tras calada, dejando atrás el edificio de oficinas que ahora se alzaba oscuro y silencioso a sus espaldas.

Cuando el cigarrillo se acabó, ya estaba frente a la boca del túnel subterráneo. El olor a humedad y a hierro viejo subía desde las escaleras. Carolina tiró la colilla, se ajustó la bolsa al hombro y empezó a bajar.

La sensación volvió de golpe: un hormigueo frío que le subió por la nuca y se le extendió por los brazos hasta erizarle la piel. Se detuvo en el segundo peldaño.

Giró despacio, con la esperanza de encontrar algo… o a alguien.

Nada.

Solo el silencio.

Frunció el ceño. Entonces lo notó de verdad.

La calle.

Estaba vacía. Completamente vacía. Ni una figura caminando bajo los faroles, ni el murmullo lejano de una conversación, ni el roce de un motor. Ni siquiera el viento. El aire se había quedado quieto, como si la noche hubiera contenido la respiración.

Carolina sintió que el estómago se le encogía. Dio un paso más hacia abajo, más lenta esta vez.

Sabía que era de noche. Pero no debería estar tan sola.

Siguió bajando con paso cauteloso, girándose de vez en cuando. El metro siempre le provocaba una leve opresión en el pecho, esa sensación de estar atrapada bajo toneladas de concreto y tierra. Prefería asegurarse de que no iba completamente sola.

Al llegar al andén, el alivio le llegó de golpe.

Había gente.

Varias personas formaban una fila frente a la máquina de billetes y otras frente al chico de la ventanilla. Las demás esperaban cerca de las vías, mirando el celular o el reloj. El zumbido de las luces fluorescentes y el lejano eco de un tren le devolvieron una sensación de normalidad que no sabía cuánto necesitaba.

Se colocó en la fila. Cuando le tocó, el chico detrás del cristal le entregó el billete sin levantar la vista y sin decir una palabra. Carolina apenas lo notó. Cogió el papel, murmuró un “gracias” que nadie respondió y se alejó mientras se colocaba los auriculares.

La música empezó a sonar justo cuando dio los primeros pasos hacia el andén.

Si se hubiera girado un segundo más, habría visto cómo el chico del cristal levantaba lentamente la cabeza.

Y cómo la piel de su cara se retraía, dejando al descubierto un cráneo amarillento y una sonrisa sin labios.

Uno a uno, los demás pasajeros de la fila empezaron a cambiar de la misma forma, como si la noche hubiera decidido, por fin, mostrar lo que realmente había estado esperándola.

Carolina llegó al andén y se detuvo cerca del borde, mirando hacia el túnel oscuro. Aunque había gente a su alrededor, la sensación extraña no la abandonaba desde que salió de la oficina. Le pesaba en la nuca, como una mirada que no encontraba.

—Por fin voy a poder ir a casa… dormir tranquila —murmuró para sí misma, forzando una sonrisa—. Toda esta noche ha sido rara. Hasta el chico de la ventanilla, que siempre intenta coquetear, hoy ni me miró.

El sonido metálico de un tren acercándose interrumpió sus pensamientos. Las luces del vagón iluminaron el andén. Carolina subió en cuanto se abrieron las puertas.

El interior estaba casi lleno, pero aun así sintió un vacío extraño, como si el aire no circulara del todo. Se sentó junto a la ventanilla y miró hacia afuera.

El andén se había quedado vacío.

Completamente vacío.

Segundos antes había visto a varias personas esperando. Ahora no quedaba nadie. Ni siquiera las que estaban más lejos, cerca de las escaleras.

El tren arrancó con una lentitud anormal, casi reluctante. Carolina no apartó la vista del cristal. Entonces lo vio.

Un hombre, de pie al borde del andén, dio un paso al frente y se dejó caer sobre las vías justo cuando el vagón pasaba.

Carolina gritó.

Nadie en el tren se inmutó. Ni una cabeza se giró. La gente seguía mirando el móvil o con los ojos cerrados, como si no hubiera ocurrido nada.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.